Juan Wiclef

Juan Wiclef
John Wyclif
Jwycliffejmk.jpg
Información personal
Nombre de nacimiento John Wyclif
Nacimiento c. 1320
Bandera de Inglaterra  Inglaterra, Ipreswell, Hipswell
Fallecimiento 31 de diciembre de 1384
Bandera de Inglaterra  Inglaterra, Lutterworth
Nacionalidad Reino de Inglaterra Ver y modificar los datos en Wikidata
Educación
Alma máter
Información profesional
Ocupación , traductor
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John Wyclif ( AFI:[ˈwɪklɪf]), apellidos alternativos: Wiclef, Wycliff o Wickliffe), conocido como Juan Wiclef en español ( Hipswell, Yorkshire, c. 1320 - Lutterworth, Leicestershire, 31 de diciembre de 1384) fue un traductor, y reformador inglés que fundó el movimiento que se conoce como Lolardos o Wycliffismo y es considerado por muchos autores como el padre espiritual de los husitas y, en última instancia, de los protestantes. También fue una de las primeras personas en realizar una traducción de la Biblia en latín, conocida como la Vulgata, directamente a una lengua vernácula, en este caso el inglés, en 1382.[1]

Biografía

Orígenes y formación

Wiclef nació en el pueblo de Hipswell en Yorkshire ( Inglaterra) alrededor del año 1320, en el seno de una familia numerosa, en la que se cree tuvo su formación inicial. Los demás datos de su vida hasta la llegada a Oxford no se conocen.[2]​ Su vida se sitúa en la Inglaterra del siglo XIV.

Tras su formación personal, Wiclef viajó a Oxford a estudiar teología, no se sabe la fecha exacta, pero para el 1345 ya se tienen los primeros datos de su estancia allí. Siendo estudiante se vio influenciado por el libro La causa de Dios contra los pelagianos de Thomas Bradwardine, arzobispo de Canterbury. Esta obra era una recuperación audaz de la doctrina paulina de la gracia desarrollada por san Agustín.[3]

Carrera político eclesiástica

Hacia 1370 Wiclef accedió a la cátedra de Teología en la universidad de Oxford, enseñando las sentencias de Lombardo al tiempo que escribía su libro De benedicta Incarnatione.[5]

Es en esa época cuando Wiclef inicia sus críticas radicales y polémicas hacia la institución eclesiástica, especialmente en lo que tocaba al tributo que el rey de Inglaterra como feudatario de la Santa Sede debía dar a ésta. Se pronunció abiertamente contra los censos y tributos que exigían la curia papal. Se declaró así mismo como clérigo peculiar del rey y en 1374 hace una defensa oficial de los derechos reales contra las reclamaciones del papa Gregorio XI.[4]​ Evitó, en varias ocasiones, y gracias a sus contactos, ser procesado personalmente por haber sido calificado de « anticristo» por el propio pontífice romano.[ cita requerida]

El juicio de Juan Wiclef. Mural en el Manchester Town Hall. Obra de Madox Brown

Pensamiento teológico

Con la idea de componer una Summa Theologica Wiclef empezó a publicar diversos tratados como De dominio divino y De civil dominio en 1375; y De officio regis, De veritate Sacre Scripture y De Ecclesia en 1378.[5]

Ante el tribunal eclesiástico

El 19 de febrero de 1377, Wiclef fue llamado por el obispo de Londres, Guillermo Courtenay, para que expusiera su doctrina. El interrogatorio se terminó cuando Juan de Gante, que había acompañado a Wiclef, se encontró en medio de una refriega con el obispo y su entorno. El 22 de mayo de 1377, el papa Gregorio XI publicó numerosas bulas acusando a Wyclef de herejía. En el otoño de ese mismo año, el Parlamento le pidió explicaciones sobre el carácter legal de la prohibición hecha a la Iglesia de Inglaterra acerca de transferir sus bienes al extranjero por orden del Papa. Wyclef confirmó la legalidad de dicha prohibición, y a principios del 1378 fue convocado de nuevo por el arzobispo de Canterbury, Simon Sudbury. Wyclef recibió sólo una pequeña sanción gracias a sus relaciones privilegiadas con la Corte.[6]

En lugar de retractarse, en 1378, Wiclef y sus amigos de Oxford empezaron a traducir la Vulgata al inglés, desafiando la prohibición de la Iglesia.

