Manuel Ascunce

Manuel Ascunce Domenech
Información personal
Nacimiento 25 de enero de 1945
ciudad de Sagua La Grande,
provincia de Las Villas,
Cuba Bandera de Cuba
Fallecimiento 26 de noviembre de 1961
finca Palmarito,
barrio Río de Ay,
Limones Cantero,
municipio de Trinidad,
provincia de Las Villas,
Cuba Bandera de Cuba
Nacionalidad cubana
Información profesional
Ocupación Maestro alfabetizador
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Manuel Ascunce Domenech ( Sagua la Grande, 25 de enero de 1945 - Limones Cantero, Sancti Spíritus, 26 de noviembre de 1961) fue un joven brigadista cubano que se enfrentó a una banda de contrarrevolucionarios cubanos cuando estos fueron a ajusticiar a su alumno Pedro Lantigua, un miliciano guajiro que estaba siendo alfabetizado.

Biografía

Primeros años de vida

Manuel Pablo Ascunce Domenech, hijo de Evelia y de Manuel, ella ama de casa y él empleado, nace el 25 de enero de 1945, a las siete y treinta de la mañana en la ciudad de Sagua la Grande, provincia de Las Villas, por ese entonces.

Sus abuelos por línea paterna fueron Eladio y Guillermina y por línea materna, Vicente y Juana Rosa. El 23 de enero de 1947, próximo a los dos años de edad, fue bautizado en la Iglesia Parroquial de Sagua. Sus padrinos fueron Guillermina Hernández Santos y Arnaldo Hernández Solloa.

Era una familia humilde, con las características propias de la época de la seudorrepública. Tenía Manuel dos años, cuando la familia se traslada a la capital, a la residencia situada en calle Justicia n.º 574, entre Santa Felicia y Santa Ana, en la barriada de Luyanó. Su niñez transcurrió feliz, junto al amor de sus padres, abuelos, y su hermanita menor Mambla, su compañera de infancia, por quien sentía gran cariño.

A la edad de siete años los padres le proponen hacer la primera comunión, a lo que él respondió: «Yo no quiero tener nada con los curas». Fue tal su aferramiento en esto, que Evelia y Manuel decidieron no prepararlo en la doctrina católica, ni hablarle más del tema.

Su enseñanza primaria la realizó en las Escuelas Santa Marta y El Éxito, del propio barrio de Luyanó, donde culminó en el curso escolar 1957-1958 el sexto grado, a la edad de trece años.

Desde muy temprano demostró ser un alumno disciplinado, tranquilo, estudioso, de carácter serio, aunque gustaba de los juegos y de hacer chistes. Constituyó siempre un ejemplo para su única hermanita Mambla.

Evelia cuenta de la época de infancia de Manuel, que amaba los animales y era desprendido. En una ocasión su papá le compró una mascota para jugar pelota, pero ella se dio cuenta de su ausencia, por lo que le preguntó a Manolito sobre el asunto, a lo cual él respondió que se la había prestado a un amiguito que no tenía ninguna. En varias ocasiones su hermana Mambla, quien gustaba jugar con los gorriones que se caían en el patio, veía cómo Manolito hacía por restablecer a los pichones en sus nidos. Era muy limpio y presumido, cuando se caía en el piso y se levantaba, nunca se limpiaba las manos en la ropa, sino que con ellas en alto, corría para el baño a lavárselas.

Cursó estudios de enseñanza media en la escuela América, ubicada en Herrera y Guanabacoa (Luyanó), donde cursó el séptimo grado y comenzó el octavo en otra instaláción de la escuela, en la propia barriada. Le gustaban mucho las fiestas, tenía un carácter juvenil, que le ganaba la confianza y el aprecio de sus compañeros. Era un muchacho trigueño, de tez blanca y ojos muy expresivos. Poseía una nobleza extrema, no tenía nada suyo, y sentía gran sensibilidad por todo lo que le rodeaba. Últimamente ya estaba más alto que su padre, según la madre, y siempre escuchaba con atención todos los discursos de Fidel, como era habitual en la familia.

Incorporación a la actividad revolucionaria

En la etapa estudiantil se incorpora a la defensa de la Patria, ante el ataque mercenario de Playa Girón, en abril de 1961, se hace presente en las guardias para la protección de su escuela secundaria básica si las circunstancias lo requerían. Se incorpora a la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR).

