José Lezama Lima

José Lezama Lima
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José Lezama Lima
Información personal
Nacimiento 19 de diciembre de 1910
La Habana, Flag of Cuba.svg  Cuba
Fallecimiento 9 de agosto de 1976
(65 años)
La Habana, Flag of Cuba.svg  Cuba
Nacionalidad Cubano
Información profesional
Ocupación Abogado, Escritor
Años activo 1930 - 1976
Género Poesía, novela, cuento, ensayo
Movimientos Neobarroco
Obras notables Paradiso (1966)
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José María Andrés Fernando Lezama Lima, conocido sencillamente como José Lezama Lima ( La Habana, 19 de diciembre de 1910íbid, 9 de agosto de 1976) fue un poeta, novelista, cuentista y ensayista cubano.

Es considerado uno de los autores más importantes de su país y de la literatura hispanoamericana, especialmente por su novela Paradiso, una de las obras más importantes en la lengua castellana y una de las cien mejores novelas del siglo XX en ese idioma, según el periódico español El Mundo.[1]

Principal referente de lo que Severo Sarduy llamó neobarroco americano,[2] su obra se caracteriza por su lirismo y el uso de metáforas, alusiones y alegorías, asentada sobre un sistema poético que desarrolló en ensayos como Analecta del reloj ( 1953), La expresión americana ( 1957), Tratados en La Habana ( 1958), La cantidad hechizada ( 1970) o Las eras imaginarias ( 1971).

Biografía

Primeros años y formación

Nació el 19 de diciembre de 1910 en el campamento militar de Columbia, en La Habana, siendo el segundo de los tres hijos de José María Lezama y Rodda, coronel de artillería e ingeniero, y de Rosa Lima Rosado. La profesión de su padre llevó a la familia a instalarse, primero, en la Fortaleza de La Cabaña, y más tarde a Florida, cuando el coronel Lezama se ofreció como voluntario en las tropas aliadas en la Primera Guerra Mundial. Su muerte a causa de una gripe en 1919,[3] marcó el carácter y la vocación del escritor:

Tenía mi padre al morir treinta y tres años. Él estaba en el centro de mi vida y su muerte me dio el sentido de lo que yo más tarde llamaría el latido de la ausencia. El sitio que mi padre ocupaba en la mesa quedó vacío, pero como en los mitos pitagóricos, acudía siempre a conversar con nosotros a la hora de la comida […] Mi madre guardó siempre el culto del coronel Lezama: una tarde, cuando jugábamos con ella a los yaquis, advertimos, en el círculo que iban formando las piezas, una figura que se parecía al rostro de nuestro padre. Lloramos todos, pero aquella imagen patriarcal nos dio una unidad suprema e instaló en Mamá la idea de que mi destino era contar la historia de la familia.[4]

En 1920, de regreso en Cuba, Lezama ingresó en el colegio Mimó, donde concluyó sus estudios primarios en 1921. Comenzó sus estudios de segunda enseñanza en el Instituto de La Habana, donde se graduó como bachiller en ciencias y letras en 1928.

La situación económica de la familia era difícil, por lo que en 1929 se trasladaron de la casa de su abuela, en Paseo del Prado 9, a una casa mucho más pequeña a pocas cuadras de distancia, en Trocadero 162, donde Lezama residió por el resto de su vida.[3]

El mismo año inició los estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. Participó el 30 de septiembre de 1930 en los movimientos estudiantiles contra la dictadura de Gerardo Machado, que provocaron la clausura de la casa de estudios. En 1935 publicó su primer trabajo, el ensayo Tiempo negado, en la revista Grafos, en la que al año siguiente se publica su primer poema titulado Poesía, al mismo tiempo que retomaba sus estudios universitarios.

Comienzos de su carrera literaria. Grupo Orígenes

El año 1937 fue especialmente significativo para Lezama, ya que publicó su primer poema de repercusión, Muerte de Narciso, y conoció a Juan Ramón Jiménez, con quien forjó amistad. Un año más tarde se recibió de abogado y apareció su obra Coloquio con Juan Ramón Jiménez.[3]

Entre 1937 y 1943 fundó tres revistas, Verbum (1937), Espuela de Plata (1939 - 1941) y Nadie parecía (1942 - 1944), y publicó el poemario Enemigo rumor. Por esta época conoció a los poetas Gastón Baquero, Eliseo Diego y Cintio Vitier, que más tarde integraron el Grupo Orígenes.

