Hospicio Cabañas

Hospicio Cabañas (Guadalajara)
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Nombre descrito en la Lista del Patrimonio de la Humanidad
Hospicio cabanas 1.jpg
Fachada principal interior del Hospicio.
Coordenadas 20°40′37″N 103°20′14″O / 20.676897222222, 20°40′37″N 103°20′14″O / -103.33733333333
País Flag of Mexico.svg México
Tipo Cultural
N.° identificación 815
Región Latinoamérica y Caribe
Año de inscripción 1997 (XXI sesión)
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El Hospicio Cabañas es un edificio de estilo neoclásico, emblemático de la ciudad mexicana de Guadalajara. Sirvió como hogar de huérfanos de 1810 a 1980. En su interior se conservan algunos de los más importantes murales de José Clemente Orozco. Fue declarado en 1997 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En la actualidad es la sede del Instituto Cultural Cabañas.

Historia

El principal artífice de este hospicio, nombrado en sus inicios "Casa de Caridad y Misericordia", fue el obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, quien llega de España a la capital de la Nueva Galicia en 1796, con fin de ocupar el lugar dejado por fray Antonio Alcalde tras su fallecimiento. Si bien el proyecto original del obispo fue crear una casa de expósitos, el rey Carlos IV ordenó —a través de la Cédula expedida en San Ildefonso el 5 de septiembre de 1803— la ampliación de la finalidad del organismo y que se admitieran ancianos de ambos sexos, lisiados, enfermos habituales, huérfanos y caminantes pobres, así como que diera educación y corrección a menores. El diseño del edificio se debió a uno de los mejores arquitectos de la época, Manuel Tolsá. La construcción se inició en 1805, participaron José Gutiérrez, académico de mérito de la Academia de San Carlos, con la dirección material, y el alarife José Ciprés. El inmueble se levantó en un terreno elevado y alejado de la ciudad, cuyo núcleo fue lo que se conocía como "Solar, casa y huerta de El Sabino", perteneciente al convento de San Juan de Dios, así como sobre los terrenos aledaños que adquirió Cabañas a Miguel Navarro y un pequeño lote que cedió el ayuntamiento de forma gratuita y a perpetuidad. "El perímetro del terreno formaba un cuadrilátero irregular, que medía: 465 1/3 varas en el Norte; 493 2/3 por el Sur; 159 varas por el Este, y 126 varas por el Oeste."[1] En la actualidad ocupa un área de 23,447 metros cuadrados. La obra fue financiada tanto por donaciones particulares como por la aportación indígena del agua que producía el Ojo de Agua de San Román, de San José de Analco, por las rentas episcopales y el valor de las haciendas Zapotlanejo, El Salitre, Santa Rosa y Rancho de Juanacastro, propiedad del obispado. La institución inicia labores, aún sin estar concluida su edificación, el 1º de febrero de 1810 y opera con normalidad hasta agosto pues no escapa al torbellino de la guerra de Independencia, ya que durante la contienda el brigadier José de la Cruz instala allí la Ciudadela de Guadalajara, con sus correspondientes soldados y animales de carga. En 1828, el clero recupera el edificio e inicia los trabajos para su restauración y reconstrucción, los cuales estuvieron bajo la responsabilidad de Martín Ciprés, hijo del alarife. Un año más tarde se abren sus puertas exclusivamente como hospicio, sin embargo, durante los acontecimientos originados por la conocida como "traición de Antonio López de Santa Anna", las tropas de nuevo se apropian del inmueble, aunque solo por una corta temporada. En 1836 el recién nombrado obispo Diego de Aranda y Carpinteiro se fija la meta de concluir la construcción del inmueble y es el tapatío Manuel Gómez de Ibarra, discípulo de José Gutiérrez, quien se encarga de las obras de edificación. La capilla fue lo último que se levantó y el proyecto de construcción original se concluye por fin en 1845. La administración del hospicio pasa a manos de las Hermanas de la Caridad en 1850; la santanderina Ignacia Osés fue la primera directora de esa orden. Una vez más el lugar es tomado como cuartel, en esta ocasión en 1852 por un brote de santannismo liderado por