Enemistad entre el papado, Wiclef los exhorta a seguir a Cristo.

Muerto Gregorio, se eligieron dos papas rivales. Dos poderes en conflicto, cada cual pretendiéndose infalible, reclamaban la obediencia de los creyentes. Cada uno pedía el auxilio de los fieles para hacerle la guerra al otro, su rival, y reforzaba sus exigencias con terribles anatemas contra los adversarios y con promesas celestiales para sus partidiarios. [7]​ La iglesia rebosaba de crímenes y escándalos. Mientras tanto Wiclef trabajaba tranquilo en Lutterworth, llevando diligentemente a los hombres a fijar su vista en Cristo, el príncipe de paz y no en las guerras de un papa contra el otro.

En un folleto que publicó Wiclef sobre " Cisma de los papas", exhortó al pueblo a considerar si ambos sacerdotes no decían la verdad al condenarse uno al otro como anticristos. Para dar a conocer esta información a todas las personas, sin hacer excepciones, tal como su maestro Cristo Jesús. [7]

Profesor de teología en Oxford, predicaba Wiclef la Palabra de Dios en las aulas de la universidad. Presentó la verdad a los estudiantes con tanta fidelidad, que mereció el título de “Doctor evangélico”. Pero la obra más grande de su vida había de ser la traducción de la Biblia en el idioma inglés. En una obra sobre “La verdad y el significado de las Escrituras” dio a conocer su intención de traducir la Biblia para que todo hombre en Inglaterra pudiera leer en su propia lengua y conocer por sí mismo las obras maravillosas de Dios.[7]

Pero de pronto tuvo que suspender su trabajo. Aunque no tenía aún sesenta años de edad, sus ocupaciones continuas, el estudio, y los ataques de sus enemigos, le habían debilitado y envejecido 83prematuramente. Le sobrevino una peligrosa enfermedad cuyas nuevas, al llegar a oídos de los frailes, los llenaron de alegría. Pensaron que en tal trance lamentaría Wiclef amargamente el mal que había causado a la iglesia. En consecuencia se apresuraron a ir a su vivienda para oír su confesión. Dándole ya por agonizante se reunieron en derredor de él los representantes de las cuatro órdenes religiosas, acompañados por cuatro dignatarios civiles, y le dijeron: “Tienes el sello de la muerte en tus labios, conmuévete por la memoria de tus faltas y retráctate delante de nosotros de todo cuanto has dicho para perjudicarnos”. El reformador escuchó en silencio; luego ordenó a su criado que le ayudara a incorporarse en su cama, y mirándolos con fijeza mientras permanecían puestos en pie esperando oír su retractación, les habló con aquella voz firme y robusta que tantas veces les había hecho temblar, y les dijo: “No voy a morir, sino que viviré para volver a denunciar las maquinaciones de los frailes” (D’Aubigné, lib. 17, cap. 7). Sorprendidos y corridos los monjes se apresuraron a salir del aposento.[7]

Las palabras de Wiclef se cumplieron. Vivió lo bastante para poder dejar en manos de sus connacionales el arma más poderosa contra Roma: la Biblia, el agente enviado del cielo para libertar, alumbrar y evangelizar al pueblo.[7]

Nuevamente los caudillos papales quisieron imponer silencio al reformador. Le citaron ante tres tribunales sucesivos, para juzgarlo, pero sin resultado alguno. Primero un sínodo de obispos declaró que sus escritos eran heréticos, y logrando atraer a sus miras al joven rey Ricardo II, obtuvo un decreto real que condenaba a prisión a todos los que sostuviesen las doctrinas condenadas.[7]

