Ilustración en España

Ilustración en España o Ilustración española es el relato de los orígenes, características específicas y desarrollo del movimiento ilustrado en España y de los obstáculos y apoyos políticos y sociales que encontró a lo largo del siglo XVIII español caracterizado por el reformismo borbónico (1700/1714 - 1808).

Características específicas de la Ilustración en España

Primer tomo (1726) del Diccionario de autoridades.

El movimiento ilustrado[2]

Aunque la Ilustración «no fue una doctrina o un sistema filosófico, sino un movimiento intelectual heterogéneo», los ilustrados compartieron una serie de principios, actitudes y valores estrechamente interrelacionados.[5]

En España el movimiento ilustrado sólo se difundió entre determinadas élites (entre algunos nobles y clérigos, y entre algunos profesionales y miembros acomodados del «estado llano») y, como han señalado Mestre y Pérez García, conviene recordar que «no toda la producción cultural de la decimoséptima centuria merece timbres de Ilustración. Los ilustrados, en realidad, siempre constituyeron una minoría, dinámica e influyente, pero minoría al fin y al cabo. Y, aunque los principios que defendieron llegaron a impregnar toda su época, el censo de los indiferentes, de los tradicionalistas y de los enemigos de las Luces siempre fue mucho más abultado que el de los partidarios del progreso, la razón y la libertad».[6]

Portada del libro La falsa filosofía, segunda edición de 1775, de Fernando de Ceballos.

El sustantivo «ilustración» no se difunde en España hasta después de 1760 designando un programa de instrucción, enseñanza, transmisión o adquisición de conocimientos en beneficio de una persona o de la sociedad en su conjunto. Antes de esa fecha se había utilizado el verbo «ilustrar», aunque con dos sentidos diferentes, el católico y tradicional ligado a Dios y a la fe y de «dar lustre o esplendor» a «la patria» o «la nación», y el nuevo de «instruir, enseñar, transmitir conocimientos» que se usaba indistintamente con «dar luces». Así el abate Gándara en 1759, dando la bienvenida al nuevo rey Carlos III, se mostró convencido de que pronto se desterrará la desidia, se proscribirá la ignorancia, se adquirirán luces, se ilustrará el Reyno.[8]

La «moderación» del movimiento ilustrado y la colaboración con la monarquía absoluta borbónica

Durante mucho tiempo se creyó que el carácter «moderado» de las propuestas de los ilustrados españoles, era un rasgo específico de España, pero los últimos estudios sobre la Ilustración europea han cuestionado la tradicional visión de ésta como la desencadenante del fin del Antiguo Régimen y han destacado que la Ilustración habría sido un movimiento esencialmente reformista. «Los ilustrados —salvo cuando evolucionaron hacia el liberalismo a fines del siglo XVIII— no aspiraban a modificar sustancialmente el orden social y político vigente. Pretendían introducir reformas que fomentasen lo que denominaron pública felicidad y para ello deseaban involucrar a los grupos privilegiados en su materialización».[9]​ Un ejemplo lo puede constituir el siguiente texto del ilustrado asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos:

Yo no me detendré en asegurar a la Sociedad [Económica de Amigos del País de Asturias] que estas luces y conocimientos sólo pueden derivarse del estudio de las ciencias matemáticas, de la buena física, de la química y de la mineralogía; facultades que han enseñado a los hombres muchas verdades útiles, que han desterrado del mundo muchas preocupaciones perniciosas y a quienes la agricultura, las artes y el comercio de Europa deben los rápidos progresos que han hecho en este siglo. Y en efecto, ¿cómo será posible, sin el estudio de las matemáticas, adelantar el arte del dibujo, que es la única fuente donde las artes pueden tomar la perfección y el buen gusto? Ni ¿cómo se alcanzará el conocimiento de un número increíble de instrumentos y máquinas, absolutamente necesarias para asegurar la solidez, la hermosura y el cómodo precio de las cosas? ¿cómo sin la química, podrá adelantarse el arte de teñir y estampar las fábricas de loza y porcelana, ni las manufacturas trabajadas sobre varios metales?» G. M. Jovellanos, Discurso sobre la necesidad de cultivar en el Principado el estudio de las ciencias naturales. 1782.

