James Joyce

James Joyce
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Información personal
Nombre de nacimiento James Augustine Aloysius Joyce Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacimiento 2 de febrero de 1882
Dublín, Bandera de Irlanda  Irlanda
Fallecimiento 13 de enero de 1941, 58 años
Zúrich, Flag of Switzerland (Pantone).svg  Suiza
Lugar de sepultura Cementerio de Fluntern Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Irlandesa
Familia
Padre John Stanislaus Joyce Ver y modificar los datos en Wikidata
Cónyuge
Hijos
Educación
Alma máter
Información profesional
Ocupación Novelista, poeta
Movimientos Modernismo anglosajón
Firma James Joyce signature.svg
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James Augustine Aloysius Joyce ( Dublín, 2 de febrero de 1882Zúrich, 13 de enero de 1941) fue un escritor irlandés, reconocido mundialmente como uno de los más importantes e influyentes del siglo XX. Joyce es aclamado por su obra maestra, Ulises (1922), y por su controvertida novela posterior, Finnegans Wake (1939). Igualmente ha sido muy valorada la serie de historias breves titulada Dublineses (1914), así como su novela semi autobiográfica Retrato del artista adolescente (1916). Joyce es representante destacado de la corriente literaria de vanguardia denominada modernismo anglosajón, junto a autores como T. S. Eliot, Virginia Woolf, Ezra Pound o Wallace Stevens.

Aunque pasó la mayor parte de su vida adulta fuera de Irlanda, el universo literario de este autor se encuentra fuertemente enraizado en su nativa Dublín, la ciudad que provee a sus obras de los escenarios, ambientes, personajes y demás materia narrativa.[2]

La Encyclopædia Britannica destaca en el autor el sutil y veraz retrato de la naturaleza humana que logra imprimir en sus obras, junto con la maestría en el uso del lenguaje y el brillante desarrollo de nuevas formas literarias, motivo por el cual su figura ejerció una influencia decisiva en toda la novelística del siglo XX. Los personajes de Leopold Bloom y Molly Bloom, en particular, ostentan una riqueza y calidez humanas incomparables.[3]

El editor de la antología The Cambridge Companion to James Joyce [Guía de Cambridge para James Joyce] escribe en su introducción: «A Joyce lo leen muchas más personas de las que son conscientes de ello. El impacto de la revolución literaria que emprendió fue tal que pocos novelistas posteriores de importancia, en cualquiera de las lenguas del mundo, han escapado a su influjo, incluso aunque tratasen de evitar los paradigmas y procedimientos joyceanos. Topamos indirectamente con Joyce, por lo tanto, en muchas de nuestras lecturas de ficción seria de la última mitad de siglo, y lo mismo puede decirse de la ficción no tan seria».[4]

Anthony Burgess, al final de su largo ensayo Re Joyce (1965), reconoció:

Junto con Shakespeare, Milton, Pope y Hopkins, Joyce sigue siendo el modelo más elevado en que ha de fijarse todo aquel que aspire a escribir con propiedad. [...] Pero, una vez leído y absorbido un solo ápice de la esencia de este autor, ni la literatura ni la vida vuelven a ser las mismas de nuevo.[5]

En un texto de 1939, Jorge Luis Borges afirmó sobre el autor:

Es indiscutible que Joyce es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo. Verbalmente, es quizá el primero. En el Ulises hay sentencias, hay párrafos, que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare o de Sir Thomas Browne.[6]

T.S. Eliot, en su ensayo "Ulysses, Order and Myth" ["Ulises, orden y mito"] (1923), declaró sobre esta misma obra:

Considero que este libro es la expresión más importante que ha encontrado nuestra época; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del que ninguno de nosotros puede escapar.[7]

Biografía

Dublín (1882–1904)

Primeros años

En 1882, James Joyce nace en Brighton Square, en Rathgar, un barrio de clase media de Dublín, en el seno de una familia católica; sus padres se llamaban John y May. James fue el mayor de los diez hermanos supervivientes, seis mujeres y cuatro varones. Uno de los hermanos fallecidos habría sido mayor que él, puesto que nació y murió en 1881.[9]

La familia de su padre, originaria de Fermoy, fue concesionaria de una explotación de sal y piedra caliza en Carrigeeny, cerca de Cork. Vendieron la explotación por quinientas libras, en 1842, aunque siguieron manteniendo una empresa como «fabricantes y vendedores de sal y caliza». Esta empresa quebró en 1852.

Joyce, como su padre, sostenía que su ascendencia familiar provenía del antiguo clan irlandés de los Galway. Para la crítica Francesca Romana Paci, el escritor rebelde e inconformista valoraba sin embargo «la respetabilidad basada en la tradición de una antigua casa»; sentía «apego por una cierta forma de aristocracia».[11]

Tanto su padre como su abuelo contrajeron matrimonio con mujeres de familias adineradas. En 1887 el padre de James, John Stanislaus Joyce, fue nombrado recaudador de impuestos de varios distritos por la Oficina de Recaudación del Ayuntamiento de Dublín. Esto permitió a la familia trasladarse a Bray, un pequeño pueblo de cierta categoría residencial, a diecinueve kilómetros de Dublín. En Bray vivían junto a una familia protestante, los Vance. Una hija de éstos, Eileen, fue el primer amor de James.[13]

Joyce a los seis años (1888).

