Lemas del franquismo

Escudo de España durante el franquismo, que incorpora la cartela con el lema «Una Grande Libre», junto con otros motivos heráldicos que añaden a los del escudo tradicional de España (armas de Castilla, León, Aragón, Navarra y Granada, y las columnas de Hércules con la cartela Plus Ultra) otros tomados del escudo de los Reyes Católicos: el águila de San Juan y el yugo y las flechas que también tomó la Falange (los reyes los habían adoptado por coincidir con las iniciales de Ysabel y Fernando). Véase Simbología del franquismo.

Los lemas del franquismo son los lemas con los que se resumía la ideología del franquismo, que, aunque tuvo distintos componentes ( tradicionalismo, nacionalcatolicismo, militarismo o nacionalsindicalismo), utilizaba especialmente en sus movilizaciones populares la ideología falangista, muy adecuada para su plasmación en lemas, ya que mostraba una cierta aversión a los programas políticos y se planteaba como más partidaria del irracionalismo, la acción y la simplificación.[1]

Aunque tuvieron su origen en la actividad de distintos partidos e intelectuales nacionalistas de derecha durante de la Segunda República Española, la utilización de estos lemas se generalizó y demostró su mayor eficacia como elemento propagandístico, movilizador y conformador de la mentalidad del bando sublevado durante la Guerra Civil Española ( 1936- 1939), y fueron constantemente usados como gritos patrióticos durante el franquismo ( 1939- 1975).

Además de la victoria militar, fue un decisivo éxito propagandístico del bando «sublevado» o «franquista» la identificación con el término «nacional» y con el mismo concepto de España, prolongado durante su larga permanencia en el poder en ausencia de todo cuestionamiento público, más allá de la oposición clandestina.[2] En el interior del régimen tampoco había una ciega adhesión a semejantes simplificaciones, como probó el libro España como problema, del intelectual falangista Pedro Laín Entralgo, contestado desde la más rígida ortodoxia por Rafael Calvo Serer, con su España sin problema (ambos en el año 1949; véase Ser de España), pero esta última era la única postura posible si lo que se quería era mantener algún grado de participación en el poder: «adhesión inquebrantable», como dejaba claro Luis Carrero Blanco, refiriéndose al propio Franco y todo lo que éste encarnaba:

[...] mi lealtad a su persona y a su obra es totalmente clara y limpia, sin sombra de ningún íntimo condicionamiento ni mácula de reserva mental alguna [...][3]

Como reacción, desde la Transición, no sólo se abandonaron los lemas y símbolos franquistas, sino que también decayó el uso de los símbolos nacionales españoles, e incluso la misma referencia a «España» fue sustituida muy frecuentemente por eufemismos (como «este país», expresión ya existente en tiempos de Larra),[5]

¡Una, Grande y Libre!

«¡Una, Grande y Libre!» consiste en una simplificación nacionalista del concepto de España, que la define como

Interpretación. La tríada

Monumento a Eugenio D'Ors en Madrid, que contiene inscripciones con fragmentos de su obra, muchas de ellas referentes a lemas del franquismo.

No es casual la elección del número tres, de claro simbolismo teológico (la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo), que implícitamente compara a España con las notas definitorias de la Iglesia, que es «Católica, Apostólica y Romana» (romana, es decir, una, apostólica, es decir escogida —jerárquica— y católica, es decir universal).[6] Estas comparaciones han de entenderse en el contexto del nacionalcatolicismo, componente esencial de la ideología franquista aunque no de la falangista (a veces incluso su rival), aunque ésta sí lo utilizaba como recurso retórico.

La expresión de un concepto que se pretende sublimar en un «lema trinitario» es muy habitual en la Historia, y se ha relacionado en alguna ocasión con los pueblos indoeuropeos, que organizaban en tríadas sus dioses y divisiones sociales, de un modo similar a la división en estamentos de la sociedad medieval y del Antiguo Régimen.[8] y en el ámbito ideológico de la derecha española, el del carlismoDios, patria, rey»).

Superando la categoría de lemas, como forma triádica de organización de categorías pueden citarse las también falangistas «unidades naturales de la vida política» («Familia, Municipio y Sindicato»). En un mundo intelectual opuesto, el sistema hegeliano (tesis-antítesis-síntesis) o tríada dialéctica.[9] En ocasiones se ha identificado esas estructuras triádicas con un determinado modo —«occidental» o «patriarcal»— de entender el mundo, que contrastaría con otro tipo de estructura mental —bien sea «matriarcal», bien «oriental» ( yin y yang).

Muro exterior de la Catedral de Cuenca, con una placa en homenaje a los «Caídos por Dios y por España».
Muro exterior de la iglesia de Ferreruela en Zamora, que posee una placa en homenaje a los «Caídos por Dios y por la Patria».

Utilización

Normalmente el grito se utilizaba como respuesta coral de la multitud al final de un discurso, en un juego efectista y rutinario que cerraba el acto y permitiría la ulterior dispersión de la audiencia, hasta el punto de que la entonación de los gritos era conocida como «los gritos de ritual» —sin más— en las reseñas de prensa de la época y en los documentos oficiales. Lo que puede compararse al diálogo de un predicador carismático con la congregación que le responde «¡Amén!». El dirigente terminaba gritando tres veces: «¡España!», y la audiencia le respondía a cada uno de los tres gritos sucesivamente «¡Una!», «¡Grande!», «¡Libre!». Después el dirigente gritaba: «¡Arriba España!», respondiendo la audiencia: «¡Arriba!». Muy frecuentemente se recordaba con otro grito a «¡José Antonio!», respondiéndose «¡Presente!», luego a todos los «¡Caídos por Dios y por España!», respondiéndose también «¡Presente!». También se solía añadir «¡Viva Franco!», a lo que la audiencia respondía «¡Viva!», o bien, si el acto era lo suficientemente exaltado, y estaba presente El Caudillo se repetía «¡Franco, Franco, Franco!», rítmicamente y sin fin.