Dirigida por Lezama y José Rodríguez Feo, Orígenes fue una de las publicaciones culturales más importantes de Cuba en aquella época, alcanzó a publicar cuarenta números entre 1944 y 1956, y nucleó a un grupo de artistas e intelectuales entre los que se encontraban, entre otros, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Virgilio Piñera, Octavio Smith, Mariano Rodríguez y René Portocarrero. Entre los colaboradores extranjeros se encontraron Juan Ramón Jiménez, Aimé Césaire, Paul Valéry, Vicente Aleixandre, Albert Camus, Luis Cernuda, Paul Claudel, Macedonio Fernández, Paul Éluard, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Alfonso Reyes y Theodore Spencer, entre otros.[6]

La actividad de Lezama en este período fue casi febril: además de dirigir y editar Orígenes, entre 1945 y 1959 fue funcionario en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, publicó dos poemarios (Aventuras sigilosas y La fijeza), dos ensayos (Arístides Fernández y Analecta del reloj) y emprendió los dos únicos viajes que hizo fuera de la isla, el primero a México en 1949 y el segundo a Jamaica en 1950.[3]

En 1954 una disputa entre Lezama y Rodríguez Feo provocó el alejamiento de este último de Orígenes, que sólo publicó tres números más hasta su cierre dos años después.

En enero de 1957 dictó una serie de cinco conferencias en el Instituto Nacional de Cultura, que fueron recogidas en su libro La expresión americana, una de sus obras ensayísticas más importantes, y al año siguiente publicó Tratados en La Habana, colección de artículos y ensayos escritos entre 1937 y 1957.

Revolución Cubana

Con el triunfo de la Revolución cubana, fue nombrado director del Departamento de Literatura y Publicaciones del Instituto Nacional de Cultura, desde donde dirigió importantes colecciones de libros clásicos y españoles.

En 1961 actuó como jurado del Premio Casa de las Américas, en la categoría de poesía, volviendo a participar en otras dos ediciones ( 1965 y 1967).[7]

En el marco de esa convocatoria conoció personalmente a Julio Cortázar en 1963, que había sido invitado como jurado en la categoría de novela, y con quien se escribía desde 1957, a partir de un ejemplar de Orígenes que le habían enviado al argentino. La amistad entre ambos autores fue uno de los encuentros más célebres y fructíferos entre dos figuras emblemáticas de la literatura hispanoamericana. Además de la correspondencia y las sentidas dedicatorias que el cubano le hizo,[11]

El 12 de septiembre de 1964 sufrió un duro golpe con la muerte de su madre, con quien tenía un fuerte vínculo afectivo. Esta pérdida fue la segunda más importante de su vida, después de la de su padre, y lo acompañó por el resto de sus días, al punto de decir «Yo empecé a envejecer el día que murió mi madre».[12]

El 5 de diciembre del mismo año contrajo matrimonio con su secretaria, Maria Luisa Bautista. En 1965 ocupó el cargo de investigador y asesor del Instituto de literatura y lingüística de la Academia de Ciencias. Es en esa época cuando publicó su Antología de la poesía cubana en tres volúmenes.

Aparición de Paradiso y polémica

En 1966 publicó su primera y única novela aparecida en vida, Paradiso. Lezama trabajó en ella durante diecisiete años, por lo menos desde 1949, cuando apareció el primer capítulo en dos números de Orígenes; posteriormente publicaría otros.[13]

Concebida como la síntesis y culminación de su sistema poético, la novela sigue la formación del poeta José Cemí, desde su infancia, remontando sus orígenes familiares, hasta sus años universitarios. Se trata de un texto complejo, no sólo por su barroquismo y su exuberancia poética, sino también por su carácter heterogéneo, que combina elementos narrativos, poéticos y ensayísticos, en una obra de carácter iniciático y parcialmente autobiográfica, lo que ha llevado a algunos a considerarla como novela de aprendizaje.

La aparición de Paradiso representó un acontecimiento en el panorama literario de la época. Los más efusivos reconocimientos le llegaron del extranjero, contándose a Octavio Paz y Julio Cortázar entre los más entusiastas. El Nobel mexicano le escribió:

Delhi, a 3 de abril de 1967.

A José Lezama Lima, en La Habana.

Querido amigo:

Gracias por el envío de Paradisso (sic) y de Órbita. Gracias también por las generosas palabras que lo acompañan. Leo Paradisso poco a poco, con creciente asombro y deslumbramiento. Un edificio verbal de riqueza increíble; mejor dicho, no un edificio sino un mundo de arquitecturas en continua metamorfosis y, también, un mundo de signos - rumores que se configuran en significaciones, archipiélagos del sentido que se hace y deshace - el mundo lento del vértigo que gira en torno a ese punto intocable que está ante la creación y la destrucción del lenguaje, ese punto que es el corazón, el núcleo del idioma. Además, es la comprobación de lo que algunos adivinamos al conocer por primera vez su poesía y su crítica. Una obra en la que Ud. cumple la promesa que le hicieron al español de América Sor Juana, Lugones y unos cuantos más. Su amigo fraternal,

Octavio Paz [15]

Cortázar, por su parte, expresó:

En sus instantes más altos Paradiso es una ceremonia, algo que preexiste a toda lectura con fines y modos literarios; tiene esa acuciosa presencia típica de lo que fue la visión primordial de los eléatas, amalgama de lo que más tarde se llamó poema y filosofía, desnuda confrontación del hombre con un cielo de zarpas de estrellas. Una obra así no se lee; se la consulta, se avanza por ella línea a línea, jugo a jugo, en una participación intelectual y sensible tan tensa y vehemente como la que desde esas líneas y esos jugos nos busca y nos revela.[9]