Un día en que estaba jugando con su hermano Stanislaus junto a un río, James fue atacado por un perro,[17]

Entre febrero y marzo de 1889, el Libro de Castigos del colegio de Conglowes recoge que el futuro escritor, contando siete años, recibió dos palmetazos por no llevar a clase cierto libro, seis más por tener las botas sucias y cuatro por proferir «palabras indecentes», algo a lo que Joyce fue siempre muy aficionado.[18]

En 1891, con nueve años, James escribe el poema titulado "Et tu, Healy", que trata de la muerte del político irlandés Charles Stewart Parnell. El padre quedó tan encantado que hizo imprimirlo, e incluso envió una copia a la Biblioteca Vaticana.[26]

Educación

El futuro escritor se educó en el selecto Clongowes Wood College, un internado de jesuitas, cerca de Sallins, en County Kildare. Según su primer biógrafo, Herbert S. Gorman, al ingresar en este centro (1888), era «de constitución esbelta, muy nervioso, sensible como una niña y tenía la bendición o la maldición (esto depende del punto de vista) de un temperamento introspectivo».[31]

James siguió destacando en los estudios. Muy concienzudo en su preparación, obligaba a su madre a tomarle diariamente la lección después de la comida.[33]

Sus lecturas en la época del Belvedere son abundantes y profundas, en inglés y francés: Dickens, Walter Scott, Jonathan Swift, Laurence Sterne, Oliver Goldsmith; también le impresionó vivamente el estilo del clérigo John Henry Newman. Entre los poetas, leía con fruición a Byron, Rimbaud y Yeats. Y dedicó asimismo mucha atención a George Meredith, William Blake y Thomas Hardy.[35]

Antigua ubicación del University College Dublin.

En 1898, se matriculó en el recientemente inaugurado University College de Dublín para estudiar lenguas: inglés, francés e italiano. Joyce era recordado por ser buen estudiante, aunque de trato difícil. Seguía aplicándose con ahínco a la lectura. Según uno de sus más importantes glosadores, Harry Levin, en general dedicaba sus esfuerzos a los idiomas, la filosofía, la estética y la literatura contemporánea europea.[36] Algunos de sus biógrafos han destacado como su interés principal la gramática comparada.

También se sabe que tomaba parte activa en las actividades literarias y teatrales de la universidad. En 1900, como colaborador de la revista The Fortnightly Review, publica su primer ensayo, con el título de "New Drama", sobre la obra del noruego Henrik Ibsen, uno de sus escritores predilectos.[39]

Joyce fue miembro de la Literary and Historical Society, de Dublín. Presentó su trabajo titulado "Drama and Life" a dicha sociedad en 1900. Con ocasión de la lectura pública de este ensayo, se le exigió que suprimiera varios pasajes. Joyce amenazó al presidente de la sociedad con no leerlo, y al final consiguió hacerlo sin una sola omisión. Sus palabras fueron duramente criticadas por algunos asistentes, y Joyce les replicó pacientemente durante más de cuarenta minutos, por turno, sin consultar una nota, lo que consiguió suscitar grandes aplausos entre el público.[41]

En 1903, tras su graduación, se instaló en París con el propósito de estudiar Medicina, pero la ruina de su familia (que se vio obligada a vender todos sus enseres e instalarse en una pensión) le hizo desistir de sus propósitos y buscar trabajo como periodista y profesor. Su situación financiera era tan precaria entonces como la de su familia, hasta el punto de que pasó verdadera hambre, lo que hacía llorar a su madre cada vez que llegaba carta de París.[50]

Stephen el héroe

En enero de 1904, trató de publicar una obra en la que había estado trabajando, A Portrait of the Artist [Retrato del artista], una historia autobiográfica con elementos ensayísticos centrada en cuestiones de estética. Este escrito, indigno de su autor, en palabras de José María Valverde,[53]

1904 fue el mismo año en que conoció a Nora Barnacle, una joven de Galway que trabajaba como camarera de pisos en el hotel Finn's, de Dublín. Se dice que tuvieron su primera cita el 16 de junio de 1904, y por tal motivo ésta, según sus biógrafos, fue la fecha elegida para ambientar su obra capital, Ulises.[54]

Martello Tower, donde vivió Joyce con Gogarty.

Joyce permaneció en Dublín algún tiempo más, bebiendo en exceso. En el transcurso de una de sus borracheras, debido a un malentendido, se metió en una pelea con un hombre, en el parque St Stephen's Green; tras la pelea, James fue recogido y aseado por un conocido de su padre, Alfred H. Hunter, que lo condujo a su casa para que le curasen las heridas.[57]

Tras permanecer durante seis días en la vivienda de estudiante de Gogarty, Martello Tower (Torre Martello), tuvo que abandonarla en plena noche tras una escena con Gogarty y otro compañero, en cuyo transcurso aquel disparó su pistola sobre unas cacerolas que colgaban sobre la cama de James.[58] Éste caminó toda la noche de vuelta a Dublín para poder descansar en su casa, y al día siguiente envió a un amigo a la torre por sus pertenencias. Poco después partió con Nora hacia el continente.

