Historia y teoría de la Arqueología

Excavación arqueológica.

El nacimiento de la arqueología es anterior al de la disciplina prehistórica, cuando los primeros exploradores del pasado se consagraron al estudio de los grandes monumentos de la Antigüedad clásica, el antiguo Egipto y el Próximo Oriente, o, si no disponían de tan espectaculares vestigios, se dedicaron al coleccionismo de antigüedades. Ambas tendencias contribuyeron al nacimiento de la arqueología precientífica, al desarrollo del método de excavación y reconstrucción, al conocimiento de la estratigrafía y a la creación de sistemas de clasificación de artefactos. Por no hablar de la creación de un corpus gráfico tan valioso como los de David Roberts y Frederick Catherwood, o de la creación de los primeros fondos museísticos. Desde la idea del anticuario y del historiador de las grandes civilizaciones antiguas, hasta la actualidad ha habido una importante evolución.

Del mito al logos en arqueología

Lo cierto es que durante toda su existencia, el ser humano ha sido consciente de que tenía un origen, de que había nacido en algún momento del pasado: todos los pueblos, primitivos o no, tienen tradiciones sobre su propia creación. Curiosamente, algunos, como los griegos o los hebreos, ven en ésta al ser humano como una degeneración de un modelo superior, una entidad divina de la que el hombre sería una pobre imitación decadente o impura. En el caso de los hebreos, existe una promesa de redención mesiánica, idea que ha pasado a la tradición cristiana.

Un ejemplo opuesto lo proponen filósofos también clásicos que consideran al hombre la medida de todas las cosas ( Protágoras de Abdera), el cambio de mentalidad es propio de la filosofía helenística. Diodoro Sículo, admitiendo al ser humano como un animal más, advierte que, debido al estímulo de la necesidad, la sociedad y el lenguaje, se alza sobre el resto hasta convertirse en el rey de la creación, en resumen, como el último escalón del progreso biológico. La misma idea es descrita con una admirable perspicacia por el poeta romano Lucrecio:

«Al principio, los hombres vivían como los animales, sin el arado y sin herramientas de hierro con que trabajar los campos, plantar o talar árboles. Estos hombres primeros comían sólo lo que el sol y la lluvia proporcionaban: carecían de ropas y no construían moradas permanentes, sino que vivían en cuevas y en chozas de ramas y hojarasca».

La idea del Hombre como centro del universo se transmitió, después de mucho tiempo, a los filósofos humanistas:

«Tú (que eres por naturaleza un espíritu lúcido, bueno, inmortal, capaz de la eterna estabilidad, de la eterna verdad y del inmenso bien) recuerda que, cuando alcances la divinidad, verás, desde la cumbre, que tú mismo estás en todas las cosas».

Objetos procedentes de África.

El humanismo coincide con las exploraciones portuguesas y españolas, la colonización europea de América y la instalación de factorías portuguesas en África, que tuvieron una consecuencia secundaria. Ciriaco Pizzecolli también conocido como Ciriaco d'Ancona o Ciríaco de Ancona ( Ancona c.1391 – Crémona c. 1455), fue un viajero y coleccionista de antigüedades italiano. Fue de los primeros humanistas del Renacimiento que estudió personalmente los restos físicos del mundo antiguo, y por tal motivo es recordado como el padre de la arqueología. Otros exploradores trajeron objetos de los pueblos que estaban conociendo, y ciertos estudiosos enseguida se percataron que otros objetos, muy parecidos, podían encontrarse entre las ruinas antiguas de la propia Europa (herramientas talladas en piedra, armas de cobre, joyas...). Las culturas recién descubiertas eran consideradas primitivas, eran menospreciadas, pero algunos europeos, con gran amplitud de miras, se dieron cuenta de que en Europa, forzosamente, hubo una fase pretérita en la que la cultura también era primitiva (entre ellos, Ulisse Aldrovandi ( 1522- 1605), de la universidad de Bolonia, que suponía que estos objetos fueron usados antes de que el hombre descubriese el hierro; su mente era demasiado abierta para la época ya que fue acusado de hereje).

