Literatura de Japón

Páginas del Nihonshoki.

No se conservan testimonios de una escritura autóctona japonesa. El japonés era, pues, una lengua sin escritura o ágrafa hasta la llegada de los ideogramas chinos, los kanji, cuya introducción no se documenta hasta en el año 538, aunque sin duda, eran conocidos por los japoneses con mucha anterioridad. Por ello, las primeras muestras de literatura japonesa pertenecían a la tradición oral. Su origen, como el de otras culturas, se remonta a un conjunto de ritos donde folclor y religión conformaban una rica y antiquísima tradición oral. Alrededor del año 300 a. C. se documentan narraciones, canciones y danzas populares sobre los ciclos del cultivo del arroz que celebraban ya la llegada del dios en primavera o su despedida en el otoño. Con el tiempo estas canciones y relatos serían recogidos de manera escrita, formando parte de las primeras producciones literarias como el Kojiki, Nihonshoki y Fudoki o de las representaciones de teatro kabuki y el teatro no.

Una figura importante en esta tradición oral primitiva fue la del kataribe.[1]​ Se trataba de un recitador o recitadora de historias que cumplía la función de conservar y transmitir hechos, mitos y leyendas que una determinada comunidad consideraba parte esencial de su identidad. Los kataribe era un oficio frecuente desempeñados por mujeres probablemente asociada a funciones chamanísticas. La expresión para describir su actividad era monogataru (contar cosas), base de los futuros monagatari o narraciones escritas que surgieron en la época Heian. La labor de los kataribe llegó a ser tan importante que, con el tiempo, algunos se profesionalizaron y llegaron a ocupar un puesto oficial en la Corte, creando lazos entre la literatura oral arcaica y la nueva literatura escrita.

Algunas expresiones del Japón antiguo, por su carácter mágico-religioso, no podían ser transcritas en caracteres extranjeros. Su conservación se realizaba en el yamato kotoba o palabras de Yamato, uno de los nombres del antiguo Japón. El género poético más antiguo, el waka, sólo podía ser compuesto en el yamato kotoba, única lengua empleada por los kataribe. Este hecho suele interpretarse como una reacción ante la omnipresencia de la cultura china, en un afán por conservar la propia identidad y una pervivencia de la filosofía kotodama, el poder mágico de las palabras, de la que se nutría la antigua poesía oral.[2]

Los inicios

La transición de la antigua poesía oral a la nueva literatura escrita está representado por el Kojiki (Memorias de los sucesos de la humanidad) de 712 y Nihonshoki (Crónicas de Japón) del 720. Ambas obras constituyeron empresas oficiales, vinculadas al objetivo político de construir un país regido por un poder central y de entroncar las familias imperiales con las deidades del Japón antiguo, reuniendo datos históricos y tradicionales del linaje imperial y dejar una única historia para los descendientes. El Kojiki surgió del esfuerzo del Emperador Tenmu por compilar las narraciones orales del kataribe Hieda no Are, mientras que Nihonshoki fue encargado por la emperatriz Gensho, un intento de historia del Japón en treinta tomos.

La poesía del periodo Nara está representada por el Manyoshu (Colección de diez mil hojas) probablemente concluida en la segunda mitad del siglo VIII. Se desconoce la identidad de los antólogos, aunque se le atribuye al poeta Ōtomo no Yakamochi un papel importante. La colección reúne cerca de 4500 poemas de finales del siglo VII y la primera mitad del VIII. El Manyoshu representa el triunfo del poema breve: de los cuales 4200 eran poemas tanka, 260 choka y 60 sedoka, todos ellos escritos en caracteres chinos. La temática de estos poemas pueden agruparse en tres categorías: somonka (poemas de amor), banka (elegías) y zoka (misceláneos) dedicados a celebrar viajes, banquetes o leyendas. Entre los poetas destacados de esta antología se hallan, además del propio Ōtomo no Yakamochi, Kakinomoto no Hitomaro (finales del siglo VII), Yamabe no Akahito (primera mitad del VIII), Yamanoue no Okura y Ōtomo no Tabito, considerados los "cinco grandes hombres del Manyô".

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