Literatura augusta

Retrato de la reina Ana de Inglaterra, grabado coloreado de un atlas encargado por Augusto el Fuerte, Duque de Sajonia, 1706-1710.
Jorge I de Gran Bretaña.

La Literatura augusta (en inglés: Augustan Literature)[1] es un estilo de literatura inglesa que se corresponde aproximadamente con los reinados de la reina Ana, el rey Jorge I, y Jorge II. Los críticos se refieren con este nombre a la literatura desarrollada entre 1700 y 1760 (o, para algunos, hasta 1789). Es una época que vio el rápido desarrollo de la novela, una explosión de la sátira, la evolución del teatro desde la sátira política hacia el melodrama, y una evolución hacia la poesía de exploración personal. En filosofía, era una época dominada por el empirismo, mientras que los escritos de Economía política marcaron la evolución del mercantilismo en un sentido científico, el desarrollo del capitalismo, y el triunfo del comercio.

Los límites cronológicos de la época son imprecisos, principalmente porque el origen del término en la crítica del siglo XVIII hizo de él una etiqueta para designar vagamente a toda una época de sátira. Este nuevo período augusto vio nacer escritos políticos excepcionalmente audaces en todos los géneros, con las sátiras de la época marcadas por una pose irónica, llena de matices, y un aire superficial de digna calma que escondía por debajo agudas críticas.

Crecieron la alfabetización y la población, en particular la de Londres, por lo que la literatura se difundió por todo el reino. Los autores gradualmente crearon una literatura que iba en direcciones propias, más que seguir las convenciones monolíticas previas y, a través de esto, lentamente comenzaron a respetar y recrear varias composiciones folclóricas. Bajo la apariencia de una serie de estilos de escritura plácidos y altamente regulados, se iniciaron en esta época tendencias desarrolladas ampliamente en la posterior época romántica — mientras política, filosófica y literariamente, la conciencia moderna comenzaba a nacer de entre las nociones feudales y cortesanas de épocas pasadas.

¿Ilustración? El contexto histórico

Jorge II de Gran Bretaña.

El término "augusto" o "augustano" proviene de Jorge I y su deseo de verse como un nuevo César Augusto, pues su nombre era Jorge Augusto. Alexander Pope, imitando a Horacio, escribió una Epistle to Augustus (Epístola a Augusto) dirigida a Jorge II y aparentemente reforzaba la idea de esta época como semejante a la de Augusto, cuando la poesía se hizo más amanerada, política y satírica que en la época de Julio César. Más adelante, Voltaire y Oliver Goldsmith (en su Historia de la literatura (History of Literature) de 1764) usó el término "Augusto (Augustan)" para referirse a la literatura de los años 1720 y 1730. Fuera de la poesía, sin embargo, la época augusta es conocida generalmente con otros nombres. Dos etiquetas imprecisas han sido aplicadas a esta época: la era del Neoclasicismo y la Edad de la Razón. Ambos términos tienen cierta utilidad, pero ambos también oscurecen la cuestión. Aunque la crítica neoclásica en Francia fue importada a las letras inglesas, para la década de 1720, el inglés había abandonado sus restricciones en todo salvo el nombre. Y en cuanto a si se trataba o no de una época de "Ilustración", el crítico Donald Greene escribió vigorosamente en contra, argumentando persuasivo que debería llamarse "La época de la exuberancia," mientras que T. H. White defendió "La época del escándalo." Más recientemente, Roy Porter argumentó de nuevo que el desarrollo de la ciencia dominó todo el resto de las áreas del conocimiento, lo que hizo de estos tiempos una época inconfundiblemente de Ilustración (Porter 2000).

Uno de los hechos más trascendentales del siglo XVIII fue la creciente disponibilidad de material impreso, tanto para los lectores como para los autores. Los libros bajaron de precio radicalmente, y se vendían libros usados en la Feria de San Bartolomé y otras ferias. Además, un enérgico comercio de "chapbooks" (pequeños libros que contenían baladas, poemas, cuentos o tratados) y periódicos de gran formato llevaron la información y las tendencias londinenses hasta los rincones más alejados del reino. Por lo tanto, no sólo la gente de York conocía los eventos del Parlamento y la corte, sino que la gente de Londres era más consciente de lo que ocurría en York. Más aún, en esta época anterior a los derechos de copyright, eran frecuentes las ediciones piratas, especialmente en las áreas sin contacto frecuente con Londres; estas ediciones piratas animaron a los libreros a aumentar sus envíos a centros periféricos como Dublín, lo que incrementó, de nuevo, el conocimiento a través del reino entero.

