Metaficción

Títeres, copia del grabado en color hecho por Giovanni Volpato, conservado en el Museo de Gadagne de Lyon. Reproduce un óleo pintado hacia 1770 por Francesco Maggiotto (Venecia 2010 - 2013). Ejemplo 'metaficticio' de un titiritero hablando con uno de sus títeres, que él mismo mueve.

La metaficción es una forma de literatura o de narrativa autorreferencial que trata los temas del arte y los mecanismos de la ficción en sí mismos.

Es un estilo de escritura que de forma reflexiva o autoconsciente recuerda al lector que está ante una obra de ficción, y juega a problematizar la relación entre ésta y la realidad. Dentro de un texto de metaficción, la frontera realidad-ficción y el pacto de lectura de ésta se ven quebrantadas, llamando el texto la atención sobre su propia naturaleza ficcional y su condición de artefacto. Asociado en general a literatura modernista y posmoderna, se pueden encontrar ejemplos anteriores en el Quijote de Cervantes, en los Cuentos de Canterbury de Chaucer, en algunos relatos de Jorge Luis Borges y en algunas obras de Stanisław Lem como Un vacío perfecto y Un valor imaginario siendo acertado citar como uno de los más fuertes ejemplos en el uso de la metaficción cual recurso estilístico la novela Niebla, de Miguel de Unamuno.

Los modelos teóricos

En términos generales, se entiende por metaficción un tipo de narrativa que se caracteriza por su naturaleza auto-reflexiva, auto-referencial, y consciente de sí misma (autoconsciente), que opera a través de una serie de procedimientos narrativos con el fin de convertir el discurso en referente de sí mismo. La noción de metaficción puede ser aplicada a una obra en su totalidad cuando el componente metafictivo es su fin o motivación última, o sobre ciertos elementos concretos que pueden aparecer con el fin de establecer un punto de inflexión narrativo dentro del eje central de una trama ficcional. Es en el primer caso en el que hallamos, propiamente, las categorizaciones de metanovela, metafilme, metateatro, etc. La narrativa de metaficción se encuentra muy ligada a la postmodernidad, como época, y al postmodernismo como categoría estético-artística, ya que aquélla se establece como un vehículo ideal para representar los valores y concepciones característicos de éstos, como son la relativización de la realidad, el escepticismo ante el lenguaje como intérprete de la racionalidad, la crisis del sujeto como un todo completo y definible, o la pérdida de la delimitación del continuo espacio-temporal.

A partir de la matriz lógico-matemática y del término metalenguaje desde el ámbito de la lingüística ( Roman Jakobson, 1959), la noción fue aplicada entre otros al campo literarios (metaliteratura, por Roland Barthes en 1959; metateatro, por Lionel Abel en 1963; etc.). El término metaficción fue empleado probablemente por primera vez antes de 1970 por William Gass, novelista, ensayista y crítico americano, y fijado por Robert Scholes en ese mismo año. La reflexividad aplicada al pensamiento y a las artes contemporáneas ha propiciado la aparición de una familia conceptual de términos muy amplia (metamatemática, metalógica, metacomunicación, metadiscurso, metanarración, metarrelato, metatexto) con sus correspondientes tipos “genéricos” y artísticos (metapoesía, metateatro, metanovela, metacuento, metapintura, metacine, metacómic,…) y que, complementariamente, se relaciona con otros términos que albergan o especifican diferentes matices como novela autoconsciente, novela autorreferencial, novela narcisista, surfiction, superficción, fabulación, antinovela, etc. A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta comienzan las primeras aproximaciones teóricas al concepto de la autorreferencialidad literaria y narrativa. En diversos trabajos de Roland Barthes se puede entrever el interés por la literatura que se hace consciente de su propia condición y que por ello se hace objeto de sí misma: “el sentido de una palabra es el acto mismo que la profiere: hoy escribir no es «contar», es decir que se cuenta, y remitir todo el referente («lo que se dice») a este acto de locución”. En el mismo número de la revista Comunications de 1966 otros importantes teóricos del relato como Gérard Genette o Tzvetan Todorov confirmaban este temprano diagnóstico. Dällenbach, en un trabajo posterior orientado a la especularidad narrativa, divulgaría el término mise en abyme, tomado de la heráldica (el escudo dentro del escudo) aplicado a la ruptura de la lógica formal de los diferentes niveles narrativos y el encajamiento de unos sobre otros.