Dos años más tarde, el crítico mexicano Carlos Monsiváis escribió:

¿Qué es Paradiso? La multiplicidad de sus niveles, de los órdenes del conocimiento que involucra, hacen imposible una sola respuesta: es tratado de teogonía; diálogo platónico sobre el ser, el sexo (ortodoxo y heterodoxo) y la conciencia; fabulación y mito; revisión e invención del idioma, monumento barroco. En cualquiera de estos órdenes, Paradiso resulta un ejercicio y un logro totalizadores. (...) En Paradiso todo es reconquista: reconquista de la infancia; reconquista del primer gozo y el primer asombro ante el conocimiento; reconquista de las potencialidades de un lenguaje que quizás nunca había sido nuestro, pero que estaba allí, a nuestra disposición, para que se extinguiera la conseja de la pobreza de recursos del español y se acreciera la leyenda de una ignorancia que había dejado sin explorar, conquista y asimilar todo un idioma; reconquista de la metáfora, esa incursión comparativa, que en Lezama se vuelve delirio de la extrapolación.[16]

Estos comentarios contrastaron con la dura crítica oficial (con excepciones como Vitier o Carpentier), que la calificó de hermética, morbosa y pornográfica, especialmente por sus pasajes homoeróticos. Esta polémica (que terminó con el retiro de la novela de las librerías), sumada a la decisión de Lezama de otorgar el Premio Julián del Casal al poemario Fuera del juego de Heberto Padilla en 1968, en contra del veredicto de la UNEAC, significó la pérdida del favor del gobierno revolucionario, con el cual había mantenido buenas relaciones hasta ese momento.[18]

En 1968, la editorial mexicana Era publicó una edición revisada y corregida de la novela, ilustrada por René Portocarrero y al cuidado de Cortázar y Monsiváis, enmendando las erratas de la descuidada edición cubana.[13]

Últimos años, ostracismo y muerte

Manuel Pereira y Lezama Lima, en una de las sesiones del Curso Délfico, diciembre de 1970.

A pesar de ya no contar con el apoyo oficial, Lezama siguió vinculado a la Casa de las Américas, por tercera y última vez como jurado del Premio de poesía en 1967 y como asesor literario en 1969; también llegó a publicar su Poesía completa y los volúmenes Las imágenes posibles y La cantidad hechizada, que recogían ensayos escritos en años anteriores.[3]

El episodio conocido como Caso Padilla en 1971 marcó el comienzo del llamado Quinquenio gris (1971 - 1976),[22]

De esos años de exilio interno da testimonio la correspondencia que Lezama mantuvo tanto con su hermana Eloísa como con otros escritores.[23] Cuando en 1972 le otorgaron el Premio Maldoror de Poesía en Madrid y el premio a la mejor obra hispanoamericana traducida al italiano por Paradiso, Lezama no pudo ir a recoger ninguno de los dos galardones:

Recibí tu carta sobre el premio de Italia. Me extraña que digan que no han recibido ni siquiera una carta de agradecimiento. Les he mandado cables y les escribí dándoles las gracias. No he recibido la menor noticia interior ni exterior sobre el premio. Todo es muy raro.[24]

Con frecuencia, las quejas apuntaban a la negativa del gobierno a autorizar su salida del país:

Por la noche María Luisa y yo leemos algún libro que nos gusta, como el maravilloso Diario de Paul Klee. Me parece que vivo esas existencias maravillosas, mientras permanezco, aunque con disgusto, inmovilizado, pues en el año pasado y en éste he recibido como seis invitaciones para viajar a España, a México, a Italia, a Colombia, y siempre con el mismo resultado. Me tengo que quedar en mi casita hasta que Dios quiera.[25]

La salud de Lezama, asmático de toda la vida, comenzó a desmejorar en sus últimos meses, por sus hábitos de fumador y su obesidad. El 8 de agosto de 1976 fue ingresado al Hospital Calixto García a raíz de una infección pulmonar que había desarrollado, pero falleció en la madrugada a causa de un infarto provocado por su debilitado estado general. No obstante, existen controversias respecto a la atención recibida. Mientras que el doctor que acompañó a Lezama en sus últimas horas, José Luis Moreno del Toro, hace recaer parte de la culpa en el mismo Lezama (dado que este rehusó ser hospitalizado un día antes cuando ya se tenía todo listo), se especula con que la atención recibida en el hospital no fue la adecuada, y que el equipo médico que recibió al escritor no supo tratar la situación.[27]

Fue sepultado al día siguiente en el panteón familiar en el Cementerio Colón.[28] Un año después apareció su novela póstuma e inacabada, Oppiano Licario, secuela de Paradiso; y en 1978 Fragmentos a su imán, su último poemario, con un prólogo de Cintio Vitier. La edición mexicana, nuevamente a cargo de Era, llevó un poema-prólogo de Octavio Paz.

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