Todos los tipos de literatura se esparcieron rápidamente por todas partes. No sólo comenzó a haber periódicos, sino que se multiplicaron y se hicieron extremadamente populares. Más aún, los periódicos se comprometieron inmediatamente, pues las facciones políticas crearon sus propios periódicos, filtraban historias y sobornaron a los periodistas. Los clérigos más destacados hacían imprimir sus sermones, y eran libros superventas. Puesto que las obras religiosas de los disidentes, de los establecidos y de los independientes estaban impresas, el movimiento constante de estas obras ayudó a disminuir la homogeneidad religiosa y alimentó la creciente tolerancia religiosa. El arte de escribir ensayos estaba casi en su punto culminante. Las reuniones de la Royal Society se publicaban con regularidad, y estos eventos se trataban y explicaban o aplaudían en la prensa más popular. Los últimos libros de los estudiosos tenían "claves", "índices" y "resúmenes" hechos a partir de ellos que pudieran popularizar, resumir y explicarlos a un público amplio. Los índices de referencias cruzadas, hoy en día habituales, eran una novedad en el siglo XVIII, y varias personas crearon índices para libros antiguos de aprendizaje, de manera que cualquiera podía encontrar rápidamente lo que un autor había dicho sobre un tema determinado. Se multiplicaron los libros de etiqueta, de correspondencia, y de instrucción moral e higiene. La economía comenzó como una disciplina seria, pero lo hizo en forma de numerosos "proyectos" para resolver los males de Inglaterra (y de Irlanda, y de Escocia). Las colecciones de sermones, disertaciones sobre controversias religiosas, y profecías, tanto nuevas como viejas y explicadas, crecieron en su infinita variedad. Para resumir, los lectores del siglo XVIII estaban abrumados por las voces que competían entre sí. Lo verdadero y lo falso estaban juntos en las estanterías, y cualquiera podía ser un autor publicado, lo mismo que cualquiera podía pretender pasar por erudito usando índices y resúmenes.

El lado positivo de la explosión de información fue que el siglo XVIII resultó marcadamente más educado que los siglos precedentes. La educación quedó menos reservada para las clases superiores que en siglos anteriores, y en consecuencia las contribuciones a la ciencia, la filosofía, la economía y la literatura llegaron desde todas las partes del nuevo Reino Unido. Por primera vez, todo lo que una persona necesitaba para estar educada era la alfabetización y una biblioteca. Era una época de "ilustración" en el sentido de que la insistencia y el impulso por encontrar explicaciones razonables de la naturaleza y la humanidad se convirtió en una obsesión; y una "edad de la razón" en el sentido de que era una época que consideraba los métodos claros y racionales superiores a la tradición. Sin embargo, esta instrucción tenía también un lado oscuro, que los autores dieciochescos sintieron constantemente, y es que el absurdo y la locura lograban más adeptos que nunca. Los charlatanes y timadores engañaban más, lo mismo que los sabios educaban más, y los Apocalipsis fascinantes y espeluznantes compitieron en las estanterías con la sobria filosofía. Lo mismo que ocurre con Internet en el siglo XXI, la democratización de la publicación significó que los viejos sistemas para determinar el valor y uniformidad del punto de vista estaban confusos. Así, era cada vez más difícil confiar en los libros en el siglo XVIII, pues éstos eran cada vez más fáciles de hacer y comprar.

Contexto histórico, político y religioso

Una reina Ana «malhumoradamente estúpida».

