Imperialismo cultural

Se llama Imperialismo cultural a toda forma de imposición ideológica desarrollada a través de los medios de comunicación y otras formas de producción cultural a fin de establecer los valores de una sociedad dominante en una determinada sociedad periférica o dependiente, en otras palabras es la práctica de la promoción y la imposición de una cultura, por lo general de sociedades políticamente poderosas sobre sociedades periféricas o dependientes. También es el nombre que recibió el Gran Capital y la dominación de los países centrales. Este nombre fue impuesto por una corriente crítica que tuvo un gran auge durante las décadas de 1940 y 1970 en Europa y América Latina. Fue la llamada Teoría Crítica o Sociología Crítica-Ideológica y nació de conceptos surgidos en la Escuela de Frankfurt (o, valga la redundancia, Escuela Crítica, con pensadores como Adorno, Horkheimer, Marcuse y Benjamin).

Delimitación del término

Defendida por autores como Armand Mattelart o Ariel Dorfman, trataba de establecer una relación entre los esquemas de dominación económica globales, con el consumo de bienes culturales (principalmente productos de comunicación como programas de televisión, películas, obras literarias, etc. producidas en los países dominantes). En 1972 estos dos autores publicaron Para leer al pato Donald mediante el cual examinan la literatura de masas publicada por Walt Disney en Latinoamérica. Mediante el análisis de las historietas protagonizadas por las figuras del pato Donald, sus sobrinos y su Tío, demuestran que Disney difunde el estilo de vida estadounidense (american way of life). En términos estrictos del Imperialismo Cultural, lo preocupante es que no solo hacen propaganda del estilo de vida estadounidense, sino que instauran el sueño americano (american dream of life). De este modo, los EE.UU, como clase dominante que posee los medios de producción y distribución, inculcan una ideología sobre qué valores deben poseer los países dependientes (periféricos) y cómo representar su propia realidad.

Siguiendo el ejemplo de antes, esta corriente sostenía que los países ricos o altamente industrializados, no solo ejercían sus posiciones hegemónicas hacia las naciones en desarrollo en el plano económico, sino también en el cultural. El ejercicio de estas posiciones favorecía el consumo de productos culturales producidos en los países desarrollados, en los países en desarrollo, incluso por encima de las producciones locales. Los ideólogos de esta postura sostienen que a través del consumo de estos productos se ejercen acciones de franco imperialismo cultural, en las que se trataba de exportar e imponer los valores y cultura de los países desarrollados, hacia los países receptores.

Críticos de esta corriente señalan que se asume un papel de las audiencias demasiado pasivo y que en realidad, éstas tienen un poder mucho mayor en el proceso de recepción de estos productos culturales.

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