Metáfora

La metáfora (del latín metaphŏra, y éste a su vez tomado del griego μεταφορά; propiamente “traslado”, “desplazamiento”; derivado de metapheró “yo transporto”) es el desplazamiento de significado entre dos términos con una finalidad estética. Su estudio se remonta a la Poética y la Retórica de Aristóteles.

En el campo de la Literatura, se le ha clasificado como un tropo que permite la descripción de algo mediante una semejanza por analogía. Por ejemplo, Miguel de Cervantes en el capítulo XIII de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, construye la descripción de Dulcinea a partir de un conjunto de metáforas:

Que sus cabellos son de oro, su frente de campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve (....)[1]

Cada par de elementos comparten una semejanza que permite la idealización de la belleza de Dulcinea: ojos con soles, mejillas con rosas, labios con el color del coral, perlas con dientes, y la blancura de la piel se expresa mediante elementos como el mármol y la nieve. 

La metáfora consiste en un tipo de analogía o asociación entre elementos que comparten alguna similitud de significado para sustituir a uno por el otro en una misma estructura. Una metáfora expone dos cosas en conjunto que permiten la sugerencia a compararse e interpretarse como un solo concepto. Se encuentra básicamente en todos los campos del conocimiento, puesto que responde a convenciones semánticas dadas por una cultura, que están implícitas en el lenguaje. Al conjunto de metáforas en una misma estructura, se le nombra metáfora continuada o alegoría.

El término es importante tanto en teoría literaria (En la retórica tradicional donde define a un tropo de dicción, y también en estudios recientes que la ubican como elemento fundamental para entender el discurso narrativo bajo una perspectiva hermenéutica y fenomenológica); y en lingüística (donde es una de las principales causas de cambio semántico).

La metáfora en Teoría Literaria

La Teoría literaria ha atribuido a Aristóteles los primeros estudios sobre la metáfora en su Arte Poética. Su Tratado dio pauta a la especialización del estudio de la metáfora en varias ramas del pensamiento y en la misma Teoría literaria. Su acepción más reconocida es como tropo literario, es decir, un recurso estético que tiene que ver con la tensión entre dos términos que producen cierta tensión en el significado de un poema.

Por otro lado, a lo largo de la historia, las reflexiones en la lingüística y la filosofía condujeron a un nuevo rumbo la abstracción de la metáfora. Solidando sus bases en un punto de vista hermenéutico, se convierte en un umbral que da acceso a comunicación sensible. El concepto no se delimita a la forma estructural de la poesía lírica, sino también comenzó a utilizarse en el discurso narrativo de ficción, pues se parte del punto de que los «mundos» expresados en la literatura no difieren del mundo tangible y los procesos sensibles comunicados por la metáfora conectan a ambos mundos. Metáfora ya no fue delimitado a un recurso estético en la estructura formal de dos palabras, sino que adquirió un sentido simbólico que estructura a diversas partes de un discurso, gracias a su cualidad para expresar nuevos significados tanto conceptuales como sensoriales implícitos en las frases descriptivas.

La definición aristotélica de la metáfora (s. IV a. C.)

De Aristóteles proviene la primera definición teórica sobre la metáfora. El concepto aristotélico de  Metáfora es la siguiente: «Metáfora es transferencia de un nombre de una cosa a otra».[2] Metáfora se entendía como una sustitución de un nombre por otro.

Aristóteles llama nombre a cada objeto y con respecto a sus cualidades o aspectos propios los clasifica en dos categorías o paradigmas: el primero corresponde a los nombres de género y el segundo a nombres de especie. También distingue entre un lenguaje común y un lenguaje estético y metafórico. El común sugiere que cada nombre sea combinado con estructuras pertenecientes a su misma categoría: los nombres de especie son conjugados y estructurados con términos correspondientes a su mismo grupo. Y los nombres de género también.

Un poeta, siendo capaz de observar las semejanzas entre nombres que no pertenecen al mismo grupo, hace movimientos o transferencias que dotan al lenguaje común en lenguaje metafórico.

La transferencia de sentido puede darse de cuatro formas:

  1. De especie a especie
  2. De la especie al género
  3. Del género a la especie
  4. Metáfora por analogía

A partir de esa clasificación semántica de las cosas, se expresa una forma matemática para sustituirlos; mostrando que el resultado es una metáfora, un resultado con un nuevo significado estético o bello. «Aristóteles define a la metáfora como un doble mecanismo metonímico de cuatro términos, el segundo mantiene la misma relación que el cuarto con el tercero: B es a A, lo que D es a C; la vejez es a la vida lo que el atardecer es al día. Entre vejez y vida se da la relación metonímica, y el desplazamiento analógico se funda en la continuidad».[3]

Además, considera una relación intrínseca entre poética y moralidad:

«Es sobre todo lo demás importante el saberse servir de las metáforas, que en verdad, esto solo no se puede aprender de otro, y es índice de natural bien nacido, porque la buena y la bella metáfora es contemplación de semejanzas»[4]

La tradición posterior aristotélica

La tradición que continuó a Aristóteles, enfocó su atención en el carácter antes mencionado por el filósofo, donde metáfora pertenece a la transferencia o sustitución de un sintagma dentro de sus paradigmas, con el fin de desarrollar semejanzas entre dos términos en un lenguaje lírico. La metáfora jugó un papel muy importante en la poesía a partir del Barroco. (Véase Conceptismo y Culteranismo). Hasta el s. XVIII, a partir de César Chesneau Dumarsais, con su tratado sobre los tropos (Traité des tropes) 1730, la percepción acerca de la metáfora evolucionó hacia un criterio sintagmático, constituyéndose como un tropo, un producto de la unión de la combinación de términos.[5]

La concepción de la metáfora como un proceso de sustitución cambia a finales del s. XVIII, con los estudios de Ivor Armstrong Richards y de William Empson, que reemplazan el carácter de sustitución por el de la interacción de significados, pues ellos consideran que el origen de la metáfora está en el pensamiento y no en la palabra, de modo que al combinarse esos rasgos, producen una significación más compleja que por separado.[6]

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