Ya propiamente comprendido el concepto en cuanto metaficción, éste ha sido definido y acotado por múltiples teóricos y críticos, principalmente desde el ámbito de la investigación literaria, si bien, su presencia no se remite sólo a éste. Robert Alter estableció en 1975 la definición del término que resultará canónica: “Una novela autoconsciente, en pocas palabras, es una novela que hace alarde sistemáticamente de su propia condición de artificio explorando la relación conflictiva entre un artificio con apariencia real y la realidad” (“A self-conscious novel, briefly, is a novel that systematically flaunts its own condition of artifice and that by so doing probes into the problematic relationship between real-seeming artifice and reality”). Otra definición a considerar es la ofrecida por Kellman sobre el relato autogenerado (self-beggeting novel) en cuanto: “relato, frecuentemente en primera persona, del desarrollo de un personaje hasta el momento que coge su bolígrafo y escribe la novela que nosotros acabamos de leer” Linda Hutcheon, otro de los referentes indudables en este campo, y quien por su parte emplea el término “narrativa narcisista” definió esta como “ficción en torno a la ficción, o lo que es lo mismo, ficción que incluye en sí misma un comentario sobre su propia identidad narrativa y/o lingüística”. Al respecto también podrían aducirse, entre otras muchas, definiciones como las de Stanley H. Fogel, quien considera la metaficción como “la revisión de la teoría de la ficción a través del propio medio de la ficción”, o la de Mas’ud Zavarzadeh, quien incluye la metaficción dentro de una categorización más general que denomina “transficción” y que la define como “un metateorema narracional cuya preocupación temática son los propios sistemas ficcionales y los moldes a través de los cuáles la realidad es modelada a través de convenciones narrativas”. Del mismo modo, Sarah Lauzen entiende la metaficción como la presencia de “algunos aspectos sobre el acto de escribir, de leer o de estructurar (narrativamente) una obra que se esperarían como subyacentes bajo modelos de una práctica estándar (de la literatura)”. Gérard Genette, seguramente el especialista en teoría del relato (narratología) de más impacto desde los años setenta, articuló su visión sobre el concepto de metalepsis, entendida inicialmente por él como la trasgresión de los niveles narrativos. Aunque en su reciente monografía de 2004, del mismo título, emplea el término como prácticamente sinónimo de la propia metaficción, diferenciando entre dos tipos diferentes: la de autor y la de régimen fantástico, curiosamente denominada también ahora antimetalepsis pese a tratarse del fenómeno descrito originariamente como la trasgresión por parte del autor, el narrador o los personajes de sus respectivos universos narrativos . Desde el ámbito hispánico, resulta, en fin, muy ilustrativa la formulación ofrecida por Gonzalo Sobejano, como un tipo de narrativa que “al tiempo de ser la escritura de una aventura, resulta ser la aventura de una escritura”.

Tipologías

El concepto de metaficción se presenta desde su tradición interna como una serie abierta y dinámica, sujeta a una constante crítica y revisión por parte de teóricos y críticos del arte y la literatura. Así, es de esperar una variada y extensa gama de clasificaciones tipológicas en torno a las diferentes formas o modelos de metaficción y mecanismos metafictivos incluidos en el fenómeno: Una de las más conocidas responde a la propuesta por Linda Hutcheon desde la esfera literaria, quien divide en dos grandes grupos la que ella denomina “novela narcisista”, entre aquella que es consciente de sí misma en el plano diegético (i.e. en el de la historia) y la que lo es en el plano lingüístico. A su vez, incluye una subdivisión dentro de cada uno de estos grupos en textos (propiamente) autoconscientes, que serían aquellos que muestran abiertamente su carácter narcisista o metafictivo, y textos autorreflexivos, en los cuáles no se pretende hacer explícita su metaficcionalidad, sino que ésta aparece encubierta.