El período de la Restauración finalizó con la crisis de la exclusión y la Revolución Gloriosa, en la que el Parlamento creó una nueva regla para la sucesión al trono británico que siempre favorecería al Protestantismo por encima de la proximidad familiar. Esto llevó al trono a Guillermo y María como sucesores de Jacobo II, y se codificó en el Acta de Establecimiento (1701). Jacobo marchó a Francia desde donde su hijo Jacobo Francisco Estuardo lanzó un intento de recuperar el trono en 1715. Otro intento fue llevado a cabo por el hijo de este último, Carlos Eduardo Estuardo en 1745. Estos intentos de invasión se solían denominar abreviadamente como "el 15" y "el 45". Cuando Guillermo murió, Ana Estuardo lo sucedió en el trono. La estupidez de la reina Ana era proverbial: Thomas Babbington Macaulay diría de ella que "cuando estaba de buen humor, [ella] era mansamente estúpida y, cuando estaba de mal humor, malhumoradamente estúpida." El reinado de Ana vio librarse dos guerras, con grandes triunfos por parte de John Churchill, el Duque de Marlborough. La esposa de Marlborough, Sarah Churchill, era la mejor amiga de Ana, y muchos suponían que controlaba secretamente a la reina en todos los aspectos. Con un gobernante débil y la creencia de que el verdadero poder estaba en manos de los ministros destacados, las dos facciones políticas intensificaron su oposición mutua: los whigs y los tories se lanzaron los unos directamente a por los otros. Esta debilidad del trono hizo que se incrementaran rápidamente los poderes del partido que mandara en el Parlamento y llevó al establecimiento, de facto, de un Primer Ministro (aunque aún no se usara ese término) en la persona de Robert Walpole. Cuando Ana murió sin descendencia, la sucedió en el trono Jorge I, Elector de Hanóver. Jorge I nunca se preocupó por aprender inglés, y su aislamiento respecto al pueblo inglés fue decisivo para mantener el carácter irrelevante de su poder. Su hijo, Jorge II, por su parte, hablaba algo de inglés y aún mejor francés, y el suyo fue el primer reinado plenamente hanoveriano en Inglaterra. Para entonces, los poderes del Parlamento se habían ampliado silenciosamente, con lo que el poder de Jorge II quizás sólo pudo igualar al del Parlamento.

La población de Londres creció espectacularmente. Durante la Restauración, creció de 30.000 a 600.000 habitantes en 1700 (Old Bailey) (Millwall history). Para 1800, había alcanzado los 950.000. No todos estos residentes en Londres eran prósperos. El acta de cercamiento había destruido las granjas de las familias más modestas, y las zonas rurales experimentaron una dolorosa pobreza. Cuando el Acta Negra se extendió para incluir a todos los opositores a los cercamientos, las comunidades rurales pobres se vieron forzadas a emigrar o a padecer (véase Thompson, Whigs). Por lo tanto, los jóvenes del campo a menudo marchaban a Londres con la esperanza de triunfar, y esto incrementó las filas de los pobres urbanos y de trabajadores baratos para los empresarios de la ciudad. También significó un incremento del número de criminales, prostitutas y mendigos. El miedo a los delitos patrimoniales, la violación y al hambre que se encuentran en la literatura augusta debe situarse en el contexto del crecimiento de Londres, así como en la despoblación del campo.

En parte debido a esta presión de la población, los delitos patrimoniales se convirtieron en un negocio tanto para los criminales como para aquellos que se ganaban la vida atrapándolos. Destacados señores del crimen como Jonathan Wild idearon nuevas formas de robo, y los periódicos estaban ansiosos por relatar noticias de crímenes. Se hicieron populares las biografías de criminales atrevidos, lo que provocó a su vez el crecimiento de biografías ficticias de criminales ficticios. Se solían leer cuentos admonitorios sobre mujeres del campo engañadas por sofisticados libertinos (como Anne Bond) de los que se suponía que abundaban en las depravadas ciudades. Los relatos ficticios de mujeres ejemplares violadas (o que se escapan de la violación por muy poco) se hicieron populares.