Blancarte. Las Leyes de Reforma y la consiguiente Nacionalización de los bienes eclesiásticos en 1859, afectaron la planta del hospicio. Pierde la huerta, ubicada en el frente oeste del edificio, cuya superficie de cuatro manzanas se fracciona en cuarenta lotes que se ceden a particulares por periodos muy largos o indefinidos. También se le recortaron los lados norte y sur, que se prolongaban hasta el río de San Juan de Dios. En una parte de ellos se construye la "Plaza de Toros del Progreso". Según el informe redactado en 1865 por Dionisio Rodríguez y J. Ramón Fernández Somellera para informar al Consejo Superior de Beneficencia del hospicio, éste estaba organizado en siete departamentos y con la siguiente población: Hombres adultos pobres, 16; Mujeres adultas pobres, 48; Niños pobres, 137; Niñas pobres,182; Casa cuna, 31 entre niños y niñas; de Domicilio o Visita Domiciliaria —aquellos enfermos imposibilitados o pobres que no podían moverse de su casa— 110; Departamento de Colegio de Pensionistas y Asiladas —alumnado que tomaba clases de lectura, escritura y aritmética, entre otras materias—, 52. Asimismo, se indica que trabajaban ahí dieciséis hermanas de la Caridad y la administración estaba a cargo del arzobispado. La responsabilidad de las monjas termina en 1874, en el momento de la expulsión de las órdenes religiosas del país, al mismo tiempo que el clero retira la donación que anualmente hacía para el sostenimiento del lugar. Es entonces cuando autoridades civiles toman el mando. Rafaela Ruiz es nombrada rectora del establecimiento y los medios para el sustento del hospicio corren a cargo de la Beneficiencia Pública de Jalisco con desigual suerte; a la par, se tolera la permanencia de la enseñanza religiosa y de las prácticas de culto. El lugar de la rectoría sería ocupado por Luisa del Castillo y Pacheco, en 1878, tras la renuncia de Ruiz. Y, posteriormente, por Adelaida del Castillo y Pacheco, por Jesusa Ruiz y por Luz Herrera. A esta última le tocó la aplicación de las Bases Reglamentarias del Hospicio en Guadalajara, expedidas en 1883, según las cuales el Hospicio se integraría en una Casa de expósitos, un Asilo de huérfanos, una Escuela de artes para mujeres y un Asilo de mendigos. A su vez, la directora debía informar al administrador si observaba disposiciones generales para las carreras literarias entre sus asilados. Los niños serían remitidos al Liceo de Varones y las niñas que deseasen obtener el título de Preceptoras, al Liceo de Niñas. Herrera deja el cargo en 1892 y es sustituida por la profesora Juana Urzúa, quien debe enfrentar los cambios educativos ordenados por el gobernador Luis C. Curiel, referentes a desplazar el énfasis puesto en ofrecer a los asilados enseñanza superior y centrarse solo en la enseñanza de oficios. Urzúa es reemplazada dos años más tarde por María Palacios viuda de Novoa y en 1898 ocupa el puesto Margarita Romo viuda de Padilla y tras ella, Adriana Flores viuda de Benítez. En l900 ocupa la dirección María de Jesús Ruiz. José López-Portillo y Weber considera que el los gobernadores jaliscienses del porfiriato Francisco Tolentino, Luis C. Curiel y Miguel Ahumada, fueron los que hicieron que se perdiera la herencia dejada por los grandes benefactores del Estado para socorrer y aliviar a huérfanos y pobres, pues no solo se permite el saqueo y el hurto de los fondos destinados al hospicio sino que el propio inmueble se vio afectado por los cambios políticos de la nación pues en 1910, durante la Revolución mexicana, debió servir de nuevo como sitio militar. López-Portillo y Weber dejó registrado que sus directoras durante el siglo XX fueron: María Castelvide Simoni, Mercedes Díaz de León viuda de Orozco, Aurora Castillo, Esther de Lavat, María Concepción de la Torre, Carolina Segura, María de la Piedad Hernández, Esther Mayagoitia viuda de Guzmán, María Luisa Rodríguez, Josefina Ortiz Mariotte, Emilia Durán de Figueroa y Asunción García Sancho. El Hospicio siguió su misión hasta 1980 cuando cerró sus puertas y los niños asilados fueron trasladados a nuevas instalaciones.

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