Literatura del Romanticismo en Alemania

Puesta de sol sobre el mar (1822), Caspar David Friedrich.

La aparición del romanticismo en Alemania es muy temprana. Ya a comienzos del siglo XVIII se dieron rasgos prerrománticos en los poetas paisajistas — Albrecht von Haller y su poema Los Alpes, seguido por la admiración de lo infinito y lo insignificante en el paisaje de Klopstock, cuya lírica influyó en Goethe—, y en el tercer cuarto de dicho siglo surge con fuerza el movimiento Sturm und Drang ('tempestad e ímpetu'), que se opuso al racionalismo neoclásico para exaltar la rebeldía de la juventud, la pasión y la intuición creadora. En este ámbito se inscribe el Werther de Goethe (1774), que cuenta el amor imposible y el suicidio por este de un joven; la obra tuvo una inmediata influencia internacional. Los ideales de la Revolución francesa llevaron a Friedrich von Schiller a escribir en su juventud dramas como Los bandidos (Die Räuber, 1776), y en su madurez el célebre Guillermo Tell (1804). En la lírica, Novalis escribe Himnos de la noche a raíz de la muerte de su prometida de quince años en 1797, donde se exalta lo nocturno, se canta a la muerte y se identifica a la amada con Dios, todo en una atmósfera de sincretismo místico.

En el siglo XIX, tras las guerras contra Napoleón, se da una involución conservadora, y se prefieren destacar los rasgos identitarios y nacionales y la tradición y el folclore como aspectos que revelan el espíritu de un pueblo (Volkgeist), y se consolida la figura central de Goethe, que cultiva todos los géneros literarios y vuelve a un clasicismo que añora la civilización grecolatina tras un viaje a Italia en 1786, momento del que son muestras sus Elegías romanas y la novela de aprendizaje Wilhelm Meister, cuyo personaje central evoluciona desde un fervor romántico inicial hasta convertirse en un educador maduro que trabaja por el bien de la humanidad, en la línea del pensamiento ilustrado.

Hölderlin (1792).

Los poetas más representativos del romanticismo alemán, además de Goethe, son en primer término Friedrich Hölderlin, que enloqueció en 1803 y cantó con encendido entusiasmo el sentido trágico de la existencia y un deseo de ideal en un mundo de angustia y dolor; y Heinrich Heine, que supo conjugar el folclore alemán con las inquietudes románticas en el Libro de los cantares (1827), que tuvo una enorme difusión, y el Romancero (1852)

El Fausto de Goethe es la labor de toda su vida, pues trabajó en él durante más de sesenta años —sus primeras versiones datan de 1772— y hasta el final de sus días, y la segunda parte fue publicada ya póstuma en 1832. En esta obra se muestran las dos grandes etapas de su producción literaria, en la primera, con el asunto central del hombre que vende su alma al diablo a cambio de obtener juventud y amor eternos, se hace patente el espíritu del romanticismo; en la segunda, más cercana al ideal reformista ilustrado, Fausto gana el favor de un emperador y acaba dedicado a la labor de ministro de obras públicas con las miras puestas en la felicidad social y llevado al cielo como premio por acabar su vida haciendo el bien para los demás.

Retrato de Herder (1785).

Precursores y cosmovisión

Fotografía de Friedrich Schelling (1848).

El romanticismo en Alemania nace como una combinación de afanes literarios y filosóficos relacionados con el idealismo, el rechazo a la razón ilustrada, la búsqueda del sentimiento, la reivindicación del genio creador y la idea de que el lenguaje condiciona la estructura mental tanto individual como colectivamente, idea esta última que desarrolló Herder, uno de los impulsores del movimiento Sturm und Drang, que supuso la exaltación de la pasión, la valoración de la originalidad del artista y la rebelión contra la visión del mundo convencional.

Herder, en su obra Ensayos sobre el origen del lenguaje, establece que la lengua es la causa del pensamiento y la razón humana, y no al contrario. De ese modo, la lengua no solo es un instrumento de comunicación, sino que da cuenta del carácter individual y el de todo pueblo que comparte un mismo idioma. La manifestación del pensamiento del pueblo en la lengua es el folclore o conjunto de piezas de literatura de transmisión oral y creación anónima sujeto a variantes. La voz literaria de un pueblo es su poesía popular.

Ya en el primer tercio del siglo XVIII aparece en la poesía de Albrecht von Haller un interés especial por el paisaje como transmisor de emociones y sentimientos, aspecto que se vio reflejado en su poema Los Alpes (1729). Klopstock fue influido por Haller y los poetas paisajistas. Su lírica reunió los motivos más característicos del romanticismo posterior: la admiración por la naturaleza, la representación en ella de los estados de ánimo del yo, la admiración por la inmensidad del mundo, y también por lo insignificante del ser humano ante este o la conciencia herderiana de que la lengua expresa la personalidad completa del hombre y el idioma el espíritu de un pueblo, entre otros lugares comunes.

A esto se suma la postulación de un pensamiento de raíz idealista y subjetivo elaborada por Immanuel Kant, pues la conciencia humana solo da cuenta de la percepción fenoménica de las cosas. Johann Georg Hamann, por su parte, criticó la razón, valoró la experiencia mística, y propugnó la unidad de todo lo existente en un continuo contra el afán divisor y clasificador del Siglo de las Luces y del método científico.

Los filósofos del idealismo alemán que consolidan el camino al romanticismo son Johann Gottlieb Fichte, que afirmó que el «yo» era la esencia de divinidad del hombre y el elemento que condiciona su personalidad y su moral, y trasladó este yo a la comunidad, al pueblo, al colectivo, haciendo de él una entidad con vida propia. Friedrich Schelling amplió este idealismo subjetivista a la biología, a la naturaleza, y con ello, desembocó en aquello que los poetas paisajistas habían prefigurado. Finalmente Hegel concibe un dios nautural, radicado también en la historia y en la cultura. Todo este conjunto de ideas, una nueva visión del mundo (Weltanschauung), confluye en el romanticismo alemán y, en gran medida, en el mundial.

Es importante señalar el interés por el folclore y la historia común de la cultura germánica, puesto que en ellos se traslucía, siguiendo las doctrinas de Herder y Schlegel, la esencia del espíritu nacional. Así, se dio inicio a compilaciones (Cuentos infantiles y del hogar o Leyendas alemanas) de cuentos populares, como la que llevaron a cabo los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm. Algunos de estos cuentos han pasado al acervo cultural de la humanidad, como Blancanieves y los siete enanitos, Cenicienta o Los músicos de Bremen.

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