Jerarquía eclesiástica

Jerarquía eclesiástica es una gradación de subordinación de personas o dignidades, que rige las relaciones dentro del clero, en las instituciones eclesiásticas. En distinta medida existe en todas las confesiones cristianas. No es más que una estructura de mando, en virtud de la cual e o los que ocupar el grado superior, está en situación de regular los actos de los inferiores. Está especialmente desarrollado en la jerarquía de la Iglesia católica. El menor desarrollo se da en el protestantismo, dado que establece el sacerdocio universal, aunque hay notables diferencias organizativas entre los episcopaliana y la presbiteriana.

Orígenes

Los orígenes de la jerarquía eclesiástica comenzar de manera no programada. Los obispos de sedes vecinas, situados claramente en un plano superior al resto del clero, hacia el siglo II, empezaron pronto a reunirse. Ocasión propicia para estas reuniones era la consagración de un nuevo obispo, cuando una de estas sedes quedaba vacante. La elección del obispo la hacían con el clero y el pueblo de la ciudad, y procedían luego a consagrar al elegido.

Esta reunión sinodal implicaba un cambio de impresiones entre los prelados y era, de hecho, un pequeño concilio.

Poco a poco se afirmó la autoridad de ciertas iglesias madres sobre aquellas a las que habían dado lugar, y la de las sedes provinciales sobre las ubicadas en la provincia administrativa secular.

La administración civil del mundo romano sirvió de base para la eclesiástica. El obispo de la importante sede de Alejandría, por ejemplo, con la libertad de acción adquirida en año 313, ejerció autoridad sobre la provincia de Egipto, del mismo modo que en orden civil la ejercía el prefecto.

La autoridad suprema del obispo de Roma, que defendía ya San Cipriano, había empezado por ser efectiva en Italia desde que, según la creencia, San Pedro fundó esta comunidad cristiana. El traslado de la sede imperial a Constantinopla y poco después del edicto de la concesión de la libertad de cultos, hizo que el obispo de Roma afianzara cada día más su autoridad primera.

Los obispos de las sedes orientales más importantes, en cambio, tuvieron del emperador mayor apoyo, pero también sujeción; o por lo menos sufieron de una mayor o menor intervención en el gobierno de la diócesis. La Iglesia Oriental siempre estuvo más sujeta que la occidental, al poder imperial, en razón de tener sede en Constantinopla tanto el Patriarca como el Emperador. Esta relación estrecha entre el poder civil y el eclasiástico, se suele llamar en la historia de la Iglesia Cesaropapismo. En general consiste en una mayor o menor subodinación del Patriarca al Emperador. En occidente en cambio, por la lejanía de la sede imperial, el obispo de Roma gozó siempre de una mayor libertad, llegando incluso a ser gobernante de sus propios territorios, llamados Estados Pontificios.

En Oriente, había empezado ya la evangelización de las comarcas agrícolas, desde las zonas de influencia urbana. El cristianismo había dejado de ser una religión limitada a los núcleos urbanos del Mediterráneo para extenderse por las zonas campesinas, mucho más "tradicionales" y menos preparadas para recibirlo. Para la evangelización del campo, en Oriente se creó un elemento jerárquico nuevo, intermedio entre el obispo y el clero: jorepiscopado. Los jorepiscopoi eran misioneros consagrados por el obispo urbano con el fin de evangelizar la campiña y aunque, según parece, no tenían auténtico carácter episcopal, se les concedía facultades episcopales para poder realizar su misión con mayor efectividad. Muy pronto surgieron conflictos jurisdiccionales entre los obispos de aldea y los de la ciudad, y aquellos creados como superintendentes al servicio de éstos, intentaron independizarse de la tutela urbana, acabando por ser suprimidos hacia el siglo IX.

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