Trieste y Zúrich (1904–1920)

Pola y Trieste

Joyce y Nora iniciaron su autoimpuesto exilio desplazándose primero a Zúrich, donde se suponía que le esperaba un puesto como profesor de inglés en la Berlitz Language School, facilitado por un agente en Inglaterra. Resultó que el agente inglés había sido estafado, pero el director de la escuela lo reexpidió a Trieste, ciudad que fue parte del Imperio austrohúngaro hasta el 16 de julio de 1920, pasando a ser italiana por el tratado de Saint Germain-en-Laye. Aunque tampoco allí había ningún puesto libre para Joyce, con la ayuda de Almidano Artifoni, director de la escuela Berlitz de Trieste, finalmente consiguió unas clases en Pula (Pola, en italiano), ciudad entonces también austrohúngara, y hoy parte de Croacia.

Desde octubre de 1904 hasta marzo de 1905, permaneció en Pula dando clases sobre todo a oficiales de la armada austrohúngara estacionados en la base militar de dicha ciudad. En marzo de 1905 se descubrió un complot de espionaje en la ciudad y todos los extranjeros fueron expulsados. Con la ayuda de Artifoni, los Joyce regresaron a Trieste y James empezó a enseñar inglés allí. Permanecería en la ciudad durante la mayor parte de los diez años siguientes.[59]

En ese mismo año, Nora dio a luz al primero de sus hijos, el citado Giorgio.[62]

La vida rutinaria en Trieste frustraba la pasión viajera del escritor, quien decidió trasladarse a Roma a finales de 1906. Marchó con la seguridad de contar con un puesto administrativo en un banco de la ciudad. Sin embargo, sintió enseguida gran aversión por ésta y terminó regresando a Trieste, a principios de 1907. Su hija Lucia nació en el verano de ese mismo año. También en 1907 apareció su primer libro, el volumen de poemas de amor Música de cámara (Chamber Music) y se le presentaron los primeros síntomas de iritis, una enfermedad de los ojos que con los años le dejaría casi ciego.

Continuó durante estos años escribiendo, principalmente relatos, e iniciándose en la línea experimental que sería característica de su obra posterior. También manifestó en esta época, por un lado, cierto rechazo por la búsqueda nacionalista de los orígenes de la identidad irlandesa, y por otro, su voluntad de preservar y fomentar la propia experiencia lingüística, que guiaría todo su trabajo literario: esto le condujo a reivindicar su lengua materna, el inglés, en detrimento de una lengua gaélica que estimaba readoptada y promovida artificialmente.[66]

Joyce regresó a Dublín en el verano de 1909, llevando con él a su hijo Giorgio. Su propósito era visitar a su padre y publicar su libro de cuentos Dublineses. Sin embargo, a primeros de agosto, sufrió uno de los mayores disgustos de su vida, cuando a través de un complot organizado por sus amigos Saint-John Gogarty y Vincent Cosgrave, le fue sugerido que su compañera, Nora, le había sido infiel en el pasado. Incluso era posible que Giorgio no fuese hijo suyo.[68]

Una vez superada esa preocupación, visitó a la familia de Nora, en Galway. Ésta fue su primera visita a la familia de su mujer y, para su alivio, la acogida que se le dispensó fue muy satisfactoria. Incluso salió a pasear con Kathleen, la hermana de Nora, que le dio «lecciones sobre el mar», según ella misma contaría.[70] Tampoco cuajó su intento de importar tweed irlandés a Italia; finalmente el escritor volvió a Trieste, en enero de 1910, acompañado por otra de sus hermanas, Eileen. Mientras que Eva enseguida sintió nostalgia de su ciudad natal, y regresaría años más tarde, Eileen pasó el resto de su vida en el continente europeo, donde se casaría con un cajero de banco checo.

1912 fue un año de penurias para los Joyce. Para ayudar a la economía doméstica, el escritor pronunció varias conferencias a primeros de año en la Università Popolare y siguió publicando artículos en los periódicos.[71] En abril realizó unas pruebas para convertirse en profesor en Italia, a sueldo del Estado. Obtuvo 421 puntos sobre 450, resultando apto, pero la burocracia italiana finalmente lo impidió por su condición de extranjero.

Volvió fugazmente a Dublín con toda su familia, en el verano de 1912. Prosiguió la pugna sobre la publicación de Dublineses con el editor George Roberts. Mientras estaba en Irlanda, su hermano Stanislaus, que seguía en Trieste, le informó de que iban a desahuciarlos. Finalmente, Stanislaus buscó otro piso más pequeño, donde se trasladaron todos; allí viviría James con su mujer e hijos todo el tiempo que permaneció en Trieste. Las discusiones sobre Dublineses con su editor se centraban principalmente en el relato "An Encounter" ("Un encuentro"), en el que la trama insinúa que uno de los personajes es homosexual. Añadido a estos problemas, todo su entorno dublinés le negó su apoyo, pues le acusaba, entre otras cosas, de traicionar a su país a través de sus escritos.[73]

Italo Svevo, gran amigo de Joyce durante su estancia en Italia.

