Maurice Ravel

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Maurice Ravel
Maurice Ravel 1912.jpg
Maurice Ravel en 1912.
Información personal
Nombre de nacimiento Joseph Maurice Ravel
Nacimiento 7 de marzo de 1875
Bandera de Francia Ciboure, Labort, Francia
Fallecimiento 28 de diciembre de 1937
(62 años)
Bandera de Francia París, Francia
Nacionalidad Francesa Ver y modificar los datos en Wikidata
Familia
Padres Marie Delouart-Ravel
Joseph Ravel
Educación
Alma máter
  • Conservatorio Nacional de Música y Danza de París Ver y modificar los datos en Wikidata
Alumno de
Información profesional
Ocupación Compositor
Género Ópera Ver y modificar los datos en Wikidata
Movimientos Música clásica Ver y modificar los datos en Wikidata
Obras notables
Miembro de
Distinciones
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Joseph Maurice Ravel ( Ciboure, Labort, 7 de marzo de 1875- París, 28 de diciembre de 1937) fue un compositor francés del siglo XX. Su obra, frecuentemente vinculada al impresionismo, muestra además un audaz estilo neoclásico y, a veces, rasgos del expresionismo, y es el fruto de una compleja herencia y de hallazgos musicales que revolucionaron la música para piano y para orquesta. Reconocido como maestro de la orquestación y por ser un meticuloso artesano, cultivando la perfección formal sin dejar de ser al mismo tiempo profundamente humano y expresivo, Ravel sobresalió por revelar «los juegos más sutiles de la inteligencia y las efusiones más ocultas del corazón» (Le Robert).

Biografía

1875–1900: El aprendizaje

Infancia

Casa natal de Ravel en Ciboure.

Ravel nació el 7 de marzo de 1875, en el 12 del Quai de la Nivelle en Ciboure, departamento de los Pirineos Atlánticos, parte del País Vasco francés. Su padre, Joseph Ravel ( 1832- 1908), era un renombrado ingeniero civil, de ascendencia suiza y saboyarda (Ravex). Su madre, Marie Delouart-Ravel ( 1840- 1917), era de origen vasco, descendiente de una vieja familia española (Deluarte o Eluarte). Tuvo un hermano, Édouard Ravel ( 1878- 1960) con quien mantuvo durante toda su vida una fuerte relación afectiva.[1]

Pocos meses después, en junio de 1875, la familia Ravel se trasladó a París. La influencia sobre el imaginario musical de Maurice Ravel de sus orígenes vascos es discutida, puesto que el músico no regresó al País Vasco antes de los 25 años. No obstante, en la biografía escrita por Arbie Orenstein se menciona que Ravel se sentía muy unido a su madre y que ésta le transmitió su patrimonio cultural vasco (el cual, según Orenstein, habría tenido una gran influencia en la vida y la producción musical de Ravel); según dicha biografía, uno de los primeros recuerdos del compositor labortano eran las canciones folclóricas vascas que su madre le cantaba.[2] Más tarde regresaría regularmente a San Juan de Luz para pasar las vacaciones o para trabajar.

Sus padres frecuentaban los medios artísticos, fomentando los primeros pasos de su hijo que muy pronto reveló un talento musical excepcional. Comenzó el estudio del piano a los seis años bajo la guía de Henry Ghys. Niño juicioso, aunque también caprichoso y terco, pronto demostró su natural talento musical, aunque, para desesperación de sus padres y profesores, reconoció más tarde haber sumado a sus numerosos talentos «la más extrema pereza.»[4] En 1887 recibió precozmente clases de Charles René ( armonía, contrapunto y composición). El clima artístico y musical prodigiosamente fértil de París de fines del siglo XIX no podía sino estimular el desarrollo del joven.

