Misionero

Se llama misionero (del verbo latino, missio que significa «enviar») a aquella persona cuyo objetivo principal es el anuncio del evangelio mediante obras y palabras entre aquellos que no creen. Esa forma de misión propiamente tal es conocida como ad gentes, es decir, hacia las gentes, gentiles o no cristianos, y se desarrolla en lugares donde el evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, o en ambientes refractarios ubicados más allá de las propias fronteras donde se dificulta la prédica y aceptación del mensaje.

El sacerdote Damián de Veuster, ejemplo de misionero perteneciente a la congregación de Picpus, fotografiado con un grupo de leprosos en Kalaupapa, en la década de 1870

En la Historia del cristianismo, la idea de misión se aplica tanto a colectividades como a individuos e implica una forma de vocación, que se interpreta como un llamamiento positivo de Dios que «envia»,[1] para llevar un encargo o realizar un trabajo apostólico: la tarea de anunciar el evangelio, conforme al mandato final puesto en boca de Jesús de Nazaret en los Evangelios de Mateo y de Marcos:

«Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.»

Evangelio de Mateo 28:19-20a

Y les dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura».

Evangelio de Marcos 16:15

La palabra «misión» se habría originado en la década de 1590, cuando la Compañía de Jesús (jesuitas) envió a algunos de sus miembros al extranjero,[3] La palabra se popularizó a partir de la traducción latina del pasaje bíblico en el que Cristo envía a sus discípulos a predicar en su nombre, y condujo a la definición de las misiones como los asentamientos fundados en tal carácter.

La palabra «misión» tiene también el sentido de trabajo, tarea, quehacer o cometido.[5]

La misión de Jesús de Nazaret

Ícono que representa a los discípulos enviados por Jesús de Nazaret a misionar, en alusión al pasaje del Evangelio de Lucas (Lucas 10:1-11).

En los evangelios sinópticos, Jesús de Nazaret se presenta a los hombres como el enviado de Dios por excelencia, por lo cual al acogerlo o rechazarlo se acoge o se rechaza al que lo ha enviado (Lucas 9:48; Lucas 10:16), es decir, a Dios Padre.[1] Todos los aspectos de la obra de Jesús de Nazaret enlazan con esa misión, desde su primera predicación en Galilea hasta su muerte en la cruz.

La misión de Jesucristo aparece todavía en forma más evidente en el Evangelio de Juan. Allí, el único deseo de Jesús es hacer la voluntad del que lo ha enviado (Juan 4:34; Juan 6:38), realizar sus obras (Juan 9:4) y decir lo que aprendió del Padre (Juan 8:26), y pide a los hombres que crean en su misión (Juan 11:42; Juan 17:8).[1]

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