Nanahuatzin

Nanahuatzin-Xólotl descrito en el Códice Borgia.[1]

Nanahuatzin o Nanáhuatl (en náhuatl: nanahuatl, ‘bubosito’nanahuatl, bubas, bubones; tzintli, diminutivo) considerado el dios humilde de entre todos los dioses. Se autosacrificó en la hoguera realizada por los dioses en la asamblea en Teotihuacán para convertirse en el Quinto Sol.[2]

Nanahuatzin, El Quinto Sol

En un mito mexica registrado en el siglo XVI por fray Bernardino de Sahagún, se dice que veintiséis años después de la creación de la Tierra, los dioses decidieron crear un nuevo sol. En el año 13-Ácatl en Teotihuacán, una asamblea de dioses se llevó a cabo ordenando ayunos y sacrificios, se preguntaron quién se haría cargo de iluminar el mundo.[3]

Un dios soberbio, llamado Tecuciztécatl (El originario del lugar del caracol marino), se ofreció para alumbrar la superficie de la Tierra. Nuevamente los dioses se preguntaron sobre quién sería el otro candidato para iluminar el mundo, pero nadie se ofreció. Finalmente, observaron a un dios que no hablaba, sólo escuchaba. Su cuerpo estaba cubierto de llagas y tumores y le dijeron: “Sé tú el que ilumines, bubosito”, el dios llamado Nanahuatzin  aceptó la tarea.[3]

Durante cuatro días ambos hicieron penitencia y realizaron sacrificios sobre los dos promontorios de las pirámides del Sol y de la Luna. Todo lo que Tecuciztécatl ofrecía era precioso. En lugar de ramas y bolas de heno, él ofreció preciosas plumas de quetzal y bolas de filamento de oro para encajar en ellas las espinas de autosacrificio. Ofreció espinas hechas de piedras preciosas en lugar de espinas de maguey. Estas no estaban cubiertas con su sangre, como era la tradición, sino que eran espinas de coral rojo.[2] Mientras que Nanahuatzin ofreció cañas verdes, bolas de heno y espinas de maguey cubiertas con su propia sangre.

Cuatro días se mantuvo el fuego, a la medianoche del último día programado para la creación del nuevo Sol, los dioses se reunieron alrededor de una gran hoguera preparada para la próxima cremación de los dos dioses; la finalidad era transformarse en estrellas brillantes. Los dioses pidieron a Tecuciztécatl arrojarse primero. Tecuciztécatlintentó lanzarse a la hoguera cuatro veces y las cuatro se arrepintió. Entonces, como no era permitido realizar un quinto intento, los dioses le dijeron a Nanahuatzin que lo intentara, él inmediatamente cerró sus ojos, se arrojó al fuego y comenzó a quemarse. Tecuciztécatl al ver la valentía de su compañero, se arrojó también.[3]

Después de que ambos fueron consumidos por las llamas, los dioses se sentaron bajo el cielo enrojecido y esperaron el nacimiento del Sol. Los dioses no sabían en qué dirección saldría, sólo Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, Xipe Tótec, predijeron que Nanahuatzin convertido en Sol nacería por el oriente. Así fue, radiante y resplandeciente apareció en el oriente un imponente Sol que más tarde sería conocido como Tonatiuh.[5]

A partir del sacrificio de todos los dioses, los nuevos hombres quedarían para siempre en deuda con ellos, por lo que deberían presentar sangre propia y ajena en ofrendas. Es por eso que los humanos, siguiendo el ejemplo de los dioses, tienen que sacrificarse a sí mismos. Esta necesidad de presentar sangre dio origen a distintas guerras, que tienen como propósito obtener víctimas de sacrificio para el Sol.[5]

Otra leyenda dice: que conscientes de la necesidad del movimiento de ambos astros, los dioses decidieron sacrificarse. El dios del aire fue el elegido para llevar a cabo este sacrificio. Xólotl era el único que se rehusaba a morir, cuando llegó su turno corrió a esconderse en el maíz, transformándose en el maíz que tiene dos cañas, pero fue descubierto. Nuevamente corrió a esconderse, ahora hacía los magueyes y se transformó en maguey de dos cuerpos, por segunda ocasión lo descubrieron. Finalmente, se metió al agua y se transformó en pez, bajo esta forma lo atraparon y fue sacrificado. A pesar del sacrificio de los dioses, el Sol no se movió. Fue entonces que Ehécatl, dios del viento, quien sopló fuertemente y logró el movimiento del Sol. La Luna permaneció inmóvil hasta que el astro rey se ocultó por el poniente; ella entonces comenzó a hacer el mismo recorrido. Desde de ese día el Sol alumbra el día y la Luna brilla en la noche.[6]

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