Wiclef apeló de esa sentencia del sínodo al parlamento; sin temor alguno demandó al clero ante el concilio nacional y exigió que se reformaran los enormes abusos sancionados por la iglesia. Con notable don de persuasión describió las usurpaciones y las corrupciones de la sede papal, y sus enemigos quedaron confundidos. Los amigos y partidarios de Wiclef se habían visto obligados a ceder, y se esperaba confiadamente que el mismo reformador al llegar a la vejez y verse solo y sin amigos, se inclinaría ante la autoridad combinada de la corona y de la mitra. Mas, en vez de esto, los papistas se vieron derrotados. Entusiasmado por las elocuentes interpelaciones de Wiclef, el parlamento revocó el edicto de persecución y el reformador se vio nuevamente libre.[7]

Por tercera vez le citaron para formarle juicio, y esta vez ante el más alto tribunal eclesiástico del reino. En esta corte suprema no podía haber favoritismo para la herejía; en ella debía asegurarse el triunfo para Roma y ponerse fin a la obra del reformador. Así pensaban los papistas. Si lograban su intento, Wiclef se vería obligado a abjurar sus doctrinas o de lo contrario no saldría del tribunal más que para ser quemado.[7]

Empero Wiclef no se retractó, ni quiso disimular nada. Sostuvo intrépido sus enseñanzas y rechazó los cargos de sus perseguidores. Olvidándose de sí mismo, de su posición y de la ocasión, emplazó a sus oyentes ante el tribunal divino y pesó los sofismas y las imposturas de sus enemigos en la balanza de la verdad eterna. El poder del Espíritu Santo se dejó sentir en la sala del concilio. Los circunstantes notaron la influencia de Dios y parecía que no tuvieran fuerzas suficientes para abandonar el lugar. Las palabras del reformador eran como flechas de la aljaba de Dios, que penetraban y herían sus corazones. El cargo de herejía que pesaba sobre él, Wiclef lo lanzó contra ellos con poder irresistible. Los interpeló por el atrevimiento con que extendían sus errores y los denunció como traficantes que por amor al lucro comerciaban con la gracia de Dios.[7]

“¿Contra quién pensáis que estáis contendiendo?—dijo al concluir—. ¿Con un anciano que está ya al borde del sepulcro? ¡No! ¡contra la Verdad, la Verdad que es más fuerte que vosotros y que os vencerá!” (Wylie, lib. 2, cap. 13). Y diciendo esto se retiró de la asamblea sin que ninguno de los adversarios intentara detenerlo.

Desde su rectoría el reformador escribió al Papa una epístola que, si bien fue redactada en estilo respetuoso y espíritu cristiano, era una aguda censura contra la pompa y el orgullo de la sede papal.

“En verdad me regocijo—decía—en hacer notoria y afirmar delante de todos los hombres la fe que poseo, y especialmente ante el Obispo de Roma, quien, como supongo que ha de ser persona honrada y de buena fe, no se negará a confirmar gustoso esta mi fe, o la corregirá si acaso la encuentra errada.

“En primer término, supongo que el evangelio de Cristo es toda la sustancia de la ley de Dios [...]. Declaro y sostengo que por ser el obispo de Roma el vicario de Cristo aquí en la tierra, está sujeto más que nadie a la ley del evangelio. Porque entre los discípulos de Cristo la grandeza no consistía en dignidades o valer mundanos, sino en seguir de cerca a Cristo e imitar fielmente su vida y sus costumbres [...]. Durante el tiempo de su peregrinación en la tierra Cristo fue un hombre muy pobre, que despreciaba y desechaba todo poder y todo honor terreno [...].