Precisamente esta faceta reformista es lo que atraería la atención de los gobiernos absolutistas europeos dispuestos a impulsar el «progreso» pero sin alterar el orden social y político establecido. Así los gobiernos se habrían servido de la Ilustración para «dotar a sus planes de reforma económica, fiscal, burocrática y militar de una aureola de acendrada modernidad, justificando así, como necesaria e inevitable la creciente intervención del Estado en todos los órdenes de la vida social». Y por eso cuando algunos ilustrados traspasaron ciertos límites acabaron sufriendo en sus carnes el poder coercitivo del Estado.[10]

Los ilustrados españoles confiaron en que la Corona fuera la «impulsora» de la modernización cultural, social y económica que ellos propugnaban. Pero la Corona, por su parte, utilizó las propuestas ilustradas para lograr que su poder fuera incontestado y sin ningún tipo de cortapisas. Por eso la colaboración Monarquía-Ilustración fue a veces ambigua y contradictoria: los gobiernos impulsarán las reformas siempre que éstas no sean demasiado radicales como para poner en peligro la estabilidad de todo el entramado del Antiguo Régimen. De ahí provendrán precisamente las mayores frustraciones para el movimiento ilustrado pues, como ha señalado el historiador Carlos Martínez Shaw, los reyes «estuvieron más interesados por lo general en el robustecimiento de su autoridad, en el perfeccionamiento de su maquinaria administrativa y en el engrandecimiento de sus territorios que en la proclamada felicidad de sus súbditos».[11]

Como ha escrito el historiador Roberto Fernández, la mayoría de los ilustrados españoles «eran buenos cristianos y fervientes monárquicos que no tenían nada de subversivos ni revolucionarios en el sentido actual del término. Eran, eso sí, decididos partidarios de cambios pacíficos y graduales que afectaran a todos los ámbitos de la vida nacional sin alterar en esencia el orden social y político vigentes. Es decir, reformar las deficiencias para poner España al día y en pie de competencia con las principales potencias europeas manteniendo las bases de un sistema que no consideraban intrínsecamente malo».[13]

La «Ilustración católica»

Tal vez la característica más específica de la Ilustración en España fue que todos los ilustrados se mantuvieron dentro del catolicismo —no hubo ningún deísta entre sus filas, y por supuesto, ningún ateo—. «Negar la sincera religiosidad de nuestros ilustrados constituiría un error», afirman Antonio Mestre y Pablo Pérez García.[14]

Esto es lo que ha llevado a algunos historiadores a hablar de una «ilustración católica» en España en la que los partidarios de las «luces de la razón» fueron respetuosos con la «luz divina», ya que para muchos de ellos «la razón y la religión compartían una misma «luz natural» obra del Creador».[15]

Según Pedro Ruiz Torres, el hecho de que el catolicismo ortodoxo continuara siendo hegemónico, incluso entre las elites abiertas a las nuevas ideas, tuvo consecuencias negativas para la Ilustración en España porque los diversos discursos ilustrados elaborados en otros países aquí fueron con frecuencia amputados y tergiversados, a causa también de «la doble censura política y religiosa ejercida a través del Consejo de Castilla y por medio de la Inquisición» que «apenas dejó espacio para una opinión independiente». En 1756 el Santo Oficio prohibió « El espíritu de las leyes» de Montesquieu, por «contener y aprobar toda clase de herejías»; en 1759 dificultó la difusión de la Enciclopedia; en 1762 toda la obra de Voltaire y Rousseau fue prohibida. Aunque estas obras fueron conocidas en España gracias a «la labor de unos libreros dispuestos a vencer el temor al Santo Oficio e importarlos para sus clientes».[16]

