Murallas de Sevilla

Murallas de Sevilla
Bien de Interés Cultural
Patrimonio histórico de España
Séville - Remparts almohades.JPG
Declaración 11 de enero de 1908
Figura de protección Monumento
Código RI-51-0000093
Coordenadas 37°23′25″N 5°59′27″O / 37.3904, 37°23′25″N 5°59′27″O / -5.99083
Ubicación Flag of Sevilla, Spain.svg Sevilla, Bandera de España España
Construcción Siglo I a. C.- Siglo XII
Estilos predominantes Almohade
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Plano del recorrido que seguían las murallas de Sevilla en el siglo XVII, dibujadas sobre el actual callejero del casco antiguo, en el que se incluye el trazado de las primitivas murallas romanas, así como los tramos que se conservan y otros datos de interés.

Las murallas de Sevilla fueron unas cercas militares que rodeaban el casco antiguo de la ciudad de Sevilla desde la época romana con continuas remodelaciones, fruto de los avatares vividos a lo largo de la historia de la ciudad durante sus periodos romano, visigodo, islámico y finalmente castellano. Subsistieron hasta el siglo XIX en que fueron parcialmente derribadas tras la revolución de 1868, conservándose en la actualidad algunos paños en el barrio de la Macarena y el entorno de los Reales Alcázares de Sevilla, principalmente.

Existieron hasta dieciocho puertas y postigos de acceso, de las cuales permanecen únicamente cuatro: la puerta de la Macarena, la puerta de Córdoba, el postigo del Aceite y el del Alcázar. Los restos conservados en la actualidad mantienen un aspecto claramente almohade, mezclado con el aire clasicista que le proporcionaron las restauraciones de las puertas existentes en el siglo XVIII.

Historia

Construcción durante el imperio romano

Las cercas defensivas de la ciudad fueron construidas en tiempos de Julio César, aproximadamente entre los años 68 y 65 a. C., cuando era cuestor de la ciudad. Esta nueva edificación tuvo como fin el de reemplazar la antigua empalizada cartaginesa de troncos y barro que existía, siendo ampliadas y perfeccionadas durante el imperio de su hijo César Augusto debido al crecimiento de la ciudad; estaban protegidas por torreones ciclópeos.

Los restos materiales de esta etapa sólo son reconocibles en el material reutilizado en época califal en la nueva muralla de los Reales Alcázares.

Ampliación en la etapa islámica: siglos IX-XII

Paño de muralla en los Reales Alcázares.[1]

Durante el dominio islámico, concretamente en el año 844 la ciudad fue arrasada por los vikingos, y las murallas fueron pasto de las llamas. Tras ello el emir Abderramán II, cuarto emir omeya de Córdoba ( 822- 852) mandó reconstruirlas. Fueron nuevamente destruidas por su tataranieto Abderramán III, octavo emir independiente ( 912- 929) y primer califa omeya de Córdoba (929-961), junto con las puertas de las mismas, en el año 913 pensando con ello que se evitarían conatos de secesión contra Córdoba, convertida por él mismo en capital de Al-Ándalus.

En 1023, Abú al-Qasim, primer rey taifa de Sevilla (1023- 1042), ordenó levantar de nuevo las murallas para protegerse de las tropas cristianas, y entre los siglos XI y XII se llevó a cabo una importante ampliación que duplicó el recinto murado bajo el dominio del sultán Alí ibn Yúsuf (1083-1143). La defensa de la ciudad fue extendida, ensanchada y fortalecida, ampliando el espacio protegido por la cerca en casi dos veces su antigua superficie. Sus sucesores, conscientes del avance conseguido sobre los reinos cristianos del norte en la etapa de la reconquista, se dedicaron a reforzar sus defensas, dando lugar al recinto definitivo de las murallas.

En esta época disponían de una dimensión de siete kilómetros de muro, con 166 torreones, 13 puertas y seis postigos.

Las murallas tras la reconquista: siglos XIII-XVI

Murallas de la ciudad y la Torre blanca en el barrio de la Macarena. En esta imagen, se aprecia uno de los dos postigos abierto en 1911 para favorecer la comunicación de la zona intramuros con la nueva ronda.

Tras la reconquista cristiana de la ciudad por parte de Fernando el Santo en 1248, la Corona de Castilla mantuvo la fisionomía de los muros que había sido impuesta por los árabes durante su construcción, y como era usual en el reino de Castilla, los sucesivos monarcas juraron los privilegios de la ciudad al tomar posesión de ella en alguna de sus puertas, siempre aquellas de mayor importancia social o estratégica, como símbolo de poder. En la puerta de la Macarena juraron Isabel I de Castilla (1477), Fernando II de Aragón (1508), Carlos I de España y su prometida Isabel de Portugal (1526), y por último Felipe IV (1624), mientras que en la puerta de Goles lo hizo Felipe II de España (1570), motivo por el cual pasó a denominarse puerta Real.[3]

Durante el reinado de Carlos I se llevó a cabo una importante remodelación de las entradas públicas o reales de la muralla para integrarlas en el ensanche promovido por el monarca en las ciudades y villas, con el fin de facilitar el tránsito de carruajes tan común en la época. Estas remodelaciones afectaron a la puerta de Carmona, a la de la Carne, a la puerta Real, a la puerta del Arenal, al postigo del Aceite, en el que Benvenuto Tortello realizó obras en 1572, y al postigo del Carbón, que fue trasladado desde el comienzo de la calle Santander hasta el final de ella, igual que ocurrió con la puerta de Triana, originalmente en la calle Zaragoza, que fue trasladada en 1585 más al norte, en la confluencia de dicha calle con la de San Pablo.

Último periodo antes de desaparecer: siglos XVII-XIX

Tuberías dentro de las murallas en las cercanías de los Reales Alcázares

Con el tiempo su función militar dejó de tener importancia, y comenzó a primar un valor protector frente a las crecidas del río Guadalquivir. Además tenía una funcionalidad comercial, pues su presencia y factor de aislamiento la convertían en una aduana a través de la cual se canalizaba y regulaba el acceso a la ciudad, estipulado con el pago del arancel. También esta vigilancia facilitaba el cobro de importantes impuestos y tributos que se aplicaban al tránsito de personas y mercancías, de entre los que destacaban el portazgo, la alcabala o el cornado de la cerca, tributo especial existente en Castilla para este tipo de construcciones; finalmente se convertía en una barrera sanitaria, que permitía el control de enfermedades.

En el siglo XVIII se vuelven a llevar a cabo remodelaciones en las puertas de acceso. Fue reconstruida la puerta del Arenal, se abrió una pequeña capilla en el costado derecho del postigo del Aceite, donde se colocó un retablo barroco con la imagen de la Inmaculada Concepción (patrona del barrio del Arenal), obra de Pedro Roldán; finalmente se levantó la puerta de San Fernando, a la altura de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla.

En 1836, con motivo de la invasión de Andalucía por las fuerzas carlistas, se realizó un foso con puente levadizo junto a la puerta de la Macarena, con el fin de fortificar el conjunto; entonces las murallas se encontraban prácticamente íntegras. A partir de la revolución de 1868 se comenzó a derribar gran parte de ellas, debido esencialmente al crecimiento de la ciudad; se salvaron al derribo los tramos desde la Macarena, donde se contabilizan siete torreones cuadrados y uno octogonal, hasta la puerta de Córdoba, así como algunos tramos en los jardines del Valle y el sector de los Reales Alcázares. Además se conservan las torres de Abd el Aziz, la de la Plata, la del Oro y la Torre Blanca, propias de las defensas del recinto amurallado.

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