“Ningún hombre de buena fe debiera seguir al Papa ni a santo alguno, sino en aquello en que ellos siguen el ejemplo del Señor Jesucristo, pues San Pedro y los hijos de Zebedeo, al desear honores del mundo, lo cual no es seguir las pisadas de Cristo, pecaron y, por tanto, no deben ser imitados en sus errores [...].

“El Papa debería dejar al poder secular todo dominio y gobierno temporal y con tal fin exhortar y persuadir eficazmente a todo el clero a hacer otro tanto, pues así lo hizo Cristo y especialmente sus apóstoles. Por consiguiente, si me he equivocado en cualquiera de estos puntos, estoy dispuesto a someterme a la corrección y aun a morir, si es necesario. Si pudiera yo obrar conforme a mi voluntad y deseo, siendo dueño de mí mismo, de seguro que me presentaría ante el obispo de Roma; pero el Señor se ha dignado visitarme para que se haga lo contrario y me ha enseñado a obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Al concluir decía: “Oremos a Dios para que mueva de tal modo el corazón de nuestro Papa Urbano VI, que él y su clero sigan al Señor Jesucristo en su vida y costumbres, y así se lo enseñen al pueblo, a fin de que, siendo ellos el dechado, todos los fieles los imiten con toda fidelidad”. J. Foxe, Acts and Monuments 3:49, 50.[7]

Así enseñó Wiclef al Papa y a sus cardenales la mansedumbre y humildad de Cristo, haciéndoles ver no solo a ellos sino a toda la cristiandad el contraste que había entre ellos y el Maestro de quien profesaban ser representantes.

El gran movimiento inaugurado por Wiclef, que iba a libertar las conciencias y los espíritus y emancipar las naciones que habían estado por tanto tiempo atadas al carro triunfal de Roma, tenía su origen en la Biblia. Era ella el manantial de donde brotó el raudal de bendiciones que como el agua de la vida ha venido fluyendo a través de las generaciones desde el siglo XIV. Con fe absoluta, Wiclef aceptaba las Santas Escrituras como la revelación inspirada de la voluntad de Dios, como regla suficiente de fe y conducta. Se le había enseñado a considerar la iglesia de Roma como la autoridad divina e infalible y a aceptar con reverencia implícita las enseñanzas y costumbres establecidas desde hacía mil años; pero de todo esto se apartó para dar oídos a la santa Palabra de Dios. Esta era la autoridad que él exigía que el pueblo reconociese. En vez de la iglesia que hablaba por medio del papa, declaraba él que la única autoridad verdadera era la voz de Dios escrita en su Palabra; y enseñó que la Biblia es no solo una revelación perfecta de la voluntad de Dios, sino que el Espíritu Santo es su único intérprete, y que por el estudio de sus enseñanzas cada uno debe conocer por sí mismo sus deberes. Así logró que se fijaran los hombres en la Palabra de Dios y dejaran a un lado al Papa y a la iglesia de Roma.[7]

Wiclef fue uno de los mayores reformadores. Por la amplitud de su inteligencia, la claridad de su pensamiento, su firmeza para sostener la verdad y su intrepidez para defenderla, fueron pocos los que le igualaron entre los que se levantaron tras él. Caracterizaban al primero de los reformadores su pureza de vida, su actividad incansable en el estudio y el trabajo, su integridad intachable, su fidelidad en el ministerio y sus nobles sentimientos, que eran los mismos que se notaron en Cristo Jesús. Y esto, no obstante la oscuridad intelectual y la corrupción moral de la época en que vivió.[7]

El carácter de Wiclef es una prueba del poder educador y transformador de las Santas Escrituras. A la Biblia debió él todo lo que fue. El esfuerzo hecho para comprender las grandes verdades de la revelación imparte vigor a todas las facultades y las fortalece; ensancha el entendimiento, aguza las percepciones y madura el juicio. El estudio de la Biblia ennoblecerá como ningún otro estudio el pensamiento, los sentimientos y las aspiraciones. Da constancia en los propósitos, paciencia, valor y perseverancia; refina el carácter y santifica el alma. Un estudio serio y reverente de las Santas Escrituras, al poner la mente de quienes se dedicaran a él en contacto directo con la mente del Todopoderoso, daría al mundo hombres de intelecto mayor y más activo, como también de principios más nobles que los que pueden resultar de la más hábil enseñanza de la filosofía humana. “La entrada de tus palabras—dice el salmista—alumbra; a los simples les da inteligencia”. Salmos 119:130.[7]