Un ejemplo de la «ilustración católica» que intenta hacer compatible lo que dice la Biblia con los avances de la ciencia puede ser el siguiente fragmento de una obra del matemático y astrónomo valenciano Jorge Juan, publicada en 1774 en la que defendía la teoría heliocéntrica condenada por la Iglesia y la física newtoniana, por lo que tuvo problemas con la Inquisición:[17]

No hay reino que no sea newtoniano y por consiguiente copernicano; mas no por eso pretendo ofender a las Sagradas Letras, que tanto debemos venerar. El sentido en que éstas hablaron es clarísimo; no quisieron enseñar Astronomía, sino darse solamente a entender al pueblo. Hasta los mismos que sentenciaron a Galileo se reconocen hoy arrepentidos de haberlo hecho, y nada lo acredita tanto como la conducta de la misma Italia; por toda ella se enseña públicamente el sistema copernicano

Pero en su pretensión de conciliar los principios de «las luces» con la fe cristiana expusieron una serie de ideas en materia religiosa que «no agradaron una pizca a amplias capas del clero ni al mismísimo pueblo español» debido a que «los ilustrados deseaban introducir criterios racionales en las manifestaciones religiosas de la piedad popular, fomentada interesadamente —a su juicio— por el clero, especialmente por las órdenes de regulares".[14]

Un ejemplo del choque entre la piedad «racional» defendida por los ilustrados y la piedad «barroca» que predominaba en la época —una religiosidad «externa» basada en el culto a las reliquias y a las imágenes, en las peregrinaciones y las procesiones, etc.— lo podemos encontrar en la oposición de Gregorio Mayans a la introducción en su localidad natal de Oliva en 1751 de la devoción a la Divina Pastora por unos misioneros. Mayans se negó a aceptar la presencia de la imagen en su casa y poco después le explicó en una carta al conde de Aranda que no se podía reconocer el carácter divino de la Virgen María porque era una persona humana y porque sólo Cristo podía ser calificado como divino y como pastor de los creyentes. «Estamos ante dos visiones radicalmente distintas: al misionero le interesa fomentar la devoción a María de la forma que fuere; para Mayans, devoto de la Virgen donde los hubiere, se trata de una devoción que contradice los postulados básicos de la teología cristiana». [18]

La mayoría de los ilustrados reivindicaron el derecho de los seglares a intervenir en la Iglesia y defendieron la lectura de la Biblia en lengua vulgar por los creyentes, lo que desde el Concilio de Trento estaba prohibido —en España del cumplimiento de esa norma se encargaba la Inquisición—. Esta situación se mantendría hasta que en 1782 el inquisidor general, el ilustrado Felipe Bertrán publicó el decreto de libertad de lectura de la Biblia en lengua vulgar, decisión que levantó una gran polémica. Asimismo la mayoría de los ilustrados defendían el rigorismo en las cuestiones morales frente al probabilismo de los jesuitas, lo que les valió en ocasiones ser acusados de jansenistas. Y en cuanto a la organización de la Iglesia todos ellos fueron episcopalistas y conciliaristas porque la jurisdicción de los obispos y la convocatoria de concilios sin el permiso de Roma constituían para ellos un instrumento fundamental de la reforma eclesiástica que propugnaban y un instrumento de control del clero regular que, según ellos, era el propagador de la religiosidad «supersticiosa» del pueblo.[19]

Pero las propuestas de la «ilustración católica» encontraron fuertes resistencias entre la mayoría del clero, como el arzobispo de Santiago Alejandro Bocanegra quien en una pastoral afirmó:[20]

…este libertinaje en hablar los seculares indoctos en puntos de Religión con el mismo orgullo que si poseyeran toda la Ciencia de la Escuela. Este modo de hablar del Episcopado y del Papa, este abuso de leer libros venenosos… Una nación tan católica como la española está hoy, sino sumergida, a pique de sumergirse en un abismo. Voltayre [sic] y otro como él son los que muchos jóvenes (y no jóvenes) con el fin de lucir en sus juntas y asambleas leen con libertad