Es de señalar que José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, era llamado «el Ausente» desde su detención y posterior fusilamiento en 1936, como trágica negación a aceptar su muerte, lo que, más prosaicamente, permitió a Franco no sustituirle por nadie en la jefatura de Falange, cosa que en la práctica le consolidó como único Jefe.

A su vez, la expresión « Caídos por Dios y por España» encabezaba las placas de homenaje colocadas al final de la Guerra Civil, en miles de lugares seleccionados para cumplir funciones de « espacios de la memoria», en la mayor parte de las veces, la iglesia principal de la localidad. Bajo distintos símbolos, habitualmente una cruz y el yugo y las flechas, incluían una lista encabezada en todos los casos por José Antonio Primo de Rivera y continuada por los nombres de los muertos pertenecientes al «bando nacional» de la localidad. Solía terminarse con un marcial «¡Presentes!».

Origen

El origen del grito «¡Una, grande y libre!» se suele remontar al 18 de julio de 1932 (curiosamente, exactamente cuatro años antes del comienzo de la Guerra Civil Española),[11] Terminaba con esta frase:

Por España libre, grande, única, respondamos con el arma en la mano a la provocación de los que preconizan el crimen. Formemos los cuadros de la juventud patriótica y belicosa. ¡Amemos la guerra y adelante!

En realidad, en el número 49 de la misma revista ( 16 de mayo de 1932) ya se explicitaba el grito:

¡Viva España Única!

¡Viva España Grande!

¡Viva España Libre!

[12]

Según algunas fuentes, el grito «España una» había sido ya usado por Onésimo Redondo el 11 de abril de 1932 en las calles de Valladolid para provocar un enfrentamiento con la policía, que terminó a puño y pistola con otro grupo rival:

¡España una! ¡España una! ¡Muera el Estatuto catalán!... El resultado en definitiva fue que por la Casa de Socorro pasaron unos veinte heridos marxistas y dos de las JONS

[13]

En el mismo año 1932, Onésimo Redondo participó en el golpe de Estado frustrado del General Sanjurjo (10 de agosto de 1932) y se exilió en Portugal, desde donde siguió colaborando en otra revista de la misma orientación, continuación de Libertad, que se llamó Igualdad.[14]

Una patria, un estado, un caudillo

Aunque el lema ¡Una, Grande y Libre! fue el que más se extendió durante la dictadura, otra tríada, Una Patria, Un Estado, Un Caudillo fue utilizado con profusión entre 1936 y principios de 1940. Su difusor fue Millán Astray, fundador de la Legión y hombre de la absoluta confianza de Franco, a quien reverenciaba, que en los primeros meses de la guerra recorrió las zonas controladas por las tropas sublevadas, singularmente las provincias castellanas y Navarra, sirviendo a la causa personal de Franco y promocionándolo entre la tropa y la oficialidad como líder indiscutible (en aquel momento Franco era un miembro más de la Junta de Defensa Nacional). A su grito de ¡Viva la muerte!, unió el de Una patria, un estado, un caudillo, adaptación del lema de la Alemania nazi, Ein Volk, ein Reich, ein Führer (un pueblo, un imperio, un líder). Cuando la Junta de Defensa pasó a convertirse en la Junta Técnica del Estado y se nombró a Franco Jefe del nuevo Estado, la publicación del lema se hizo obligatoria como encabezamiento en todos los diarios de la zona sublevada y en las tarjetas postales de campaña.[16]

La oposición a los lemas

Como recuerda Antón Reixa en un artículo de opinión[17] durante la dictadura, la ironía popular respondía con una réplica satírica: «España es una (porque si hubiese otra, estaríamos todos en la otra)».

De modo más discreto, cuando se coreaban cada una de las tres partes del grito, había quien hacía una muestra de oposición al franquismo marcando o insistiendo con un mayor volumen en la tercera parte («¡Libre!»). Esta insistencia en el punto referente a la libertad se describe en las escenas de la película Las trece rosas (2007), que transcurren en la Cárcel de Ventas, donde esperan la sentencia de muerte un grupo de chicas jóvenes en 1939. Paradójicamente, una de las razones por las que habían sido detenidas era por distribuir propaganda con un lema opositor Menos Franco y más pan blanco, que puede entenderse como respuesta tanto a los gritos de «Franco, Franco» como a una frase de éste que se usaba como propaganda franquista: «Ni un hogar sin lumbre ni un español sin pan», que incluso se imprimió en las bolsas con pan con que en algunas ocasiones se «bombardeó» la retaguardia republicana durante los últimos episodios de la guerra, para demostrar la superioridad del bando sublevado, su presunta benevolencia y por contraste el hambre que reinaba en el republicano.

Existe una canción en catalán de Joan Manuel Serrat (Temps era temps) que, hablando de la postguerra, se refiere a ella como «tiempo del ¡Una, Grande y Libre!»[18]

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