En esa época trató al escritor Ettore Schmitz (más tarde conocido como Italo Svevo, de origen judío), quien fue alumno suyo de inglés y con el cual mantendría una larga amistad.[74] Entre 1911 y 1914 se enamoraría platónicamente de una de sus alumnas, Amalia Popper, hija de un negociante judío llamado Leopoldo. Esta joven le sugeriría multitud de escritos y poemas, a veces preñados de humor e ironía.

En 1913, el poeta Ezra Pound, al tanto de la precariedad de su economía, le escribe por recomendación de Yeats para ofrecerle colaborar en publicaciones como The Egoist y Poetry.

Al año siguiente, 1914, a punto de desatarse la Primera Guerra Mundial, consiguió por fin que un editor londinense al que conocía de tiempo atrás, Grant Richards, publicase Dublineses. La mayor parte de las críticas surgidas fueron buenas, aunque censuraban algunos cuentos por cínicos o sin sentido. Se vendieron pocos ejemplares, por lo que Joyce se quejó al editor, pero éste le contestó que desde que había empezado la guerra las ventas habían caído en picado.[75] En ese tiempo, el escritor siguió trabajando en el Retrato, terminó Exiliados y empezó Ulises, novela que tenía en la cabeza ya desde 1907.

Zúrich

En 1915, H. G. Wells se declaró profundo admirador de la obra de Joyce, que leía a partir de las entregas en The Egoist. Ese mismo año, Joyce y familia, ciudadanos británicos, hubieron de dejar el Trieste austro-húngaro por la guerra. Stanislaus, por su parte, fue encerrado en un campo de presos. Los Joyce se trasladaron a Zúrich, Suiza, país neutral, donde el escritor vivió años de gran creatividad. En esta época, su fama crecía día a día, pero sus ingresos seguían siendo exiguos; sobrevivió a base de dar clases, además de con la ayuda de Pound, Yeats, Wells y Harriet Shaw Weaver, editora de la revista The Egoist, quien se convirtió en su agente y le aportó ingresos suficientes para ir tirando en los años siguientes.

En diciembre de 1916 se publicaron la primera edición norteamericana de Dublineses y la primera mundial de Retrato del artista adolescente. Ambas se llevaron a cabo por los esfuerzos del editor neoyorquino B. W. Huebsch, complaciendo en ello a Joyce; éste, en octubre, había sufrido una especie de colapso nervioso o depresión, sin embargo había asegurado a Huebsch que 1916 era su año de la suerte.[78]

Con todo, su fama se había agigantado hasta el punto de que llegó a recibir donaciones regulares de dinero en metálico por parte de una admiradora anónima; según Ellmann, «hasta que pudiera encontrar una situación estable». También en 1917, durante un viaje de salud a Locarno, se enamoró de una médica alemana de veintiséis años, Gertrude Kaempffer, a la que hizo francas proposiciones sexuales que ella, aunque lo admiraba intelectualmente, rechazó. En Ulises, llamó Gerty (diminutivo de Gertrude) a la joven con la que Leopold Bloom se excita en el episodio Nausicaa.

De regreso en Zúrich, recibe la noticia de que un nuevo benefactor anónimo le ingresará mensualmente la cantidad de mil francos. Esto permitió al escritor dejar de dar algunas lecciones en su casa. Más tarde se enteró de que su última benefactora era la esposa de un millonario.[81] Joyce comentó una vez a Budgen:

En la gente que se me acerca, en la que me conoce y la que llega a tener amistad conmigo, suelo tener un tipo u otro de influencia. En cambio, la personalidad de Nora es tan especial que no logro que la mía pueda afectarla, está hecha completamente a prueba de la mía.[82]

Los dos esposos en general se llevaban bien. Nora tendía a moderar las flaquezas de su marido, y en la educación de Lucia y Giorgio, era más severa que él, pues incluso les aplicaba el castigo físico. El escritor en cambio aseguraba que a los niños «hay que educarlos con amor, no con castigos».

Joyce demostró en varias ocasiones su neutralidad en relación con la guerra, y llegó a escribir un poema satírico ("Dooleysprudencia")[84]

El drama Exiles se publicó en mayo de 1918, simultáneamente en Inglaterra y Estados Unidos. En ese tiempo Ulises estaba siendo publicado por entregas en la revista Little Review; el poeta T. S. Eliot, que las seguía puntualmente, escribió admirado, en la revista Athenaeum (1919):

La ordinariez y el egoísmo quedan justificados al ser explotados hasta alcanzar verdadera grandeza en la última obra de Mr. James Joyce.[85]

Virginia Woolf y su marido Leonard estimaban mucho lo que iba apareciendo, pese a que su procacidad los escandalizaba.[89] en algunos casos de muy subido tono sexual, y hasta pornográfico. He aquí un pasaje ligero:

¡Me gustaría que me flagelaras, Nora, amor mío! Me encantaría haber hecho algo que te desagradara, algo insignificante incluso, tal vez una de mis costumbres bastante indecentes que te hacen reír: y después oír que me llamas a tu habitación y encontrarte sentada en un sillón con tus gruesos muslos separados y la cara roja como un tomate de ira y un bastón en la mano.