La presión demográfica también significó que el descontento urbano nunca resultaba difícil de encontrar para los oportunistas políticos, y Londres sufrió una serie de alborotos, la mayor parte de ellos contra supuestos agentes provocadores católicos. Cuando se introdujeron las bebidas baratas de alta graduación, la situación empeoró, los escritores y artistas protestaron por la novedad de la ginebra (véase, por ejemplo, Gin Lane de William Hogarth). Desde 1710, el gobierno promovió las destilerías como una fuente de crédito y de comercio, y no se requería licencia para fabricar o vender ginebra. Hay casos documentados de mujeres que ahogaban a sus hijos para vender la ropa y obtener así ginebra, de manera que estos establecimientos crearon, al mismo tiempo, el alimento de los alborotos y las condiciones contra las cuales ocurrirían tales alborotos (Loughrey y Treadwell, 14). Los disidentes (aquellos protestantes radicales que no se unían a la Iglesia de Inglaterra) reclutó sus religiosos de entre los pobres de la ciudad, a los que predicaba, y varios vástagos de los movimientos puritano e "independiente" ( baptistas) incrementaron sustancialmente el número de sus miembros. Un tema de estos ministros era el peligro de la iglesia católica, a quien con frecuencia veían como la puta de Babilonia. Mientras que Ana perteneció a la iglesia alta, Jorge I venía de una nación bastante más protestante que Inglaterra, y Jorge II era casi iglesia baja, como mostrarían los acontecimientos de la controversia bangoriana. La convocación fue efectivamente disuelta por Jorge I (que estaba luchando con la Cámara de los Lores), y Jorge II estaba satisfecho de mantener la suspensión. Además, los dos primeros hanoverianos estaban preocupados por Jacobo Francisco Estuardo y Carlos Eduardo Estuardo, quienes tenían un considerable apoyo en Escocia e Irlanda, y cualquiera que fuera demasiado "iglesia alta" se sospechaba que podía ser un jacobita, gracias en gran medida, a los inflados miedos de Walpole de que hubiera simpatizantes Estuardo en cualquier grupo que no lo apoyara a él.

Historia y literatura

La literatura del siglo XVIII —particularmente a principios de siglo, que es lo que el término "augusto" suele normalmente indicar— es explícitamente política de una manera que pocas otras lo son. Debido a que un autor profesional no se distinguía aún de un autor a sueldo, aquellos que escribían poesía, novelas, y obras de teatro, a menudo eran políticamente activos o políticamente financiados. Aún no se había desarrollado una estética de separación artística del mundo cotidiano, y se consideraba arcaica e irrelevante la idea aristocrática de un autor tan noble como para estar por encima de las preocupaciones políticas. El periodo puede ser una "época de escándalo," si se considera que los autores de esta época trataban específicamente de los crímenes y los vicios de su mundo.

La sátira, en prosa, en teatro o en poesía, era el género que atrajo los escritos más enérgicos y voluminosos. Las sátiras creadas en el periodo augusto eran ocasionalmente amables e inespecíficas —comentarios sobre la cómicamente defectuosa condición humana —pero al menos con igual frecuencia eran críticas específicas sobre políticas, acciones y personas concretas. Incluso esas obras estudiosamente no tópicas eran, en realidad, afirmaciones claramente políticas en el siglo XVIII. En consecuencia, los lectores de la literatura de este siglo necesitan comprender la historia del periodo más profundamente que los lectores de cualquier otra literatura. Los autores escribían para un público informado y sólo de manera muy secundaria para la posterioridad. Incluso los autores que criticaban esta literatura coyuntural (como Jonathan Swift y Alexander Pope, en The Dedication to Prince Posterity de Cuento de una barrica y La dunciada, entre otras piezas) estaban criticando a autores concretos que son desconocidos sin un conocimiento histórico de la época. La poesía de esta centuria, en todas sus formas, estaba en diálogo constante: cada autor respondía y comentaba a otros. Las novelas de la época se escribían contra otras novelas contemporáneas (véanse las batallas entre Henry Fielding y Samuel Richardson y entre Laurence Sterne y Tobias Smollett). Las obras de teatro se escribían para burlarse de otras obras, o para contrarrestar el éxito de otras (véase la reacción en contra y a favor de Catón y, más tarde, la de Fielding The Authors Farce). Por lo tanto, historia y literatura están unidas de una manera rara vez vista en otros momentos históricos. Esta escritura metropolitana y política puede parecer íntima o literatura de salón, pero, por otro lado, era la literatura de personas profundamente comprometidas con la búsqueda de un nuevo tipo de gobierno, nuevas tecnologías, y nuevos desafíos ofensivos para las certezas filosóficas y religiosas.

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