El pensamiento de ámbito hispánico

Otras propuestas tipológicas y de análisis de la metaficción, si cabe más operativas, proceden del ámbito hispánico, considerado éste tanto como aplicación crítica sobre la literatura en lengua española de las categorías teóricas anteriores, como los estudios teóricos que surgen directamente del ámbito académico hispánico o del hispanismo. En este sentido, deben citarse hispanistas que centraron sus estudios sobre la autorreferencialidad en lengua española como Gillet, Livingstone, Newberry o Kronik aplicados al Quijote, Galdós, Unamuno o Azorín; Herzberger analiza obras de autores contemporáneos que destacan por el uso de la metaficción, como Luis Goytisolo, José María Merino, Vaz de Soto y Torrente Ballester; Dotras se centra en el Quijote y la obra de Torrente-Ballester; García en la de Luis Goytisolo, Azorín y Unamuno; Gil González en las de Álvaro Cunqueiro y nuevamente Torrente Ballester; o Marta Álvarez Rodríguez en la de Cunqueiro.

Sin embargo, el pionero, con toda certeza, en reflexionar específicaente sobre la autorreferencialidad en el entorno hispánico fue Severo Sarduy, con su ya clásico trabajo “El barroco y el neobarroco” de 1973. Este artículo, aunque sin utilizar el término de metaficción, está en la base de estudios como los de Hutcheon, y mostrará su particular concepción de la autorreferencialidad literaria bajo el concepto de “neobarroco”. Posteriormente, será Pérez Firmat uno de los introductores de los modelos angloamericanos de la teoría sobre la metaficción quien divide la categoría metaficción en dos variantes sustanciales: una discursiva (cuando la metaficción actúa en comentarios de carácter autorial no integrados en la “historia”) frente a otra narrativa (cuando la referencia metaficcional resulta indisociable de los elementos propios del universo narrativo, tales como los personajes, la acción, el espacio, etc.) Pero sin duda el autor referencia en este campo para el hispanismo fue Spires. Su modelo, muy influido, a su vez, por la metalepsis genetiana, orientará desarrollos como los de Gonzalo Sobejano, Ródenas de Moya, etc., estableció tres categorías básicas: metaficción centrada en el autor fictivo (y en el acto de la escritura), en el lector fictivo (y en el acto de lectura) y en los personajes y sus acciones (y en el acto del discurso oral).

Basándose también en esos modelos previos, Otero aportó la distinción terminológica entre metanovela (novela que incluye la reflexión sobre la propia novela), neonovela (novela que juega con los elementos de la novela tradicional) y antinovela (ruptura de las convenciones habituales del género), y, a partir de sus trabajos, Gonzalo Sobejano aplicó todo este aparato teórico al corpus hispánico. Además introdujo algunas variantes, en primer lugar aplicando el término metaficcional en la novela en dos sentidos, uno estricto y otro amplio, (al que llamó novela escriptiva). Acuñó por otra parte algunos términos propios como los relativos a la distinción entre novela autotemática (la reflexión se aplica sobre los temas), autocrítica (reflexión sobre el proceso de escritura) o ensimismada (en el sentido de que se afana por ser ella misma, por girar dentro de su propia órbita a fin de lograr con plenitud su condición fictiva). También establece una diferenciación a partir de las diferentes funciones desempeñadas por los textos metafictivos: función reflexiva (cuando el mecanismo metafictivo se vuelca sobre el proceso de creación narrativa de la obra, i.e. su poética), función autoconsciente (cuando la obra o sus personajes saben que son obra y personajes, respectivamente), función metalingüística (cuando la reflexión recae sobre el sistema lingüístico de significación empleado, es decir, sobre la lengua), función especular (también conocida como mise en abyme cuando se juega con la violación de los diferentes niveles narrativos dentro de un mismo texto), y la función iconoclasta (cuando se introducen elementos fictivos que rompen la lógica de la realidad posible, como por ejemplo, un personaje que alude al autor que lo creó, una película que es reproducida dentro de sí misma, etc). Entre los trabajos aparecidos desde los años 90, merecen destacarse las aportaciones de Sánchez-Torre o Ródenas de Moya. El primero distingue varios niveles donde actúa la metaficción en un texto literario (metalingüístico, metatextual y el propiamente metaliterario, en el que se reflexiona sobre la literatura, la escritura o la obra misma). El segundo teoriza sobre las implicaciones que tiene en el lector los recursos metaficcionales, y reintroduce una división de los las principales manifestaciones del fenómeno en función de su integración en el mundo creado por la ficción literaria (dietética, o metaléptica) frente a la modalidad de carácter discursivo o enunciativo. Esta distinción entre un tipo metadiscursivo de otro metanarrativo, habrá resultado a la postre, como vemos, la que ha alcanzado un mayor consenso y operativad críticos: como también la de signo más propiamente hispánico, habiendo sido ya manejada, como se dijo, por Pérez Firmat, y, con diversos matices conceptuales o terminológicos, también entre los trabajos más recientes de García, Gil González, o en último lugar, Francisco G. Orejas.

