Novela de espionaje

La novela de espionaje conocida a veces como thriller político surgió antes de la Primera Guerra Mundial más o menos al tiempo que los primeros servicios de inteligencia. Este campo apenas ha tenido apoyo de la crítica, a pesar de ser intuitivo, literario, y, en algunas obras, políticamente importante.

Al mismo tiempo, ha contado desde sus inicios del apoyo popular, decayendo el interés únicamente después de la guerra fría (caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989). Los atentados del 11 de septiembre de 2001 atrajeron de nuevo el interés y han provocado un cambio en el género.

Antes de la Primera Guerra Mundial

Unas cuantas novelas tempranas sueltas tratan ya los tópicos del tema; entre los antiguos el autor que más frecuenta el tema es el estadounidense James Fenimore Cooper con El espía (1821) y The Bravo (1831). Pero el primer autor consagrado enteramente al género fue el periodista (y, al parecer, también espía) William Tufnell Le Queux (1864-1927), quien escribió unas veinticinco novelas de este tipo, aproximadamente la cuarta parte de todas las que hizo. La primera fue su Guilty Bonds (1890), escrita a su vuelta de Rusia y prohibida en esa nación, al igual que su A secret service (1898). Pese a su estilo abominable, fue el autor más dedicado al género y también el más leído hasta que llegó Eric Ambler, que maduró los tópicos del género y creó algunos más. También destaca Kim (1901) de Rudyard Kipling, basado este último en El gran juego (rivalidad entre el imperio británico y la Rusia zarista particularmente cruenta en Afganistán). También es preciso mencionar La pimpinela escarlata (1905) de la Baronesa Orczy, que narra las aventuras de un aristócrata inglés que rescata a los nobles galos perseguidos por la Revolución francesa. Pero fue el Enigma de las arenas, novela de Robert Erskine Childers, la que definió la novela de espionaje típica antes de la Primera Guerra Mundial.

Algunos de los relatos de Sherlock Holmes, que han pasado a la historia como novelas policiacas, suponen también en parte un ejemplo temprano del género. Así por ejemplo la Aventura del tratado naval y la Aventura de los planos de Bruce-Partington, en que Holmes protege secretos británicos de vital importancia de espías extranjeros, mientras que en Su última reverencia él mismo es un agente doble que suministra información falsa a los alemanes al borde ya de la Primera Guerra Mundial. Incluso nos hace saber el narrador que el hermano de Sherlock, Mycroft, trabaja en el servicio de inteligencia del gobierno británico.

El agente secreto (1907) de Joseph Conrad ofrece una mirada más seria sobre el espionaje y sus consecuencias, tanto para los individuos como para la sociedad. La novela cuenta la historia de un grupo revolucionario y sus tragedias personales que planea volar el observatorio de Greenwich. Y ya se ofrece una de las primeras parodias de este moderno género en El hombre que fue Jueves de Gilbert Keith Chesterton.

Las novelas de espionaje más leídas eran las de William Le Queux, aunque su prosa ordinaria ha relegado sus obras a tiendas de libros de segunda mano. El segundo más popular era E. Phillips Oppenheim. Juntos escribieron cientos de novelas de espías entre 1900 y 1914, aun cuando de escaso valor literario.

Tras la I Guerra Mundial, el autor más leído fue John Buchan, un habilidoso propagandista: sus novelas reflejaban la guerra como un conflicto entre civilización y barbarie. Entre ellas las más conocidas son Los Treinta y nueve escalones, cuyo título fue reempleado en una película de Hitchcock, así como Greenmantle y sus secuelas. Sus novelas todavía se reeditan.

En Francia Gastón Leroux naturaliza en 1917 la novela de espionaje con su pionera Rouletabille chez Krupp, donde por primera vez aparece su detective Joseph Rouletabille.

Durante el período de entreguerras aparecen novelas de espionaje de poca importancia que muestran principalmente cómo se ficcionaliza la lucha contra los bolcheviques.

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