Marrakech

Marrakech
مراكش / Marrākesh
Ciudad
Panorama de Yamaa el Fna
Mezquita Kutubía Aeropuerto de Marrakech-Menara
Palacio de la Bahía Jardines de la Menara
Jardín Majorelle Plaza de Yamaa el Fna
Avenida Mohammed V en Marrakech

Flag of Marrakech province.svg
Bandera
Otros nombres: La ciudad roja, Perla del Sur, Puerta del Sur.
Marrakech ubicada en Marruecos
Marrakech
Marrakech
Localización de Marrakech en Marruecos
Marrakech map.png
Ubicación de Marrakech
Coordenadas 31°37′46″N 7°58′52″O / 31°37′46″N 7°58′52″O / -7.98108
Entidad Ciudad
 • País Marruecos y Benimerines
 • Región Marrakech-Safí
Alcalde (2015) Mohamed Larbi Belcaid (PJD)
Eventos históricos  
 • Fundación 1062
Superficie  
 • Total 230 km²
Altitud  
 • Media 466 m s. n. m.
Población (1 de enero de 2014)  
 • Total 928 850 hab.[1]
 • Densidad 4038,48 hab/km²
Gentilicio marrakechí o marraquechí[2]
Código postal 40000
[ editar datos en Wikidata]
Marrakech.

Marrakech[2]​ (nombre original en bereber tamurt n Akkuc, lit. «Tierra de Dios»; en árabe, مراكش [Marrākuš], pronunciado coloquialmente /Mrrākeš/; en castellano antiguo: Marruecos, escrito en grafía francesa Marraquech) es una de las ciudades más importantes de Marruecos. Cuenta con 1 545 541 habitantes y está al sur del país, al pie del Atlas, a 466  msnm de altura. Posee numerosos monumentos patrimonio de la Humanidad.

Es, junto a Mequinez, Fez y Rabat, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos.[4]​ En la plaza se citan acróbatas, cuenta-cuentos, vendedores de agua, bailarines y músicos. Por la noche, la plaza se llena de puestos de comida, convirtiéndose en un gran restaurante al aire libre.

Historia

Marrakech fue fundada en 1062 por Youssef Ibn Tachfin, primer emir de la dinastía bereber de los almorávides. La ciudad nació como avanzadilla, primero militar y luego comercial, para garantizar a la tribu la supremacía sobre una región de fundamental importancia estratégica, puesto que por la zona pasaban las rutas de caravanas hacia el África negra a través del Sahara. Desde su base de Marrakech, los almorávides consiguieron, hasta el siglo XI, ampliar su dominio sobre todo Marruecos. Desembarcaron en España, derrotaron a los cristianos y conquistaron así gran parte de la península Ibérica. Marrakech se convirtió en una gran capital amurallada con exuberantes jardines y magníficos palacios y mezquitas, de los cuales hoy por desgracia no queda nada, a excepción de la pequeña Koubba Ba’adiyn. El reino perduró hasta 1147, cuando los almohades –una federación rival de tribus bereberes provenientes de las montañas del Atlas– conquistaron la ciudad después de un largo asedio y la arrasaron, para después reconstruirla. La arquitectura almohade produjo grandes obras, como la Mezquita Kutubia y la mezquita Kasbah, la monumental Bab Agnau y los jardines de la Minara. Mientras, la ciudad se convertía en un faro de la cultura islámica, atrayendo célebres pensadores y literarios de todo el mundo árabe. Pero después de un siglo de dominio, también la luz almohade se apagó. Las tropas almohades fueron derrotadas en varias ocasiones en España y a su regreso a Marrakech, en 1248, el ejército cayó en una emboscada que le tendió una tribu del desierto, capitaneada por Banu-Merin, que prosiguió su marcha victoriosa hasta Fez, donde fundó una nueva dinastía, la de los benimerines. El último sultán almohade fue definitivamente derrotado en 1276, cuando los benimerines extendieron su dominio por todo el sur de Marruecos.

Marrakech volvió a ser capital tres siglos más tarde, cuando la tribu de los saudíes, proveniente del sur, destituyó a los benimerines y, en 1549, trasladó de nuevo la corte a la ciudad. Le siguió un período de gran crecimiento y esplendor, que hizo de Marrakech una de las ciudades más pobladas del mundo árabe, llena de espléndidos palacios, entre los que destaca el de Badi. Pero esta dinastía tampoco duró mucho en el poder y a principios del siglo XVII el país se sumió en una guerra civil, que no terminó hasta 1668, cuando un príncipe árabe, Moulay Rachid, subió al trono, de quien sus descendientes gobiernan el país todavía hoy. Marrakech perdió el título de capital y el sucesor de Rachid, Moulay Ismail, la trasladó a Mequinez, expoliando el palacio Badi de todas sus riquezas. Cuando el monarca murió, el país se vio sumido en el caos durante más de un siglo, hasta salir de ella como un reino cada vez más débil.

