Literatura del Perú

Literatura peruana es un término que se refiere a las manifestaciones literarias producidas en el territorio del Perú desde las tradiciones prehispánicas hasta la actualidad, en diversas lenguas y soportes.

Aunque existen distintas periodizaciones, la más aceptada es la del profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos Carlos García-Bedoya Maguiña,[1] que establece dos grandes etapas, una de autonomía andina (hasta 1530), y otra de dependencia externa (desde 1530 hasta la actualidad). En esta segunda etapa, el corpus más abundante y difundido se encuentra en español y ha sido escrito, generalmente, por miembros de las élites.

Tradición andina prehispánica

La producción literaria del período prehispánico en el territorio centro-andino (que abarca territorios de las actuales repúblicas de Perú, Ecuador, Bolivia y Chile), está especialmente vinculada al Imperio de los Incas, siendo su principal vehículo de transmisión el idioma quechua o runa simi, que los incas impusieron como lengua oficial. Los cronistas de la conquista y de la colonia han dado fe de la existencia de una literatura quechua, que se transmitió de manera oral y que se suele dividir en cortesana y popular.

  • La literatura cortesana, llamada así por haberse realizado en la corte de los incas, era la literatura oficial, cuya ejecución estaba encargada a los amautas o profesores y a los quipucamayos o bibliotecarios, que usaban el sistema nemotécnico de los quipus o cordones anudados. Tres fueron los géneros principales que cultivaron: el épico, el didáctico y el dramático.
    • El género épico está representada por los poemas que expresaban la cosmovisión del mundo andino (mitos de la creación, el diluvio, etc.), así como las que relataban el origen de los incas (leyendas de los hermanos Ayar, de Manco Cápac y Mama Ocllo, etc.).
    • El género didáctico abarcaba fábulas, apólogos, proverbios y cuentos, ejemplares de los cuales han sido recogidos modernamente por diversos estudiosos.
    • El género dramático, que a decir del Inca Garcilaso, abarcaba comedias y tragedias (obviamente, buscando sus equivalentes en la cultura occidental). En realidad eran representaciones teatrales en donde se mezclaban danza, canto y liturgia. Se afirma que el famoso drama Ollantay, cuya versión escrita data de la época colonial, tendría un núcleo fundamental de origen incaico y una serie de interpolaciones posteriores enderezadas al amoldarla al teatro hispano.
  • La literatura popular es la que surgió espontáneamente en el pueblo y en el campo. Abarca masivamente el género lírico, es decir, composiciones poéticas que estaban unidas a la música y la danza, y que por lo general eran entonadas en grandes masas corales, alternándose hombres y mujeres. Estas manifestaciones formaban parte del que hacer cotidiano. Funerales, fiestas, nupcias, peleas, guerras, etc. estaban enmarcados en una ritualización expresada a través del arte. Son dos sus manifestaciones principales:
    • El harawi, canción de diversos tipos (de amor, de arrepentimiento, de alegría, etc.). Tenía un carácter intimista y estaba a cargo de un aeda, denominado harawec o haravicu. En la época colonial derivó en el huayno y en el yaraví.
    • El haylli, himno de alegría, se entonaba en las fiestas religiosas o en celebraciones de triunfos.

Muchas de estas creaciones han llegado a nuestros días de forma diferida, plasmadas en los trabajos de los primeros cronistas (el Inca Garcilaso de la Vega recupera poesía quechua, mientras que Felipe Guaman Poma de Ayala relata el mito de las cinco edades del mundo).

Adolfo Vienrich, autor de Azucenas quechuas.

La literatura indígena fue desconocida o relegada hasta el siglo XX. Su inclusión en el canon oficial fue lenta. Ya en su tesis El carácter de la literatura del Perú Independiente (1905), José de la Riva Agüero y Osma consideró "insuficiente" la tradición quechua como para considerarla un factor predominante en la formación de la nueva tradición literaria nacional. Posteriormente Luis Alberto Sánchez reconoció ciertos elementos de tradición y su influencia en la tradición posterior (en autores como Melgar) para dar base a su idea de literatura mestiza o criolla (hija de dos fuentes, una indígena y otra española), para lo que consulta fuentes en las crónicas coloniales ( Pedro Cieza de León, Juan de Betanzos y Garcilaso).

La apertura real a la tradición prehispánica surge en las primeras décadas del siglo XX gracias al trabajo de estudiosos literarios y antropólogos que recopilaron y rescataron mitos y leyendas orales. Entre ellos se destacan Adolfo Vienrich con Tarmap pacha huaray (Azucenas quechuas, 1905) y Tarmapap pachahuarainin (Fábulas quechuas, 1906); Jorge Basadre en La literatura inca (1938) y En torno a la literatura quechua (1939); y los estudios antropológicos y folclóricos de José María Arguedas (en particular , su traducción de Dioses y hombres de Huarochirí). Los trabajos más contemporáneos incluyen a Martín Lienhard (La voz y su huella. Escritura y conflicto étnico-cultural en América Latina. 1492-1988, 1992), Antonio Cornejo Polar (Escribir en el aire. Escribir en el aire: ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas. 1994), Edmundo Bendezú (Literatura Quechua, 1980 y La otra literatura, 1986) y Gerard Taylor (Ritos y tradiciones de Huarochirí. Manuscrito quechua del siglo XVII, 1987; Relatos quechuas de la Jalca, 2003).

Bendezú afirma que la literatura quechua se constituye, desde la conquista, en un sistema marginal opuesto al dominante (de vena hispánica) y postula la existencia permanente y cubierta de una tradición de cuatro siglos. Habla de una gran tradición ("enorme masa textual") marginada y dejada de lado por el sistema escritural occidental, ya que esta "otra" literatura es, como el quechua, plenamente oral.

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