Nicolás Antonio

El erudito Nicolás Antonio, por Domingo Martínez. Siglo XVIII. ( Casa consistorial de Sevilla).

Nicolás Antonio ( Sevilla, 28 de julio de 1617 - Madrid, 13 de abril de 1684), célebre erudito, iniciador de la Bibliografía española moderna.[1]

Biografía

Nicolás Antonio, era hijo de don Nicolás Antonio (hijo de Nicolás Antonio y Anna de Gomar), natural de Sevilla, el cual obtuvo en 1626 de Felipe IV la administración del Almirantazgo Real de la Corte de Andalucía y del Reino de Granada y que figura, en 1622, como hidalgo en Dos Hermanas, desempeñando también, en Amberes, el cargo de juez y presidente de la Armada flamenca y de doña María Ana Nicolás Bernart, hija de don Jacques Nicolás, de Viqueben ( Flandes) y doña Bárbara (Barbola) Bernart, de Sevilla.[3]

Nicolás Antonio, tuvo dos hermanas, Beatriz, casada con José Diego Bernuy, marqués de Benamejí y Antonia, casada con don Francisco de Conique y Antonio.[3]

Estudió Artes Liberales en el Colegio de Santo Tomás y Cánones en el de Santa María de Jesús, en 1635 estudió en la Universidad de Sevilla, para pasar a la Universidad de Salamanca en 1636, donde cursó y se doctoró en Derecho en 1639.

Ya tenía aficiones de bibliólogo y había iniciado la redacción de un catálogo de los nombres propios de las Pandectas, pero abandonó el proyecto al saber que el famoso Antonio Agustín llevaba muy avanzada una obra similar. Entonces concibió la idea de formar un índice de todos los escritores españoles desde la época del emperador romano Octavio Augusto hasta su tiempo; y a este efecto regresó a su ciudad natal, en la que existían importantísimas bibliotecas, entre las que destacaba la reunida por fray Benito de la Serna en el monasterio benedictino, entregándose con voraz empeño al análisis y estudio de todas ellas por espacio de casi once años, exceptuada una breve estancia en la corte en 1645 para recibir el hábito de caballero de la Orden de Santiago con que Felipe IV premiaba sus afanes bibliográficos.

En 1651 regresó de nuevo a Madrid para conseguir, según él mismo dice, «un empleo de letras», presentando con esta ocasión el manuscrito de su obra De exilio sive de exilii..., y tres años más tarde, en 1654, se halla ya en Roma, acompañando a Luis de Guzmán Ponce de León, embajador de Su Majestad en la Ciudad Eterna, como agente general de los Reinos de España, Dos Sicilias y Ducado de Milán, cargos a los que unió el nombramiento de agente de la Inquisición española en Italia.

Su estancia en Roma habría de prolongarse por casi cinco lustros y le sirvió para proseguir su infatigable búsqueda y adquisición de códices y manuscritos hasta reunir una biblioteca de más de 30.000 volúmenes, émula de la Vaticana; mas fueron tantos los dispendios ocasionados que, a fin de evitarle la total ruina, el papa Alejandro VII hubo de concederle una canonjía de la catedral de Sevilla con dispensa de residencia (22­ de mayo de 1664), con 110 escudos de renta.

En 1678, a su regresó a Madrid, Carlos II le nombró fiscal del Real Consejo de Cruzada, cargo que ostentó hasta su muerte, ocurrida el 13 de abril de 1684.[4]

Sus Bibliotecas dieron un gran impulso en España a la ciencia de la Bibliografía, y ya en el mismo siglo XVIII numerosos eruditos se animaron a intentar completarlas con nuevas aportaciones como Ambrosio José de la Cuesta y Saavedra (1653-1707), Andrés González de Barcia (1673-1743), Pablo Ignacio de Dalmases y Ros (1670-1718), José Finestres y de Monsalvo (1688-1767), Jaime Caresmar (1717-1801), Faustino Arévalo (1747-1824) y José Cevallos y Ruiz de Vargas (1724-1776).[5]

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