«Desde muy niño fui sensible a la música -a todo tipo de música. Mi padre, mucho más cultivado en este arte que la mayoría de aficionados, supo desarrollar mis gustos y estimular tempranamente mi pasión» (Ravel, Esquisse autobiographique, 1928).[5]

Un futuro prometedor

Al ingresar al Conservatorio de París en 1889, Ravel fue alumno de Charles de Bériot. Ahí conoció al pianista español Ricardo Viñes, que se convirtió en su amigo entrañable e intérprete escogido para sus mejores obras; ambos formarían parte del grupo conocido como Los Apaches, que armaron revuelo en el estreno de Pelléas et Mélisande de Claude Debussy en 1902. Impresionado por las músicas de Extremo Oriente en la Exposición Universal de 1889, entusiasmado por la de los rebeldes Emmanuel Chabrier y de Erik Satie, admirador de Mozart,[6] Saint-Saëns y Debussy, influido por las lecturas de Baudelaire, Poe, Condillac, Villiers de L’Isle-Adam y sobre todo de Mallarmé, Ravel manifestó tempranamente un firme carácter y un espíritu musical muy independiente. Sus primeras composiciones lo probaban: eran ya muestras de una personalidad y una maestría tal que su estilo sólo evolucionaría con el tiempo: Ballade de la reine morte d’aimer ( Balada de la reina muerta de amor, 1894), Sérénade grotesque ( Serenata grotesca, 1894, ), Menuet antique (1895), Habanera para dos pianos (1895).

Gabriel Fauré (1845–1924) fue el profesor de Ravel a quien éste dedicaría sus Jeux d’eau y su Cuarteto.

En 1897 Ravel entró a la clase de contrapunto de André Gedalge. Ese mismo año, Gabriel Fauré fue también su profesor. Éste juzgó al compositor con benevolencia y saludó al «muy buen alumno, laborioso y puntual» y a la «sinceridad que desarma».[9]

En vísperas del siglo XX, el joven Ravel era ya reconocido como compositor, y sus obras eran objeto de discusión. Con todo, lograr la celebridad no iba a ser cosa fácil. La audacia de sus composiciones y su declarada admiración por los «affranchis» (liberados) Chabrier y Satie iba a costarle muchas enemistades entre el círculo de los tradicionalistas.

1900–1918: La gran época

El Premio de Roma

La tradición en los estudios en el Conservatorio llevaron a Ravel a presentarse al prestigioso Premio de Roma. Sin embargo, sus cuatro candidaturas ( 1901, 1902, 1903, 1905) culminaron en célebres fracasos. Con su cantata Myrrha (basada en el Sardanápalo de Byron) obtuvo el segundo lugar en 1901 [12] todo desembocó en la renuncia de Théodore Dubois, entonces director del Conservatorio de París, que fue sustituido por Fauré. El escándalo afectó al músico, que fue invitado por sus amigos Alfred y Misia Edwards a un crucero en yate a Holanda junto a los pintores Pierre Bonnard y Laprade; en dicho viaje se disiparía y compondría varias obras.

Más allá del escándalo mediático que confrontó a conservadores y defensores del modernismo, y pese a la molestia que causó al músico, «l’affaire Ravel» contribuyó a dar a conocer su nombre.

Primeras obras maestras

Es con Jeux d’eau (Juegos de agua, escuchar) para piano, de 1901, que quedó afirmada la personalidad musical de Ravel, quien iba a mantenerse bastante independiente de la riqueza del patrimonio musical de su tiempo (aunque Ravel durante mucho tiempo haya llevado la etiqueta de «debussysta»).[14] nueva querella que disgustó a los dos músicos.

Su reserva, su pudor, su gusto por lo exótico y lo fantástico, su búsqueda casi obsesiva de la perfección formal irradiaron su obra en el período que se extendió de 1901 a 1908: Cuarteto en Fa Mayor ( 1902, escuchar), Melodías de Shéhérazade (1904), Miroirs y Sonatina para piano ( 1905), Introducción y allegro para arpa y conjunto ( 1906), la Rapsodia española ( 1908), Ma mère l’Oye (Mi madre la Oca, 1908), suite para piano sobre cuentos clásicos del célebre Mamá Ganso dedicados a los hijos de su amigo Godebski,[15] luego su gran obra maestra para piano Gaspard de la nuit (Gaspard de la noche, 1908), inspirado en poemas de Aloysius Bertrand.

Éxitos y decepciones

Evocación sinfónica de la Grecia antigua, Daphnis et Chloé es la obra más monumental de Ravel. Decoración concebida por Léon Bakst para el estreno en 1912.