Carta, se cree, de 13/12/1909[90]
Busto de Joyce en el parque de St. Stephen's Green, Dublín.

En 1918 Joyce se enamoró de una muchacha suiza que ya tenía un amante, y cuyo nombre era Marthe Fleischmann; se escribieron con asiduidad, pero al parecer ella sólo le dejó acariciarla en una ocasión. Esta mujer también aparece reflejada en varios personajes femeninos de Ulises. Al reprocharle un amigo estas infidelidades, el escritor respondió: «Si me permitiera alguna limitación en este asunto, para mí sería la muerte espiritual».[92] Por esa época, tenía que replicar una y otra vez a los amigos que iban leyendo Ulises capítulo a capítulo (amigos como Miss Weaver, Ezra Pound...), por sus críticas a los cambios de estilo que iba introduciendo de uno a otro, cambios que la posteridad ha declarado una de las virtudes más llamativas del texto.

Stanislaus fue finalmente liberado del campo de presos en que había pasado toda la guerra. Los Joyce regresaron a Trieste, y aquél se negó a compartir la vivienda con ellos; además estaba molesto con su hermano por varias cosas, entre ellas porque James no le había dedicado Dublineses según había prometido.

París y Zúrich (1920–1941)

París y el Ulises

A mediados de 1920, fue atraído a París por Ezra Pound, que lo tentó con la posibilidad de que se tradujesen al francés el Retrato y Dublineses. Joyce iba para una semana, pero al final se quedó veinte años.

1921 fue un año de intenso trabajo para rematar Ulises. Durante el mismo, mantuvo una estrecha relación con el escritor norteamericano Robert McAlmon, quien le prestó dinero y le sirvió accidentalmente de mecanógrafo para el último capítulo de Ulises: "Penélope". En ese año tuvo también mucho contacto con Valery Larbaud y con Wyndham Lewis, y conoció a Ernest Hemingway, que llegó a París recomendado por Sherwood Anderson.[93]

Joyce tuvo su único encuentro con Marcel Proust en mayo de 1922, ya publicado Ulises. Al salir de una cena en París, a la que también estaban invitados Picasso y Stravinsky, ambos escritores tomaron el mismo taxi de regreso, junto a otras personas. Según el biógrafo de Proust, George D. Painter, se habló «de trufas y duquesas», y Joyce, que iba algo bebido, se quejaba de su vista, mientras Proust lo hacía del estómago. Alguien preguntó a Proust si conocía la obra de Joyce, y el francés aseguró no conocerla, a lo que repuso Joyce que tampoco conocía la de Proust. Joyce quiso fumar y abrió una ventanilla del taxi, que fue cerrada de inmediato, en atención a la mala salud de Proust. El vehículo dejó a cada cual en su casa, y eso fue todo. Joyce aludió a Proust y a su obra en Finnegans Wake.[95]

La publicación de Ulises (Ulysses, en inglés), considerada su obra maestra,[97] Junto al flujo de conciencia o monólogo interior (técnica que había usado ya en su novela anterior) se encuentran capítulos escritos al modo periodístico, teatral, de ensayo científico, etc.

Joyce en Zúrich, hacia 1918.

Ulises es una novela llena de simbología, en la que el autor experimenta además continuamente con el lenguaje. Sus ataques a las instituciones, principalmente la Iglesia católica y el Estado, son continuos, y muchos de sus pasajes fueron juzgados intolerablemente obscenos por sus contemporáneos. Inversión irónica de la Odisea de Homero, la novela explora con meticulosidad las veinticuatro horas del 16 de junio de 1904, en la vida de tres dublineses de la clase media baja: el judío Leopold Bloom, que vaga por las calles de Dublín para evitar volver a casa, en la que sabe que su mujer, Molly (segundo personaje), le está siendo infiel; y el joven poeta, Stephen Dedalus, que presenta un perfil ya más maduro que el del protagonista de su obra anterior, Retrato del artista adolescente. El Ulises es a grandes rasgos un retrato psicológico de nuestro tiempo, y desde su publicación, numerosos críticos han tratado de rastrear en él las conexiones con la literatura inmediatamente anterior ( Zola, Mallarmé), y con la clásica ( Homero, Shakespeare), en un intento de interpretar sus múltiples facetas.