Una cultura tutelada por el Estado

"La cultura de la Ilustración, por muy elevadas que fueran sus aspiraciones de libertad y humanitarismo, fue una cultura tutelada y, en no pocas ocasiones, dirigida y controlada para mejor servicio del Estado y sus intereses. Sus creadores y protagonistas —excepto en aquella especie de paraíso de las libertades en que se habrían convertido Inglaterra y Holanda y salvo algún autor peculiar que, como Voltaire, consiguió vivir acomodadamente gracias a un público fiel— fueron en gran medida, funcionarios, oficiales, burócratas, magistrados o ministros de la corona, profesores universitarios cuya promoción y carrera dependían del favor real, eruditos y anticuarios a sueldo de mecenas principescos —laicos y eclesiásticos—, científicos pertenecientes a las academias reales, así como a las escuelas militares y de ingenieros, clérigos más o menos regalistas…".[21]

Por otro lado la Monarquía absoluta borbónica contaba con poderosos instrumentos para controlar la producción cultural y prohibir aquella que no sirviera a sus intereses. En primer lugar la Inquisición española y su Índice de Libros Prohibidos encargada de la censura "a posteriori», y en segundo lugar el "Juzgado de Imprentas», dependiente del Consejo de Castilla, que otorgaba la licencia para que un libro o un folleto pudiera ser publicado, ejerciendo así la censura "a priori», que también era ejecutada por la autoridad eclesiástica que era la que otorgaba el nihil obstat sin el cual no podían publicarse los libros que abordaran temas de carácter espiritual, religioso o teológico.[22]

Estos instrumentos coercitivos estatales y eclesiásticos fomentaron la autocensura de buena parte de los ilustrados españoles, como se puede rastrear en su correspondencia privada. Especialmente cuando trataban dos temas, la política y la religión, y de ahí que algunos de sus trabajos permanecieron inéditos y sólo fueran publicados en el siglo XIX o en el siglo XX, como la Filosofía Cristiana de Mayans, en el que utilizaba el Ensayo sobre el conocimiento humano de John Locke, una obra que podía ocasionarle problemas con la censura.[23]

El elitismo ilustrado y su relación con lo "popular"

Según el historiador Carlos Martínez Shaw, "las Luces fueran patrimonio de una elite, de intelectuales, mientras la mayor parte de la población seguía moviéndose en un horizonte caracterizado por el atraso económico, la desigualdad social, el analfabetismo y el imperio de la religión tradicional".[24]

Así pues, la Ilustración creyó en general que los más altos niveles de la formación cultural debían estar reservados únicamente a una elite. Esta elite además debía trasladar sus modelos culturales a las clases populares a través, por ejemplo, del teatro, y oponerse a las manifestaciones más "perniciosas" de la cultura popular, como las romerías, las procesiones y otras muestras de religiosidad "supersticiosa", o como la fiesta de las toros, las ferias, las mojigangas, las peleas de gallos o los carnavales.<[25]

Los medios de difusión de las ideas ilustradas

En la mayoría de estados europeos, la universidad permaneció en general al margen de la renovación intelectual ilustrada, y las nuevas ideas se expandieron a través de las tertulias y de las academias, y de otros nuevos espacios de sociabilidad como las sociedades de agricultura, las sociedades económicas, los salones, las logias masónicas, los clubes o los cafés, en los que participaron no sólo la nobleza y el clero sino otros sectores sociales interesados en mejorar la condición humana y la " sociedad civil", como se llamaba entonces a la forma de gobierno, con el fin último de lograr la "felicidad pública". En España las tertulias y las academias, y posteriormente las Sociedades Económicas de Amigos del País, fueron los principales medios en la elaboración y difusión de la cultura ilustrada. A diferencia de Francia, no tuvieron tanto éxito los salones de las damas cortesanas, si exceptuamos el de María Francisca de Sales Portocarrero, condesa de Montijo, y el de la condesa de Benavente y la Junta de Damas de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País.[26]