En abril de 1909 Ravel se encontraba en Londres, junto a Ralph Vaughan Williams, para su primera gira de conciertos en el extranjero. Con este motivo descubrió que era conocido y apreciado al otro lado del Canal. En 1910 fue (junto a Charles Koechlin y a Florent Schmitt, en particular) uno de los fundadores de la Société Musicale Indépendante creada para promover la música modernista, en oposición a la Société Nationale de Musique, más conservadora, entonces presidida por Vincent d'Indy.

Pronto dos grandes composiciones iban a causar muchas dificultades. En primer lugar, L'Heure espagnole (La hora española), ópera escrita sobre un libreto de Franc-Nohain, terminada en 1907 y estrenada en 1911, fue mal acogida por el público y sobre todo por la crítica (incluso se la tildó de pornografía). Ni el sabroso humor del libreto ni los atrevidos efectos orquestales de Ravel fueron comprendidos.

Por aquel tiempo, las presentaciones de los Ballets Rusos causaban furor y transformaban la vida de los aficionados en París. El director del conjunto, Serguéi Diáguilev, encargaba obras a los compositores más célebres del momento: Ravel no podía ser la excepción. A continuación compondría por iniciativa de Diáguilev el ballet Daphnis et Chloé, titulado Sinfonía coreográfica. Con su presencia de coros que cantan vocalizaciones -no palabras-, Daphnis y Chloé es una visión de la Grecia antigua en la que Ravel se inspiró en la que los pintores franceses del siglo XVIII le habían dado. El argumento de la obra fue co-escrito por Michel Fokine y el compositor. Se trata de la obra de mayor duración del compositor, y por ello fue la más laboriosa. La recepción de la obra fue desigual en el estreno en junio de 1912, lo que causó la amargura del músico.

En 1913, Ravel apoyó sin condiciones a su amigo Stravinski en el momento del tumultuoso estreno de La consagración de la primavera en París.[16] A este período que precedió la guerra, más tarde lo describió Ravel como el más feliz de su vida. Vivía entonces en un apartamento de la prestigiosa avenida Carnot, cerca de la Place de l'Étoile.

La guerra

Ravel en 1910.

Agosto de 1914. La Primera Guerra Mundial sorprendió a Ravel en plena composición de su Trío en la menor que estrenó finalmente en 1915. Desde el inicio del conflicto, el compositor pretendió enrolarse, pero, eximido del servicio militar debido a su pequeña estatura, fue rechazado por ser «más liviano que dos kilos».[20]

Así finalizaba la «gran época» de Ravel. Es de esta época aquella imagen comúnmente difundida del Ravel « dandy», hombre voluntariamente frío y reservado, encubierto detrás de una afectación y elegancia cuidadosamente calculadas. Pero nada traicionará mejor su verdadera naturaleza que sus obras maestras posteriores a 1918.

1918–1928: Ravel se desenmascara

Heredero de Debussy

La muerte del gran Claude Debussy (1862-1918), tan admirado por Ravel, le dejó la difícil misión de liderar la música francesa. En su memoria compuso la Sonata para violín y violoncelo[21]

Finalizada la guerra, se había llevado con ella las ilusiones de la « Belle Époque» y había cambiado al músico, como había cambiado a los millones de hombres movilizados en «el gran cataclismo». La máscara del dandy cayó, y fue otro Ravel el que salió de esta dolorosa experiencia. Su producción musical se retrasó considerablemente (una obra al año en promedio, excepto las orquestaciones) pero la intensidad creadora se amplió y la inspiración se encontró liberada.

Los años que pasaban, y después de la muerte de Claude Debussy en 1918, Ravel fue considerado en adelante como el más grande compositor francés vivo. Después de haber superado los fracasos de los inicios de su carrera se encontraban ahora colmados de honores, y no fue sin desenvoltura que reaccionó al anuncio de su promoción al rango de Caballero de la Legión de Honor en 1920: se dio el lujo de rechazar la distinción.[23]

Su primera obra maestra de la posguerra fue La Valse, poema sinfónico dramático comisionado por los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev y estrenado en abril de 1920 en presencia de Stravinski y de Poulenc.[24] Fue a la memoria de Debussy que Ravel compuso más tarde su gran Sonata para violín y violonchelo que estrenó su violinista fetiche, Hélène Jourdan-Morhange.

