Homo œconomicus

Homo œconomicus (Hombre económico en latín; transcrito economicus u oeconomicus) es el concepto utilizado en la escuela neoclásica de economía para modelizar el comportamiento humano. Esta representación teórica se comportaría de forma racional ante estímulos económicos siendo capaz de procesar adecuadamente la información que conoce, y actuar en consecuencia.

Historia del término

El término hombre económico fue utilizado por primera vez en el siglo XIX por los críticos de la obra de John Stuart Mill sobre economía política.[1] Debajo hay un pasaje del trabajo de Mill al que se referían esos críticos decimonónicos:

La economía política no trata la totalidad de la naturaleza del hombre, modificada por el estado social, ni de toda la conducta del hombre en sociedad. Se refiere a él sólo como un ser que desea poseer riqueza, y que es capaz de comparar la eficacia de los medios para la obtención de ese fin.[2]

Más adelante, en el mismo trabajo, Mill escribe que lo que él propone es «una definición arbitraria del hombre como un ser que, inevitablemente, hace aquello con lo cual puede obtener la mayor cantidad de cosas necesarias, comodidades y lujos, con la menor cantidad de trabajo y abnegación física con las que éstas se pueden obtener.»

Aunque el término no se usó hasta el siglo XIX, se asocia a menudo con las ideas de pensadores del siglo XVIII como Adam Smith y David Ricardo. En La riqueza de las naciones, Smith escribió:

No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés.

Esto sugiere el mismo tipo de individuo de racionalidad interesada y reacio al trabajo que Mill propone (aunque Smith afirmase que los individuos tienen interés por el bienestar de los demás, en Teoría de los sentimientos morales). Aristóteles discute sobre la naturaleza del interés en Política (Libro II, Parte V):

Por lo demás, es poco cuanto se diga de lo gratos que son la idea y el sentimiento de la propiedad. El amor propio, que todos poseemos, no es un sentimiento reprensible; es un sentimiento completamente natural, lo cual no impide que se combata con razón el egoísmo, que no es ya este mismo sentimiento, sino un exceso culpable; a la manera que se censura la avaricia, si bien es cosa natural, si puede decirse así, que todos los hombres aprecien el dinero. Es un verdadero encanto el favorecer y socorrer a los amigos, a los huéspedes, a los compañeros, y esta satisfacción sólo nos la puede proporcionar la propiedad individual.

Una ola de economistas a finales del siglo XIX ( Francis Edgeworth, William Stanley Jevons, Léon Walras y Vilfredo Pareto) construyeron modelos matemáticos con estos supuestos. En el siglo XX, la teoría de la elección racional de Lionel Robbins llegó a dominar la teoría económica y el término «hombre económico» adquirió un significado más específico; el de una persona que actúa racionalmente teniendo conocimiento completo por su propio interés y deseo de riqueza.

El uso de la forma latina se remonta, según Persky,[3] aunque Persky señala que su uso puede ser anterior.

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