La Obra en marcha

En años posteriores, Joyce viajó con frecuencia a Suiza para operarse los ojos y también para tratar a su hija Lucia, quien padecía una enfermedad mental, la esquizofrenia, según aparece registrado en el testamento del escritor a efectos de herencia. Lucia llegó a ser analizada en esa época por Carl Jung; éste, después de leer Ulises, pensó que el padre también sufría de esquizofrenia.[101]

Jung comentó en una oportunidad al padre los rasgos esquizofrénicos presentes en una de las cartas de Lucia; Joyce se apresuró a rebatir una a una todas sus afirmaciones, con argumentos que muy bien podrían haber sido sacados de Finnegans Wake. En efecto, para el escritor, las contradicciones y distorsiones de Lucia no eran más que reflejo del método que él mismo estaba empleando en su libro. Joyce manifestó a menudo que Lucia había heredado su genialidad: sus males eran debidos a su especial clarividencia.[102]

En cualquier caso, se desconocen los detalles particulares de la relación que mantenía Joyce con su hija esquizofrénica. Stephen Joyce, heredero actual del escritor, quemó los miles de cartas intercambiadas entre padre e hija, cartas que habían sido recibidas por él en 1982, a la muerte de Lucia.[104]

Samuel Beckett.

En París, a partir de 1926, Maria y Eugene Jolas ayudaron mucho a Joyce en sus largos años de escritura de Finnegans Wake. De no haber sido por su apoyo inquebrantable (junto con el constante soporte financiero proporcionado por Harriet Shaw Weaver), es posible que el escritor no hubiese terminado o publicado su último libro. En su ahora legendaria revista literaria transition, los Jolas publicaron periódicamente varias secciones de la novela, bajo el título de Work in Progress (Obra en marcha), expresión ideada por Ford Madox Ford.[105]

Una breve estancia en Inglaterra, en 1922, le había sugerido el tema de esta nueva obra, que sería la última. El escritor tuvo muchos titubeos al principio de su redacción. «Es como una montaña en la que estoy haciendo túneles en todas direcciones, sin saber qué voy a encontrar», confesó a su amigo August Suter.[109]

Las críticas hacia los avances de la nueva obra que aparecían en transition arreciaron entre sus allegados, hasta el punto de que su mujer, Nora, le espetó un día: «¿Por qué no escribes libros normales para que la gente corriente pueda entenderlos?» Joyce, desairado, llegó a pensar en ofrecer la Obra en marcha al escritor irlandés James Stephens para que la terminara, aunque luego se echó atrás.[110] La aparición, sin embargo, en 1929, de la laudatoria colección de ensayos Our Exagmination Round His Factification for Incamination of Work in Progress, a cargo de Beckett y otros escritores, supuso un gran espaldarazo.

También en 1929, conoció al tenor irlandés John Sullivan, cuya carrera apoyó durante mucho tiempo. Al año siguiente encontró en el judío Paul Léon a un excelente amigo y colaborador.[111] En 1931, atendiendo a los ruegos de su hija y de su padre, Joyce contrajo matrimonio con su compañera de siempre, Nora Barnacle; llevaban conviviendo desde hacía casi tres décadas.

La muerte de su padre en diciembre de ese mismo año lo sumió en un estado de completo abatimiento, que el apoyo de su amigo Beckett le ayudó a sobrellevar. Escribió a Harriet Shaw Weaver: «No ha sido su muerte lo que me ha aplastado, sino la autoacusación», pues Joyce se culpaba de no haber vuelto nunca a su país a visitar a su padre.[113]

En ese tiempo, siguió con interés la difusión y traducción de sus obras a otros idiomas, aunque impidió la adaptación cinematográfica de Ulises. W. B. Yeats le ofreció un puesto en la recién creada Academia de Letras Irlandesas, que él rechazo con cortesía: «[...] dado lo que mi propio caso fue, es y, probablemente, será [...] veo claramente que no tengo derecho alguno a que mi nombre conste entre los de sus miembros».[115]

Finnegans Wake no alcanzaría su forma definitiva hasta 1939, año de su publicación. La obra no fue bien acogida por la crítica, aunque grandes estudiosos, de la talla de Harold Bloom, posteriormente la han defendido a capa y espada. En esta novela, la tradicional aspiración literaria al estilo propio es llevada al extremo y, con ello, casi hasta el absurdo, pues, partiendo del vanguardismo característico de Ulises, el lenguaje deriva experimentalmente, y sin ninguna restricción, desde el inglés llano hacia un idioma apenas inteligible, muchas veces sólo referente al propio texto y autor. Para su composición, Joyce amalgamó elementos de hasta sesenta lenguas diferentes, vocablos insólitos y formas sintácticas completamente nuevas. Puede dar una idea de su dificultad el hecho de que, pese a su importancia, aun hoy, la novela no se encuentra vertida en su totalidad al castellano.

Última estancia en Zúrich

La dureza de los comentarios sobre Finnegans Wake[118] Los Joyce regresaron a Zúrich a finales de 1940, huyendo de la ocupación nazi de Francia.

Ante la guerra, el escritor demostró un desinterés, según Paci, «incomprensible»; se preocupaba más de los libros que había dejado en París que del avance de la ofensiva alemana. Si le hablaban de Hitler o Mussolini manifestaba una total indiferencia; cuando le mencionaban la persecución de los judíos, comentaba que se trataba de un prejuicio de muchos siglos y que a él personalmente aquellos le agradaban.[119]

Tumba de James Joyce, en Zúrich.

