Montonera

Las Montoneras de Nicolás de Piérola Villena entrando a Lima por la Puerta de Cocharcas (17 de marzo de 1895).

Se conoce como montoneras en algunos países de América Latina a las formaciones militares irregulares constituidas generalmente por individuos de una misma localidad, que brindan su apoyo armado a una determinada causa o caudillo. Surgidas inicialmente durante la guerra de independencia frente a España estas agrupaciones de civiles en armas han tenido un papel importante en la historia de algunos países hispano-americanos durante el siglo XIX.

Es generalmente compartida por diversos filólogos la idea que el término "montonero" se debe a que estos hombres marchaban "en montón" es decir desorganizados, se agrupaban y dispersaban "en los montes" y generalmente luchaban "montados".[3]

El hecho de que las montoneras aparecían espontáneamente en las localidades sublevadas, atacando a guarniciones realistas aisladas y dispersándose inmediatamente al enfrentar a una fuerza superior para volverse a reunir y actuar de nuevo ha llevado a algunos autores a compararlas con el fenómeno social de la guerrilla aparecida durante la guerra de independencia española esto debido a que, a decir del historiador español Manuel Ovilo y Otero, operaban bajo el mismo sistema de guerrillas que se planteó en España contra las tropas de Napoleón desde 1808 a 1814, perfectamente entendido y aun mejorado en mucho por aquellos naturales.[4]

Por su parte el oficial inglés Guillermo Miller, que sirvió en el ejército del general Wellington durante su campaña en España, señalaba que los montoneros en el Perú, como las guerrillas en la guerra peninsular, brindaban un incalculable servicio como fuerza auxiliar.[5]

En la Argentina

En la historia argentina, se llamó montoneras a las unidades militares de extracción rural, generalmente de caballería, conducidas por los caudillos locales, que participaron en las guerras civiles argentinas del siglo XIX.

Características

Montonera Federal - pintura de mediados del Siglo XIX

Las montoneras eran unidades relativamente inorgánicas, de extracción rural, y que generalmente operaban en ámbitos rurales. Generalmente se las asocia con el concepto de milicias rurales; la diferencia esencial entre éstas es que se llamaba milicias a las fuerzas que contaban con el apoyo del gobierno provincial, mientras que “montoneras” eran las que se alzaban contra el mismo. Lógicamente, cuando una montonera lograba cambiar una situación provincial, pasaban automáticamente a ser consideradas “milicias rurales”. De igual manera, muchas milicias rurales pasaron a ser montoneras cuando perdieron el apoyo del gobierno provincial.[6]

Las provincias con capitales más populosas, sobre todo Buenos Aires y, en menor medida, Córdoba, contaban además con importantes fuerzas de milicias urbanas, que servían únicamente para defender las ciudades.

Su grado de organización dependía fuertemente de las circunstancias. Por ejemplo, las montoneras organizadas por Blas Basualdo en la provincia de Entre Ríos en 1814 parecen haber sido amontonamientos de hombres sin disciplina, que lograron algunos éxitos merced solamente a su valor y audacia. Reorganizaron pocos años más tarde por Francisco Ramírez, llegaron a disponer de una disciplina, organización y mando notables, que les permitieron vencer repetidamente a fuerzas muy superiores en número, de tropas "de línea".[7]

Sus tácticas de combate eran rudimentarias, pero se adaptaban a las condiciones predominantes en el campo abierto en la Argentina. En efecto, generalmente debían recorrer grandes distancias sin población alguna entre pueblos y ciudades, y combatir en lugares elegidos por características geográficas naturales, eligiendo sitios en donde la cercanía de cursos de agua o montes de árboles les podía dar alguna ventaja. No obstante, tratándose de tropas casi exclusivamente de caballería, preferían espacios abiertos.