En el ámbito hispanoamericano habría que mencionar, por último, las relevantes aportaciones de especialistas como Lauro Zavala (orientadas al cuento y al microrrelato, principalmente), Amalia Pulgarín (a la metaficción historiográfica) o Laura Scarano (por su parte, a la metapoesía española), entre otros.

Principales elementos e instancias metaficcionales

Los mecanismos concretos destinados a activar y proyectar el sentido metaficcional sobre un texto/obra son de muy diversa índole a la vez que pueden ser agrupados en tipos principales, que por otra parte pueden presentarse de forma combinada, en diferentes proporciones, en una misma obra:

-Elementos centrados sobre el autor: por ejemplo, una alusión directa al autor de la obra dentro de ésta (El candor del Padre Brown, de G.K. Chesterton), la aparición de éste en medio de sus personajes como uno más (City of Glass de Paul Auster) o como tal autor (“Tlön uqbar, Orbis tertius”, de Jorge Luis Borges); a partir de una reflexión sobre la autoría ( El Quijote, de Miguel de Cervantes), etc.

-Elementos centrados sobre el lector: a través de una apelación directa por parte del autor o del narrador (Gloria, Galdós), alusiones al proceso de lectura (Rayuela, de Julio Cortázar), las diferentes novelas que se despliegan a partir de los diferentes lectores de Si una noche de invierno, un viajero de Italo Calvino, etc.

-Elementos centrados sobre la obra como producto finalizado: como podría ser la aparición de la obra en la obra ( El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite), Cien años de soledad de Gabriel García Márquez o la de otras obras emblemáticas de la tradición (como la continua referencia en la segunda parte de El Quijote al contenido de la primera, y a su condición de obra ya publicada), etc.

-Elementos centrados en el mundo de los personajes: como la autoconsciencia del personaje como tal, cuyos paradigmas son el personaje de Augusto Pérez en Niebla, de Miguel de Unamuno, o los pirandelianos Seis personajes en busca de autor.

-Elementos centrados sobre el proceso de creación de la obra y sobre el aparato artístico-poético, que pueden generarse a partir de una reflexión sobre el arte (The portrait of Dorian Grey, de Oscar Wilde), sobre la propia ficción (La vida es sueño, de Calderón de la Barca), sobre cómo la obra fue compuesta o encontrada (The Scarlet Letter, de Nathaniel Hawthorne), sobre su faceta estética, etc.

En cualquier caso, es necesario advertir igualmente que este tipo de mecanismos no siempre actúan con una intención específicamente metaficcional, o que aún siendo éste uno de sus valores, puede no resultar predominante e incluso pasar desapercibidos como tal para el receptor.

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