El 11 de enero de 1941 se sometió a una operación de úlcera de duodeno perforada. Si bien mejoró en los primeros momentos, al día siguiente recayó y, a pesar de varias transfusiones, entró en coma. Se despertó a las dos de la madrugada del 13 de enero de 1941, y pidió a una enfermera que llamara a su esposa e hijo, antes de perder la consciencia de nuevo. Murió quince minutos más tarde, antes de que llegase su familia. En el informe de la autopsia figura como causa de la muerte la peritonitis.[120]

Joyce está enterrado en el cementerio Fluntern; desde su tumba se oyen los rugidos de los leones del zoo de Zúrich. Aunque dos altos diplomáticos irlandeses se encontraban en Suiza en ese momento, no asistieron a los funerales de Joyce; el gobierno irlandés negó a Nora posteriormente la autorización para repatriar los restos mortales del escritor. Nora le sobrevivió diez años. Se halla enterrada a su lado, al igual que su hijo Giorgio, muerto en 1976. Su biógrafo Ellmann informa de que, cuando los arreglos para el entierro de Joyce se estaban realizando, un sacerdote católico trató de convencer a Nora de celebrar una misa funeral. Siempre fiel al criterio de su esposo, ella respondió: «No podría hacerle a él tal cosa».[121] El tenor suizo Max Meili cantó "Addio terra, addio cielo", del Orfeo de Monteverdi, en el servicio funerario.

El catolicismo de Joyce

Uno de los aspectos más estudiados en la vida y la obra de este autor es sin duda la relación que mantuvo con la Iglesia Católica. Existe un acuerdo casi unánime, primero, sobre su temprano rechazo de la fe,[126] y, segundo, sobre las profundas influencias recibidas del catolicismo, siempre admitidas por él mismo, como la de la filosofía de Tomás de Aquino.

Vladimir Nabokov suscribe la afirmación de Harry Levin de que Joyce «perdió su religión, pero conservó sus categorías», lo que el primero aplica también a Stephen Dedalus: «En su época escolar estuvo sometido a la disciplina de una educación jesuítica y ahora reacciona violentamente contra ella, aunque sigue poseyendo una naturaleza esencialmente metafísica». De forma que, en este punto concreto, como la mayoría de los biógrafos de Joyce, Nabokov viene a equiparar a creador con personaje.[127]

Según el traductor de Ulises, José María Valverde, Joyce declaró siempre deber a sus educadores jesuitas el entrenamiento en reunir un material, ordenarlo y presentarlo. Apostilla Valverde: «No sería arbitrario decir que la obra joyceana es la gran contribución —involuntaria, y aun como un tiro salido por la culata— de la Compañía de Jesús a la literatura universal».[132]

Pero se ha suscitado alguna duda y controversia al respecto. La biógrafa Francesca Paci recoge diversos pasajes significativos, como éste de Stephen Hero: «La lengua, la nacionalidad y la religión son agentes de maldad, de esclavitud, de renuncia y de frustración. Y la esclavitud desemboca en la parálisis».[138]

Recogida en el Retrato del artista adolescente y también en Ulises, la conocida máxima luciferina, Non serviam (no serviré, no he de servir, se entiende, a Dios[141]

El crítico Hugh Kenner (autor de Dublin's Joyce y Joyce's Voices) y el poeta T. S. Eliot vieron entre líneas del trabajo de Joyce el «residuo de un auténtico católico».[144]

Anthony Burgess, criado en una familia católica, aunque luego distanciado de la iglesia, no ve esto tan claro: « Non serviam significa lo que significa [pero] el rechazo de Joyce del catolicismo dista mucho de ser absoluto. [...] quizá rechazó los sacramentos, el matrimonio y la eucaristía, pero las disciplinas y, de una manera renegada y torturada, los fundamentos del catolicismo cristiano, permanecieron en él durante toda su vida. [...] En Ulises se le ve obsesionado con la mística identificación entre Padre e Hijo, y el único tema real de Finnegans es el de la Resurrección. [...] La actitud de Joyce hacia el catolicismo es la de amor-odio que caracteriza a la mayoría de los renegados. [...] quedaron jirones de burdo catolicismo en él».[145]

Algunos autores, L. A. G. Strong entre ellos, llegan más lejos en este sentido al sostener que Joyce se reconcilió al final de su vida con la religión, y que tanto Ulises como Finnegans Wake suponen en lo fundamental expresiones católicas.[147]

En A Bash in the Tunnel. James Joyce by the Irish [Una fiesta en el túnel. James Joyce por los irlandeses] opinaron sobre el tema varios de sus compatriotas escritores, como Flann O'Brien: «Creo que, a través de velos de lascivia y blasfemia, Joyce emerge como un verdadero católico irlandés temeroso de Dios; se rebeló, no tanto contra la propia Iglesia, sino contra sus casi cismáticas excentricidades, su pretensión de que existe solo un Mandamiento, la vulgaridad de sus edificios, la superficialidad y estupidez de muchos de sus ministros. Su rebelión, noble en sí misma, lo condujo al exilio. [...] Pero su intención era buena. Quieras que no, como la de todos. [...] Mediante carcajadas, mitiga el sentido de condenación que ha recibido en herencia todo católico irlandés».[148]