Generalmente, las tropas ansiaban entrar en contacto con el enemigo y combatir cuerpo a cuerpo. Sus jefes, en cambio, preferían llevar adelante una estrategia de guerrillas, con la que desgastaban a las tropas regulares y les dificultaban sus maniobras, además de derrotar a cualquier grupo que se alejara del grueso del ejército enemigo. Se suele citar al caudillo de la provincia de Santa Fe, Estanislao López, como el más capaz en el desarrollo de estrategias de desgaste, que de esta manera logró mantener la autonomía de su provincia ante los ejércitos enemigos, venciendo a jefes tan capaces como Juan Ramón Balcarce, Manuel Dorrego, Juan Lavalle y José María Paz. Esta misma estrategia terminó también por darle la victoria sobre su ex aliado Francisco Ramírez, confirmando que, en esas condiciones, la disciplina valía menos que las tácticas apropiadas.

Montoneras En La Época de Juan Manuel de Rosas , Litografía de Jean-Baptiste Henri Durand-Brager 1846

La apreciación histórica del término

En la historiografía argentina, el término montonera suele ser citado de manera despectiva, especialmente por los historiadores liberales, que se identifican con los gobiernos de esa tendencia de Buenos Aires.[8]​ Tanto es así, que los historiadores liberales suelen evitar por todos los medios llamar "montoneros" a los combatientes de la llamada Guerra Gaucha, eficaz defensa del norte del país durante la guerra de independencia, aunque la estrategia y tácticas que llevaron adelante Martín Miguel de Güemes y sus seguidores eran idénticas a las que utilizaban los caudillos federales.

Por su parte, los historiadores de la corriente revisionista suelen exaltar estas formaciones militares como auténticas defensoras del federalismo provincial contra el centralismo porteño.[9]

El nombre fue utilizado por un movimiento guerrillero del último tercio del siglo XX, la organización Montoneros. Su ideología y metodología, sin embargo, debían muy poco a los montoneros del siglo XIX.

Evolución del armamento y táctica

Caballerías Montoneras mediados del siglo XIX, Autor Carlos Morel

Las armas que se utilizaban eran, con mucha frecuencia, combinaciones de lanza con otra u otras. En un principio disponían de armas de fuego, y adaptaban sus tácticas de combate para combinar su uso con el de lanza o sable. Sin embargo, avanzando el siglo XIX, el uso de armas de fuego se hizo más esporádico debido a su alto costo, y el aumento del número de combatientes exigió simplificar el armamento: combinaban lanzas con sables, y en su defecto armas más primitivas, como las boleadoras indígenas.

Un caso especial de la estrategia militar lo presentó la provincia de Santiago del Estero, cuyo gobernador Juan Felipe Ibarra prefirió siempre defenderse por la estrategia de “tierra arrasada”. Dado que las fronteras de la provincia eran especialmente difíciles de controlar, cada vez que la provincia era invadida, dejó a sus enemigos ocupar la capital provincial y la privó de agua y alimentos, hasta obligar a los invasores a abandonar la provincia.

Desde 1828 en adelante, algunas provincias comenzaron a contar con ejércitos formales, especialmente Buenos Aires y, en menor medida, Córdoba. El general José María Paz llevó la formalidad militar a esta última provincia, pero en los años que siguieron a su caída, las milicias rurales de Córdoba volvieron a preferir una organización de estilo montonero. La provincia de Buenos Aires, en cambio, prefirió organizar ejércitos profesionales, limitando la acción de las milicias rurales a la defensa contra los indígenas. Durante la guerra contra la Coalición del Norte fue la superioridad de este ejército profesional porteño el que decidió la lucha; máxime cuando enfrentaban al ejército del general Lavalle, que intentaba hacerse popular organizando montoneras.[10]

Iniciado el período llamado de la "Organización Nacional", es decir, posterior a la sanción de la Constitución Argentina de 1853, las luchas entre grupos políticos continuaron siendo dirimidas por medio de combates entre tropas regulares y montoneras. A partir de la batalla de Pavón, éstas comenzaron a perder posibilidades operativas frente al armamento cada vez más moderno de la infantería de línea. Aun así, la primera de estas guerras civiles, dirigida contra el gobierno nacional por Ángel Vicente Peñaloza, se resolvió en contra de éste por la mejor capacitación y equipamiento de las tropas nacionales de caballería “de línea”.

En las siguientes luchas, en cambio, la superioridad de la infantería decidió en todos los casos las luchas: el último de los caudillos federales, Ricardo López Jordán, fue derrotado repetidamente por esta razón.[12]

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