Montfort-l’Amaury

En 1921, Ravel se instaló en Montfort-l'Amaury en las Yvelines, deseando adquirir «una casucha a menos de treinta kilómetros de París»: Le Belvédère.[25] En esta casa, hoy un museo, vivió hasta su muerte. Ahí compuso la mayoría de sus últimas obras, las tres Chansons Madécasses sobre poemas de Evariste Parny ( 1923) y Tzigane (Gitano), rapsodia de concierto ( 1924), llevando al mismo tiempo una apacible vida de soltero. Le Belvédère se impregnó rápidamente de la personalidad del músico que hizo de ella, incluso en vida, un verdadero museo (colección de porcelanas asiáticas, juguetes mecánicos, relojes.

La mansión de Ravel en Montfort-l'Amaury.

Fue también la guarida ineludible del cenáculo raveliano (el escritor Léon-Paul Fargue, los compositores Maurice Delage, Arthur Honegger, Jacques Ibert, Florent Schmitt, Germaine Tailleferre, los intérpretes Marguerite Long, Robert Casadesus, Jacques Février, Madeleine Grey, Hélène Jourdan-Morhange, y los dos fieles discípulos de Ravel, Roland-Manuel y Manuel Rosenthal. Aunque solitario y pudoroso, Ravel tuvo una rica vida social y los testimonios coinciden que tuvo una generosidad y una fidelidad indefectible. Pero las visitas no podían ocultar enteramente la soledad y la tristeza de este hombre,[26] que encontró un escape en la intensificación de su actividad creativa ( orquestación de Cuadros de una exposición de Músorgski, 1922) y en una serie de giras por el extranjero (los Países Bajos, Italia, Inglaterra, España).

Lirismo y blues

En 1925, año del cincuentenario del compositor, conoció la composición de la obra quizá más original de Maurice Ravel: El niño y los sortilegios. El proyecto de esta fantasía lírica se remonta a 1919, cuando Colette propone (por mediación de Jacques Rouché, entonces directora de la Ópera de París) la colaboración de Ravel para poner en música un poema propio, titulado inicialmente Divertissement pour ma fille (Divertimento para mi hija.) La recepción del público se mitigó para el estreno de la ópera en Montecarlo en marzo de 1925, pero la posteridad dio el lugar merecido a esta joya del repertorio lírico. Colette ha narrado con humor la relación puramente profesional y distante que tuvo con Ravel durante la elaboración de este proyecto.[27] Mientras que en 1927 termina la Sonata para violín y piano (en la cual introduce un Blues), Ravel era celebrado por todas partes y accedía al reconocimiento mundial por su música.

1928–1932: En la cúspide de la gloria

Ravel en América del Norte

La bailarina y mecenas rusa Ida Rubinstein (1885–1960) era una amiga íntima de Ravel. Ella fue la inspiración y destinataria del Bolero. Retrato de Valentín Serov.

1928 fue el año de la consagración para Ravel, quien realizó de enero a abril una gigantesca gira de conciertos por Estados Unidos y Canadá[31]

El Bolero

De regreso en su país, Ravel comenzó a trabajar en la que se convertiría en su obra más famosa e interpretada. La célebre bailarina y coreógrafa Ida Rubinstein le había encargado en 1927 un «ballet de carácter español» para el cual el músico adoptó una antigua danza andaluza: el bolero. La obra, que apuesta por durar alrededor de un cuarto de hora con sólo dos temas y una cantinela incansablemente repetida, fue estrenada el 22 de noviembre de 1928 frente a un público un tanto asombrado. Su difusión fue inmediatamente inmensa. Ravel había firmado una auténtica obra maestra a partir de un material casi insignificante, pero él mismo rápidamente quedó exasperado por el éxito de esta partitura que consideraba sobre todo como una experiencia, y «llena de música». Cuando una dama gritó: «Au fou, au fou!» (¡Al loco, al loco!) después de haber oído la obra, el compositor confió a su hermano: «Celle-là, elle a compris!» (He ahí, ella lo ha comprendido.)[32]

