Mediterráneo oriental

Mediterráneo oriental en un mapa alemán de 1906 (Justhus Perthes See Atlas: Őstliches Mittelmeer). Se pueden ver los mapas de los puertos de Alejandría, el Pireo, Corinto y Odessa.

Mediterráneo oriental es un concepto geográfico con implicaciones históricas y geopolíticas. Se refiere a la mitad este del mar Mediterráneo, así como a la mitad este de la cuenca del Mediterráneo. El punto de división con el Mediterráneo occidental son los estrechos que separan el sur de Europa a la altura de la península itálica, las islas de Sicilia y Malta y el norte de África a la altura de Túnez.

Pertenecen a esta región las islas del Mediterráneo oriental, las mayores Creta y Chipre, y gran número de islas menores ( Corfú, Eubea, Rodas, Lesbos, etc.), muchas de ellas agrupadas en archipiélagos ( Dodecaneso, Cícladas, islas Jónicas, islas Dálmatas, etc.); y amplias zonas continentales del sureste de Europa ( península de los Balcanes, incluyendo su extremo sur, el Peloponeso) y del oeste de Asia ( península de Anatolia, Levante mediterráneo) y noreste de África ( Egipto y Libia). Los mares en que se suele subdividir son los que tienen una mayor separación con el resto: el mar Adriático y el mar Egeo.

El estrecho de los Dardanelos y el mar de Mármara separan el Mediterráneo oriental del mar Negro y el mar de Azov, que si bien forman una continuidad geográfica con el Mediterráneo, sus características especiales, tanto físicas como históricas suelen hacérselos considerar como entidades separadas. Por ejemplo, por el hecho de que es en estos mares donde desembocan la mayor parte de los grandes ríos europeos que avenan extensísimas cuencas ( Danubio, Dnieper, Dniéster, Don); mientras que solo el Po lo hace en el Adriático.

El Nilo, a través de su gigantesco delta es el principal río del Mediterráneo oriental, y el único gran río de África del norte. En la costa asiática destaca el Orontes, mientras que el Jordán desemboca en un mar interior ( mar Muerto). Otros accidentes geográficos destacados son el golfo de Tarento, la península Salentina, la laguna de Venecia, el golfo de Corinto, el golfo de Salónica, y las penínsulas Calcídicas.

Prehistoria y Edad Antigua

El obstáculo aparentemente insalvable que el estrecho de Gibraltar significa para los movimientos de los grupos humanos anteriores a la navegación ha condicionado que las interpretaciones prehistoriográficas y paleontológicas más comúnmente aceptadas -apoyadas en numerosas pruebas físicas- pongan en las costas del Mediterráneo oriental y el Cáucaso las zonas por las que se supone que se produciría el paso desde África hasta Europa.[1]

El desigual desarrollo histórico entre Mediterráneo occidental y oriental se hace decisivo desde la aparición de la Revolución Neolítica y la Revolución Urbana en el Creciente fértil del Antiguo Próximo Oriente, que significó para esa región el nacimiento de la Historia. Las zonas del Mediterráneo occidental se vieron influenciadas por difusión de las innovaciones (teoría difusionista), primero de la agricultura y de la cerámica y luego del uso de los metales ( Edad de los Metales) y de construcciones como los megalitos. Las primeras muestras de poblados y cerámica se han hallado en Jericó y Çatal Höyük, y las primeras ciudades, grandes templos y testimonios de escritura en Sumeria, a partir del IV milenio a. C. ( Ur, Uruk, Lagash, Eridú). Los primeros grandes estados fueron los imperios del Antiguo Egipto ( Menes, unificador del alto y el bajo Egipto) y Babilonia. La civilización cretense y micénica en el II milenio a. C. y las ciudades fenicias y griegas en el I milenio a. C. desarrollaron la navegación y el comercio a larga distancia por el Mediterréneo. También se desarrollaron otras civilizaciones importantes, como la hebrea y la árabe. En el siglo VI a. C. el Imperio persa unificó casi todo el Mediterráneo oriental, a excepción de las ciudades griegas del continente europeo, protagonistas de las Guerras Médicas ( siglo V a. C.). En su parte naval fue decisiva la victoria griega en la Salamina ( 480 a. C.), que significó a su vez el predominio ateniense sobre sus aliados de la liga de Delos, discutido por Esparta y sus aliados en las Guerra del Peloponeso. A finales del siglo IV a. C. fueron los griegos, unificados por el reino de Macedonia, los que se impusieron a los persas, cuyo imperio ocuparon. El breve imperio de Alejandro Magno dejó instauradas una serie de monarquías helenísticas que perpetuaron la influencia griega en todo el Mediterráneo oriental ( helenismo). Alejandría pasó a ser el centro comercial y cultural de la zona.

A partir del siglo II a. C. la República Romana fue interfiriendo en los asuntos internos de los reinos helenísticos, anexionándolos paulatinamente. La batalla de Actium ( 31 a. C.), con la victoria naval de Agripa (general de Augusto) frente a Marco Antonio y Cleopatra, significó el control total y el comienzo del Imperio romano, aunque no el fin del predominio cultural de Oriente y de la decisiva importancia de las importaciones de trigo egipcio a Roma. El griego fue la lengua culta de todo el imperio, y la koiné o lengua común en Oriente (además de las locales, como el copto en Egipto o el arameo en Levante). Emperadores como Adriano privilegiaron Egipto (culto de Antínoo); y Constantino eligió Bizancio como segunda Roma. La cambiante frontera oriental frente a los partos exigió el mantenimiento de una fuerte presencia militar.

La división del Imperio romano —unificador del Mediterráneo o Mare Nostrum— en dos mitades: Imperio romano de Oriente e Imperio romano de Occidente está en el origen de la división del Mediterráneo en dos partes; que quedó reforzada con la caída del Imperio romano de Occidente en 476 y la supervivencia del Imperio bizantino hasta 1453. La mitad oriental, la más desarrollada económica y culturalmente

Bronce Reciente

A finales del Bronce Reciente, el Mediterráneo oriental experimentó cambios que afectaron a los Imperios, Estados, reinos y ciudades desde el Mediterráneo central hasta la Alta Mesopotamia, al mismo tiempo que aparecían pueblos como los Filisteos, Arameos, el asentamiento de Israel, los reinos de Moab y Edom, etc., que tendrán un mayor protagonismo en los siglos posteriores.[2]