En este mismo libro, Samuel Beckett, como su amigo Thomas MacGreevy,[150]

Amigo íntimo de Joyce, su paisano Arthur Power recuerda cómo encolerizaba a «su innata espiritualidad el provincianismo dogmático de la iglesia católica romana irlandesa, lastrando su alma inquisitiva mediante lo que para él no eran sino rituales absurdos, prohibiciones medievales y miedos a castigos inhumanos que perdurarían por toda la eternidad».[151]

Vemos que Beckett y Power albergan serias dudas de que Joyce fuese un «verdadero católico irlandés temeroso de Dios». Dicha afirmación, de otra parte, no parece corroborada por una lectura atenta de la correspondencia y las obras principales del irlandés, a menos que éste por algún motivo se empeñase en ocultar o encriptar celosamente en ellas fe y ortodoxia. Si no surge en las novelas la crítica expresa y razonada del catolicismo, como en el Retrato, lo hace su esquema paródico, como en tantas páginas de Ulises. En general, la actitud del autor frente al fenómeno religioso, como se ha visto,[156]

Umberto Eco, en el capítulo "El catolicismo de Joyce" de su estudio Las poéticas de Joyce, menciona la « misa negra» que se celebra en el episodio "Circe" de Ulises, así como la blasfemia eucarística presente en "Nausicaa"; a Joyce, una vez rechazada la disciplina, como a los episcopi vagantes medievales, «le queda el sentido de la blasfemia celebrada según un ritual litúrgico. [...] abandonada la fe, la obsesión religiosa no abandona a Joyce. Presencias de la pasada ortodoxia emergen una y otra vez en toda su obra en forma de personalísima mitología y de blasfemadores ensañamientos que, a su manera, revelan permanencias afectivas. [El término "catolicismo" aplicado a Joyce] es válido para indicar la actitud de quien, habiendo rechazado una sustancia dogmática y habiéndose desarraigado de una experiencia moral determinada, conserva como hábito mental las formas exteriores de un edificio racional y mantiene una disposición instintiva, no pocas veces inconsciente, a la fascinación de las reglas, ritos, imágenes litúrgicas».[157]

En esta línea, más escuetamente, la editora de varias de las obras joyceanas, Jeri Johnson, comenta, aunque del semiautobiográfico protagonista del Retrato: «Sus propias palabras lo traicionan. [...] Lejos de escapar de su nacionalidad, de su lengua, de su religión, Stephen los llevará siempre consigo».[158]

«Difícilmente puede dudarse —señala Herbert S. Gorman, su primer biógrafo— que la obscenidad, la indecible vulgaridad, el deliberado alarde de inmundicia presente en algunas partes de Ulises son resultado directo y espantado de la tremenda opresión mental y moral sufrida en la iglesia».[159]

Recuerda el editor irlandés de Dublineses, Terence Brown, que Joyce compartía con sus colegas del Celtic Revival, en su mayoría agnósticos o protestantes, la convicción de que los males de Irlanda partían principalmente del hecho de la dominación del país por parte de los ingleses. Pero, Joyce en particular, encontraba que el otro gran poder en su país, el de la Iglesia Católica, era aún más pernicioso para sus compatriotas, ya que nadie discutía su autoridad.[161]

Harry Levin, por su parte, define a Joyce como «un irlandés parisino, un hereje católico [...], excomulgado y expatriado, el hombre sin país y sin creencias».[163]

De una forma u otra, en una carta a su futura esposa, Nora Barnacle, de agosto de 1904, Joyce no pudo ser más explícito:

Mi entendimiento rechaza todo el orden social actual y el cristianismo: el hogar, las virtudes reconocidas, las clases en la vida y las doctrinas religiosas. [...] Hace seis años dejé la iglesia católica, con el odio más ferviente. Me resultaba imposible permanecer en ella a causa de los impulsos de mi naturaleza. Hice la guerra en secreto contra ella, cuando era estudiante, y me negué a aceptar las posiciones que me ofrecía. Al hacerlo, me convertí en un mendigo pero conservé el orgullo. Ahora le hago la guerra a las claras con lo que escribo, digo y hago.[165]

Y si se recurre al testimonio de los familiares del escritor: «La ruptura de mi hermano con el catolicismo se debía a otros motivos. Para él era imperativo salvaguardar su auténtica vida espiritual de la devastación de la existencia falsa que se le había impuesto. Pensaba que los poetas, de acuerdo con sus dones y personalidad, eran los verdaderos depositarios de la vida espiritual de su raza, y los sacerdotes no eran más que usurpadores. Detestaba la falsedad y creía en la libertad individual con una intensidad que no he conocido en ningún otro hombre», escribió su hermano Stanislaus en su libro de memorias My Brother's Keeper [El guardián de mi hermano] (1957).[166]

Ya se ha visto, por último, la reacción de Nora Barnacle ante la sugerencia de celebrar una misa funeral por su esposo: «No podría hacerle a él tal cosa».[168]

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