Enemistad con el papa y doctrina sobre la Eucaristía

Al no ver la reforma de la Iglesia, querida por Wiclef y exigida al papa Urbano VI. En 1379, el teólogo inglés comenzó a formular la doctrina del castigo divino, que el Señor infligía a la Iglesia con el Cisma de Occidente, por causa de su obstinación al pecado. Llamó a los dos papas de dos lobos y dos demonios que luchaban entre si.[8]

Wiclef da a sus discípulos su traducción de la Biblia. Obra de William Frederick Yeames

A partir de 1380, Wiclef envió a sus discípulos, a los que llamaban los pobres predicadores, a las ciudades para que dieran a conocer sus tesis religiosas igualitarias. Los predicadores se encontraron, en todas partes, con una gran audiencia, y Wiclef fue acusado de sembrar el desorden social. Sin embargo, no se implicó directamente en la sublevación de los campesinos en 1381, aunque es probable que sus doctrinas influyeran en ellos. En mayo de 1382, Couternay, nombrado arzobispo de Canterbury, llevó a Wiclef ante un tribunal eclesiástico que le condenó por hereje y determinó su expulsión de Oxford. Wiclef se retiró a su parroquia de Lutterworth.

Sus ideas fueron propagadas en Inglaterra por los predicadores itinerantes, a quienes el pueblo comenzará a llamarlos lolardos. Sus ataques contra el papado le costaron la condena de Roma y, en 1384.

Sus últimos años

El que Wyclif todavía siguiera viviendo en libertad tiene que atribuirse al apoyo continuo de algunos de sus poderosos amigos y a la actitud del parlamento, que todavía no se había convertido en lacayo del nuevo arzobispo. Wyclif centralizó sus actividades en Lutterworth y continuó escribiendo e inspirando a sus seguidores. Fijó su atención particularmente en las acciones del obispo de Norwich, Henry le Despenser, quien se había distinguido durante la revuelta de los campesinos por su valor y dirección en el logro de la derrota inicial de los rebeldes en Norfolk.

Este obispo, orgulloso de su reputación recién ganada, decidió participar en el Cisma papal. En 1383 obtuvo de Urbano VI una bula que le autorizaba a organizar una cruzada contra Clemente VII. Rápidamente reunió un ejército al prometer absolución y dar cartas de indulgencia a los que sirvieran bajo su mando. Wiclef ya se había expresado claramente sobre el cisma, y su próximo paso fue escribir un tratado intitulado Against the War of the Clerg (en español: Contra la guerra del clero). Comparó el cisma a dos perros que estuvieran peleando por un hueso. Sostuvo que toda la disputa era contraria al espíritu de Cristo, pues tenía que ver con ganar poderío y una alta posición en el mundo. Dijo Wiclef que el prometer a alguien el perdón de pecados por participar en tal guerra se basaba en una mentira. Más bien, éstos morirían como incrédulos si caían en un combate que de ningún modo era cristiano. La cruzada fue un terrible fracaso, y el obispo anteriormente orgulloso regresó a Inglaterra avergonzado.

Antes, en 1382, Wiclef había sufrido un ataque apoplético que lo había dejado parcialmente incapacitado. Dos años más tarde un segundo ataque lo dejó paralizado y sin habla. Murió unos cuantos días después, el 31 de diciembre de 1384, y fue enterrado en el patio de la iglesia de Lutterworth, donde sus restos permanecieron sin ser tocados por más de 40 años.

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