Juan Fernández de Navarrete

Autorretrato de Juan Fernández de Navarrete el Mudo.
Martirio de Santiago (1571).

Juan Fernández de Navarrete ( Logroño, 1526 - Toledo, 28 de marzo de 1579), conocido como Navarrete el Mudo, fue un pintor español del Renacimiento. Destacó por su labor al servicio de Felipe II, que le encargó varias series de lienzos para decorar los muros de la Basílica de San Lorenzo de El Escorial, que estaba construyéndose desde 1563.

Su temprana muerte evitó que se ocupara de la serie completa de cuadros que iban a formar parte del retablo del altar mayor, aunque quedó una magnífica serie de apóstoles en los que muestra la dignidad de su dibujo, lo rotundo de las figuras y una temprana asimilación para España tanto de la escuela romanista de pintura como de la pincelada suelta y el color de Tiziano y los venecianos.

Fue llamado por sus contemporáneos «el Apeles español». Su maestría sorprende más si tenemos en cuenta que es uno de los primeros sordos que en el siglo XVI consiguió adquirir una cultura general importante, base necesaria para un oficial dedicado a la pintura en la época. Su obra es reducida.

Se dio a conocer en 1567 como excelente pintor ante el rey Felipe II con un Bautismo de Cristo ( Museo del Prado), influido por Miguel Ángel y la pintura del Cinquecento romano. Su obra más conocida, y considerada como culminante en su trayectoria, es el Martirio de Santiago (El Escorial), de 1571, donde adopta ya los modos de la Escuela veneciana.

En su tiempo fue reconocido por la piedad y devoción a que movían los gestos de sus figuras, en perfecta armonía con las intenciones postridentinas de la Monarquía Hispánica filipina.

Su obra influyó decisivamente en Francisco Ribalta, que copió varios modelos de Navarrete el Mudo; y por tanto, supuso un punto de partida fundamental en el desarrollo de la escuela española de pintura del Barroco.

Biografía

Bautismo de Cristo, 1567 ( Museo del Prado).

El pintor riojano tuvo una enfermedad que le dejó sordo a los tres años, lo que le acarreó la incapacidad para aprender el lenguaje oral. Sin embargo consta que aprendió a expresarse por lengua de signos y sabía leer y escribir, además de haber adquirido una amplia cultura, necesaria para su oficio. Fue educado en el monasterio jerónimo de La Estrella en San Asensio ( La Rioja) por fray Vicente de Santo Domingo empleando probablemente una incipiente lengua de signos que desde la Edad Media se empleaba en las comunidades monásticas obligadas al voto de silencio. No hay que olvidar que en tiempo de Navarrete, un benedictino, Pedro Ponce de León, había desarrollado el primer código lingüístico de signos.

Durante toda su vida tuvo que sobreponerse a su minusvalía y a una naturaleza particularmente enfermiza. Los datos sobre su vida y obra se deben fundamentalmente a fray José de Sigüenza quien, en su Historia de la Orden de San Jerónimo, relata con detalle los avatares de la construcción de El Escorial, entre los que se incluyen las labores de Navarrete.[1] Este notifica que recorrió toda Italia estudiando su arte en Roma, Venecia, Milán y Nápoles, y afirma que trabajó en el taller de Tiziano, ya que la huella de este autor se aprecia claramente en sus trabajos, aunque su aprendizaje directo con el italiano parece actualmente descartado. Pellegrino Tibaldi afirma haberle conocido en Roma en la década de 1550, lo que vendría a corroborar la información del padre José de Sigüenza de su estancia en Italia.

En 1565 su preceptor, fray Vicente de Santo Domingo y el vicario del Monasterio de la Estrella fray Juan de Badarán se encuentran en El Escorial, a quienes, seguramente, acompañaba Fernández de Navarrete. Pronto Felipe II le encargó la restauración del Descendimiento de Rogier van der Weyden y recortar el Noli me tangere de Tiziano Vecellio (ambos, en el Museo del Prado), entre otros encargos similares. La adecuada resolución de estas tareas y la presentación de un original, el Bautismo de Cristo, en 1567, le valió el 6 de marzo de 1568 ser nombrado pintor del rey, cuya confianza logró ganarse frente a otros contemporáneos suyos, como Alonso Sánchez Coello, Luis de Morales o El Greco. Seguidamente Navarrete un encargo monumental: realizar treinta y dos pinturas de santos para las capillas laterales de la basílica de El Escorial. Sin embargo, pintó muy esporádicamente, a causa de los contratiempos impuestos por la delicada salud del pintor, aquejado de grandes dolores estomacales y necesitado de largos periodos de recuperación; a fines de 1568 se retira para reponerse al Monasterio de la Estrella.

Vuelto a la Corte, pintó un San Jerónimo que hace gala de un violento contraste entre luces y sombras. El martirio de Santiago (1571) es su obra más conocida y la más veneciana, y fue la que inspiró el realismo de Francisco Ribalta. Desde Madrid, donde residía, continuaba satisfaciendo las demandas del rey para El Escorial. En 1576 entregó Abraham y los tres ángeles, considerada por el padre José de Sigüenza su mejor obra, pero no tuvo tiempo de concluir el encargo real y sólo le entregó ocho cuadros, ya que falleció el 28 de marzo de 1579 en Toledo. Lope de Vega le compuso este epitafio:

No quiso el cielo que hablase, / porque con mi entendimiento / diese mayor sentimiento / a las cosas que pintase. / Y tanta vida les di / con el pincel singular / que como no pude hablar / hice que hablasen por mí
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