Durante la Campaña de Alfabetización no vaciló en separarse del hogar para marchar a donde fuera necesario. Al llamado de Fidel para integrar las brigadas Conrado Benítez, Manuel solicita el ingreso en sus filas, el 23 de marzo de 1961.

Era apenas un niño —como dijera el mismo Fidel Castro —, que además había sacrificado sus vacaciones, que llegaba allí, igual que otros 100 000 jóvenes, igual que otras decenas y decenas de miles de niños y de jóvenes, hijos, por supuesto, de decenas y decenas de miles de familias, muchos de ellos, la inmensa mayoría, hijos de la clase obrera.

Manuel sale el 13 de julio de 1961 en horas de la mañana con destino al Campamento de la Alfabetización en Varadero, del nuevo edificio construido por la Revolución para la Secundaria América ―que actualmente se llama Escuela Secundaria Manuel Ascunce Domenech―, situada en la calle Enna, entre Manuel Pruna y Rosa Enríquez, en Luyanó.

Durante los días de entrenamiento en el Campamento Granma de Varadero, recibió la preparación mínima técnica para alfabetizar, y se le entregó el carnet No. 72792, con su uniforme y farol que lo identificaban como miembro de la Brigada Conrado Benítez.

Campaña de Alfabetización

Manuel Ascunce fue designado para alfabetizar en la provincia de Las Villas, en la zona de Limones Cantero, municipio de Trinidad, donde alfabetizó en casa de los campesinos Colina y Joseíto, estancia que vio interrumpida por encontrarse enfermo y que lo obligó a viajar a La Habana.

En carta dirigida a sus padres el 4 de septiembre de 1961, les dice: «Mami, dile a papi que, cuando venga, si puede me traiga un cake helado, pues los campesinos de aquí, nunca lo han comido, y el otro día dijeron que tenían ganas de comer dulces».

Cuenta Evelia, que llevaron el cake en una caja con mucho hielo seco y que este llegó intacto; Manolito no quiso comerlo y le dijo: «No, mami, déjaselo a ellos que nunca lo han comido: yo ya comeré cuando regrese a La Habana».

En dos ocasiones más los padres lo visitaron en casa de estas familias. A Manuel le gustaba comer con sus cubiertos. En una de esas visitas, Evelia se dio cuenta del trabajo que él estaba pasando al comer solo con la cuchara como cubierto, se le acercó y le dijo que le mandaría su juego de cubiertos, a lo que Manolito respondió: «No, mami, para esta familia eso sería una humillación».

Más tarde se traslada a la casa de Pedro Lantigua por una propuesta propia, y le plantea el cambio a su compañera Anaís, la que ocupaba el cargo de Asesora Técnica de la Zona, por considerar que ese era un lugar difícil para ella, intrincado para una mujer, y por la responsabilidad que estaba desempeñando.

La casa de Pedro Lantigua y Mariana de la Viña, estaba situada en la Finca Palmarito, barrio de Río Ay, en la zona de Limones Cantero, municipio Trinidad, en una zona cafetalera de difícil acceso con una extensión de treinta caballerías y había sido intervenida a su dueño seis meses atrás. Precisamente, uno de los hijos de este era miembro de la banda que asesinó a Manuel y a Pedro.

Por las palabras de la madre de Manuel se conoce que ellos no llegaron a visitarlo en el hogar de Lantigua, pero sí sabían que esa familia, especialmente Mariana, lo trataban con mucho cariño, y todos lo querían. Él se sintió siempre muy a gusto en esta casa, pues le agradaban los niños, y le encantaba montar a caballo.

A Lantigua le gustaba cazar jutías y Manolito Jo acompañaba en su cacería. En una de sus cartas le cuenta a sus padres de lo sabrosa que resultaba una jutía asada en el monte, pues él nunca la había comido.

Muerte

El asesinato de Manuel Ascunce se produjo en Limones Cantero, finca Palmarito, junto a Pedro Lantigua Ortega, a manos de los terroristas cubanos Braulio Amador Quesada (principal ejecutor), Pedro González Sánchez y Julio Emilio Carretero Escajadillo (comandante de las guerrillas del Escambray, después de la muerte de Tomás San Gil).