Mientras, Marrakech inició sus primeros contactos y relaciones comerciales con Europa, en primer lugar con Gran Bretaña, que se multiplicaron a lo largo del siglo XIX. En aquella época fue cada vez mayor el interés de las grandes potencias europeas por adueñarse del norte de África. Así, el control de Marruecos se dividió entre Francia y España. El gobierno de los sultanes era cada vez más débil y finalmente aceptó la imposición oficial del gobierno colonial francés, formalizado con el Tratado de Fez de 1912. Pero enseguida estallaron motines y revueltas, sobre todo en Marrakech y en el sur. Para conseguir mantener el control, la administración francesa hizo un pacto con Thami el Glaoui, uno de los señores de la guerra que estaba al frente de las tribus de las montañas del Atlas, y en 1912 lo nombró señor de Marrakech, dándole carta blanca sobre la ciudad y el Marruecos Meridional. Thami el Glaoui se instaló en un palacio de la ciudad y desde allí gobernó con mano de hierro durante más de 40 años, hasta 1955. Déspota cruel, extravagante y amante de los excesos, era también un hombre perspicaz y brillante, que organizaba suntuosos banquetes para sus huéspedes y los cubría de generosos regalos. En los años treinta, la administración francesa construyó la ville nouvelle fuera de las murallas de la Medina, una verdadera ciudad con amplias avenidas arboladas, edificios modernos de estilo morisco, escuelas y hospitales, mientras la Medina se fue degradando poco a poco.

En los años treinta también se desarrolló el movimiento nacionalista que encontró su expresión política en el Partido de la Independencia. Después de la Segunda Guerra Mundial, el seguimiento del partido aumentó e incluso el sultán, Mohammed V, empezó a presionar por la independencia. Así, en 1953, los franceses lo exiliaron y lo sustituyeron por un gobierno fantoche, lo cual no sirvió más que para encender la chispa de la revolución, que en un primer momento intentaron apagar con el apoyo de Thami el Glaoui. Pero los franceses ya estaban haciendo frente a la sangrienta revuelta de Argelia y pronto suavizaron sus posiciones; en 1955 dejaron regresar al sultán. Mientras, a principios de 1956, Thami el Glaoui murió y Marrakech se liberó de su tirano. En marzo de 1956 Marruecos obtuvo la independencia.

Marrakech es hoy la ciudad internacional de Marruecos, con una comunidad de expatriados (extranjeros que viven permanentemente aquí) vasta y en continuo crecimiento. Los pioneros fueron los millonarios de los años veinte y treinta, seguidos por artistas e intelectuales de los años sesenta entre extravagancias y fiestas psicodélicas. Nació en aquellos años el mito del Marrakech exótico y bohemio que arrastró a la generación sucesiva de extranjeros, que desembarcó en la ciudad a partir de los años ochenta. Algunos de ellos decidieron trasladarse a vivir a la Medina, recuperando antiguos edificios en plena decadencia. La población marroquí, en cambio, por lo menos la que se lo puede permitir, vive en el sueño de una casa "moderna" en la ville nouvelle. El fenómeno de los europeos en la Medina en un primer momento era algo esporádico, pero a mediados de los noventa estalló el boom, con la contribución determinante de un programa de la televisión francesa que explicaba cómo en Marrakech, con el dinero de un pisito en París, se podía comprar un "riad", un verdadero palacete, y vivir a lo grande. Y así fue como en pocos años en la ciudad nació el "pueblo del riad", una comunidad heterogénea que tiene en común las ganas de inventar un nuevo estilo de vida. Hoy tener casa en Marrakech es un sueño cada vez más practicado y caro. Los precios han subido, aunque siguen siendo inferiores a los de las grandes ciudades europeas y americanas. Y empiezan a aparecer las primeras contradirecciones, y aunque la Medina ha sido declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad no existen todavía normativas rígidas para conservar el patrimonio histórico y arquitectónico. Por ello, se está reforzando un movimiento de opinión preocupado por el riesgo de un expolio moderno. Y luego está la no menos importante cuestión del respeto hacia la cultura y la sensibilidad de los residentes del lugar. Pero el camino parece marcado y el futuro de la ciudad se dirige cada vez más hacia el turismo y el mundo exterior.

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