En octubre de 1928, Ravel recibió el doctorado en música honoris causa de la Universidad de Oxford. En su ciudad natal, inauguró, en agosto de 1930, el muelle que lleva su nombre.[33]

Últimas obras maestras

Jeanne d’Arc ( Juana de Arco) o el gran sueño irrealizado del músico afectado por la enfermedad. «Nunca terminaré mi Jeanne d'Arc, esta ópera está allí, en mi cabeza, la oigo pero no la escribiré jamás, se acabó, ya no puedo escribir mi música.» (Ravel, noviembre de 1933).[34]

De 1929 a 1931, Ravel concibió sus dos últimas obras maestras. Compuestos simultáneamente y estrenados a pocos días de diferencia (enero de 1932), los dos Conciertos para piano y orquesta son, sin embargo, dos obras muy diferentes. Al Concierto para la mano izquierda, composición grandiosa bañada de una oscura luz y teñida de fatalidad, respondió el brillante Concierto en sol, en el que el movimiento lento es una de las más íntimas meditaciones musicales del compositor. Junto a las tres canciones de Don Quijote a Dulcinea compuestas en 1932 sobre un poema de Paul Morand, los Conciertos marcan un punto final en la producción musical de Maurice Ravel.

En 1932, el compositor hizo una triunfal gira de conciertos en Europa Central en compañía de la pianista Marguerite Long para presentar, entre otras obras, su Concierto en sol. De regreso en Francia, después de haber grabado este concierto bajo su propia dirección, Ravel no tenía más que proyectos: en particular, un ballet, Morgiane, inspirado en Las mil y una noches, y sobre todo una gran ópera, Jeanne d'Arc ( Juana de Arco), sobre la novela de Joseph Delteil.[35] Empero, este afán quedó interrumpido.

1933–1937: Un trágico final

Desde el verano de 1933, Ravel comenzó a presentar los síntomas de una enfermedad neurológica que lo condenaría al silencio en los últimos cuatro años de su vida. Desórdenes de la escritura, de la motricidad y el lenguaje fueron sus principales manifestaciones, mientras que su inteligencia se mantenía perfectamente y seguía pensando en su música, sin poder ya más escribir o tocar una sola nota. La ópera Jeanne d'Arc, a la que el compositor concedía tanta importancia, nunca podría llevarse a cabo. Se cree que un traumatismo craneano, consecuencia de un accidente en taxi del que fue víctima en octubre de 1932, fue lo que precipitó las cosas;[37] El público permaneció mucho tiempo ignorando la enfermedad del músico. Cada una de sus apariciones públicas le valía un triunfo, lo que hizo mucho más dolorosa su inacción.

En 1935, a propuesta de Ida Rubinstein (destinataria del Bolero), Ravel emprendió un último viaje a España y Marruecos que le dio un saludable consuelo, pero inútil. El músico se retiró definitivamente a Montfort-l’Amaury donde, hasta su muerte, pudo contar con la fidelidad y el apoyo de sus amigos y de su fiel ama de llaves, Madame Révelot. El mal siguió progresando. En diciembre de 1937 se intentó en París una intervención quirúrgica desesperada en su cerebro enfermo.[38] El 28 de diciembre de 1937 moría Maurice Ravel, a los 62 años. Su muerte causó en el mundo una verdadera consternación, que la prensa retransmitió en un unánime homenaje. El compositor descansa en el cementerio de Levallois-Perret cerca de sus padres y su hermano.

Con Ravel desaparecía el último representante de una generación de músicos que habían sabido renovar la escritura musical sin renunciar nunca a los principios heredados del clasicismo. Por esa razón fue el último compositor cuya obra entera, siempre innovadora y nunca retrógrada, es considerada «completamente accesible a oídos profanos» (Marcel Marnat).

Nunca he intentado la necesidad de formular, para otros o para mí mismo, los principios de mi estética. Si tuviera que hacerlo, pediría permiso para atribuirme las sencillas declaraciones que Mozart hizo al respecto. Se limitó a decir que la música puede emprenderlo todo, atreverse a todo y a pintarlo todo, con tal encanto que al final permaneciese siempre la música

Ravel, Esquisse autobiographique, 1928
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