«Pedro, no dispares, que somos tus compañeros», le dijeron los contrarrevolucionarios, vestidos de verde olivo. Lograron engañarlo y le arrebataron el fusil. Inmediatamente identificaron a Manuel Ascunce como el «maestro comunista», y se lo llevaron.

Los encontraron al otro día, torturados, asesinados y colgados de un árbol.

Sus cadáveres fueron traídos al poblado, donde campesinos y brigadistas les rindieron el tributo emocionado y merecido; más tarde el de Manuel fue trasladado a La Habana.

El asesinato de Domenech no tenía justificación. El joven brigadista estaba desarmado y era menor de edad y se enfrentó a los alzados cuando estos fueron a ajusticiar a Lantigua, quien era un informante de la milicia en la zona.

Desde Estados Unidos hubo un repudio hacia ese acto irresponsable. Afirmaron que al «régimen castrista» le convenían los mártires, y que estaba tratando de crearlos, realizando una campaña de alfabetización en medio de una guerra y enviando a «imberbes jóvenes alfabetizadores» a zonas de peligro, donde podían suceder estos «accidentes», «muy poco frecuentes en la guerrilla», que les permitía representar a los alzados como criminales y ladrones.

La propaganda del régimen ha fabricado una leyenda de que nosotros éramos bandidos que ahorcábamos a cualquiera y con frecuencia, y eso es mentira. Hubo algunos ahorcados, pero fueron pocos, y todos ―o casi todos― se lo merecían. Ahorcábamos a chivatos, a delatores. Había un campesino miliciano de la zona que delató a un grupo de alzados y los fusilaron a todos. Entre los muertos estaba Gricel de la Torre, que era un hombre de primera. El hermano de Gricel era el capitán Miner de la Torre, uno de los principales jefes del Frente Sur. Miner fue a buscar al informante y lo ajustició. Era necesario, no solo por venganza, sino porque ese hombre podía haber delatado a muchos otros combatientes y colaboradores. Por cada uno de esos asesinatos que nos acusan, ellos hicieron cincuenta. Yo participé en uno de esos momentos desagradables pero necesarios. Fue en la misma semana que sucedió lo de Manuel Ascunce. Nosotros ―la guerrilla del comandante Luis Molina, a quien le decían El Boticario― estábamos en la zona de Rodas por la Finca Santa Beatriz, y descubrimos a un infiltrado ―se llamaba Orestes Jiménez― que se nos había unido pero no confiábamos en él. Le hicimos un registro y descubrimos que llevaba papelitos con anotaciones en los bajos del pantalón. Poner en libertad a ese hombre tendría como consecuencia decenas de arrestos de nuestros compañeros de la zona, que él había visto. Nos hubiera destruido una red de contactos y algunos de los nuestros se enfrentarían al paredón de fusilamiento y muchos otros al presidio. Cuando lo interrogamos, el hombre, resignado y muy valiente, nos dijo que él era comunista y que estaba cumpliendo con su deber. Él entendía el riesgo de su misión de espionaje y sabía que no teníamos otra alternativa. Él mismo se metió en un callejón sin salida. Lo ahorcamos y murió como un hombre, con mucha integridad. ¡Así es la guerra!

Tinguaro Rodríguez, terrorista cubano

Los crímenes (asesinatos, quemas de bohíos, violaciones de mujeres y niños), cometidos por grupos de bandidos organizados por el Gobierno de Estados Unidos, con logística de la CIA), fueron técnicas de combate empleadas de manera intimidatoria y habitual contra el pueblo cubano, y principalmente contra los campesinos en represalia por el expreso apoyo dado a los liberadores revolucionarios.

La Ley 988, fue decretada por el Gobierno Revolucionario con el propósito de responder a los crímenes cometidos por los contrarrevolucionarios en Las Villas. Esta ley permitía la confiscación de propiedades privadas de insurgentes, y el sometimiento a juicios justos de jefes guerrilleros y alzados, que fueran encontrados culpables de cometer crímenes contra la legalidad del Estado.

La ley 988 era el crimen legalizado. A cualquiera lo podían fusilar y después se hacía el papeleo. Y mucho que fusilaron en el medio del monte.

Enrique Ruano, terrorista cubano
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