Italia fascista

El fascio littorio, símbolo del fascismo.

Se denomina Italia fascista al período de la Historia de Italia en la cual dicho país europeo fue gobernado por un régimen sustentado en la ideología del fascismo, surgido tras la Primera Guerra Mundial.

El fascismo nació como reacción de ciertos socialistas disidentes contra la Revolución Bolchevique de 1917 y a las fuertes peleas sindicales de trabajadores y braceros que culminó en el bienio rojo, en parte como crítica respecto a la sociedad liberal-democrática, que salió maltrecha de la experiencia de la Primera Guerra Mundial.

El nombre deriva de la palabra italiana fascio (en latín: «fascis»). La palabra, en la antigua Roma, era usada como símbolo de la unión de los luchadores. El símbolo fascista es el Fasces romano que significaba el poder del régimen, en particular el poder jurisdiccional. Su líder Benito Mussolini, quien fuera gobernante dictatorial de Italia, lo describió así:

El Fascismo es una gran movilización de fuerzas materiales y morales. ¿Qué se propone? Lo decimos sin falsas modestias: gobernar la nación. ¿De qué modo? Del modo necesario para asegurar la grandeza moral y material del pueblo italiano. Hablemos francamente: no importa el modo concretamente, no es antitético, sino más bien convergente con el programa socialista, sobre todo con lo relacionado con la reorganización técnica, administrativa y política de nuestro país. Nosotros agitamos los valores tradicionales, que el socialismo omite o desprecia, pero sobre todo, el espíritu fascista rechaza todo lo que sea una hipoteca arbitraria sobre el misterioso futuro.

Sustentos del fascismo

La Italia fascista exaltaba la idea de nación frente a la de individuo o clase; suprimía la discrepancia política en beneficio de un partido único y los localismos en beneficio del centralismo. Utilizaba hábilmente los nuevos medios de comunicación y el carisma de un líder, Benito Mussolini, en el que se concentraba todo el poder. Aprovechaba los sentimientos de miedo y frustración colectiva para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda, y los desplazaban contra un enemigo común, real o imaginario, interior o exterior, que actúa de chivo expiatorio frente al que volcar toda la agresividad de forma irracional, logrando la unidad y adhesión (voluntaria o por la fuerza) de la población. El fascismo es expansionista y militarista, utilizando los mecanismos movilizadores del irredentismo territorial y el imperialismo que ya habían sido experimentados por el nacionalismo del siglo XIX.

El componente social del fascismo pretende ser interclasista: niega la existencia de los intereses de clase e intenta suprimir la lucha de clases con una política paternalista de sindicato vertical y único en que trabajadores y empresarios obedezcan las directrices superiores, como en un ejército, creando el corporativismo. El nacionalismo económico, con autarquía y dirección centralizada se adaptaron como en una economía de guerra a la coyuntura de salida de la crisis de 1929.

No obstante, no hubo en el sistema fascista ni planes quinquenales al estilo soviético, ni cuestionamiento de la propiedad privada ni alteraciones radicales del sistema capitalista más allá de la intervención en el mercado, manteniendo en la práctica el sistema de producción capitalista aunque bajo la dirección suprema del Estado. Aun así resultaba evidente que el fascismo procuraba contentar a todas las clases sociales del capitalismo y gozó de un apoyo interclasista aunque por motivos muy diversos. Los fundamentos teóricos del fascismo eran:

- La subordinación (Dependencia) de los individuos al Estado, que se convirtió en el órgano de control de toda la sociedad.

- La existencia de una élite, competente y preparada y de un líder carismático, capaz de crear una voluntad general a la que las masas debían someterse.

- El rechazo de la tradición racionalista de la cultura occidental, y la exaltación de los elementos irracionales de la conducta y los sentimientos, justificando la intolerancia y al fanatismo.

- Mantener una política expansionista, como respuesta a un nacionalismo radical que consideraba la adquisición de nuevos territorios como la única forma de fortalecer a la nación.

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