El Renacimiento también es el inicio de la actividad arqueológica propiamente dicha, aunque con un objetivo exclusivamente enfocado a la inspiración artística: Brunelleschi, el famoso arquitecto, fue uno de los primeros en excavar ruinas romanas, Miguel Ángel, si no participó, al menos asistió a las excavaciones de las Termas de Caracalla, quedándose atónito ante el conjunto escultórico de Laocoonte, que apareció entre sus escombros. En 1550, el arquitecto Domenico Fontana, cuando seguía la tradicional costumbre de estudiar viejas ruinas romanas, descubrió Pompeya, sin embargo no prosiguió sus trabajos y la ciudad volvió a caer en el olvido hasta el siglo XVIII.[notas 1]

Pompeya es, intrínsecamente, un capítulo aparte en la historia de las excavaciones, pero por sí mismos, los trabajos emprendidos allí en los siglos XVII y XIX no suponen ningún avance ni en el método ni en el concepto de la arqueología, por eso dejaremos a sus excavadores para otro artículo (que esté más relacionado con la cultura clásica y la historia del arte), incluido el mitificado Winckelmann.

En efecto, los trabajos de arqueología clásica no aportaban nada nuevo porque se limitaban a desenterrar grandes monumentos, pero no planteaban ningún problema nuevo sobre la verdadera prehistoria humana. Es más, se adaptaban perfectamente a las ideas religiosas sobre la historia del hombre, y más en el caso del cristianismo, ya que proporcionaban un contexto a la vida de Jesucristo y sus discípulos. Por otro lado, este tipo de actividades se extendió fuera de Europa, despojando las áreas colonizadas de sus más ricos tesoros: obeliscos, cerámicas, frescos, sarcófagos, esculturas, incluso edificios enteros, fueron usurpados a sus verdaderos dueños para enriquecer los fondos de grandes museos como el Louvre, el British, el Pergamon de Berlín o el Metropolitan de Nueva York.

La antigüedad del ser humano

Podemos atribuir la ruptura con las ideas religiosas sobre la creación del ser humano a excepcionales figuras del siglo XIX. Por ejemplo, Charles Lyell, que había publicado en 1833, sus Principles of Geology, explicando con bastante precisión el proceso de erosión y sedimentación de estratos y calculando la edad de la Tierra muy por encima de las ideas imperantes en la fecha, a saber, la cronología bíblica calculada por Ussher y la teoría catastrofista que reinterpretaba el Diluvio Universal.[notas 2] El mismo año de la publicación del geólogo británico, el belga Schmerling había excavado la cueva de Engis, en la región de Lieja, demostrando que en el mismo estrato geológico había restos de rinocerontes, mamuts y otros fósiles ( algunos humanos, pero en muy mal estado) junto con útiles de sílex. La revelación fue tan increíble que ni siquiera Lyell le dio crédito.

La primera reconstrucción del Hombre de Neandertal en 1888.

Cuatro años después, el francés Boucher de Perthes había hallado hachas de pedernal en las terrazas del río Somme, a más de 20 metros de profundidad y en asociación con fósiles de elefante y otros animales extinguidos. Publicó sus hallazgos en varios libros, uno de los cuales tuvo cierta repercusión en Londres. Varios aficionados se trasladaron a Abbeville para visitar la zona y colaboraron en las excavaciones del investigador francés; enterado de los detalles, Lyell claudicó y llegó a la conclusión de que su antigüedad era como mínimo de cien mil años.

Esto ocurría en 1848, el mismo año en que se descubría el primer cráneo de Neandertal en Forbes Quarry (‘Cantera de Forbes’), Gibraltar, sin embargo, este hecho fue silenciado. Darwin ya había desarrollado su Teoría sobre la evolución, que no se atrevió a publicar hasta 1859 en el libro El origen de las especies. Por entonces otro cráneo encontrado en el valle Neander, en la localidad de Feldhofer, Alemania, había salido a la luz, y esta vez sí se le dio publicidad, pero se supuso que era una persona con graves malformaciones. En 1866 nuevos restos fueron hallados en la cueva Trou de la Paulette ( Dinant, Bélgica), y se parecían mucho a los hallazgos de Engis, Gibraltar y Düsseldorf. Cuando, al poco tiempo, en 1871, Darwin publicó El origen del hombre, donde defendía el desarrollo biológico humano desde un animal similar al mono, ya se había llegado a la convicción de la existencia de una especie extinguida de humano primitivo, el Hombre de Neandertal, llamado así en honor al valle del río cercano a Düsseldorf donde se hallaron los restos más conocidos. La teoría se corroboró en 1891, cuando Eugène Dubois divulgaba la existencia, en la isla de Java, de huesos de una especie más primitiva aún. Al considerarlo mitad hombre, mitad mono, su descubridor le bautizó como Pithecanthropus erectus (‘Hombre-mono que camina erguido’) y, aunque ahora se sabe que era completamente humano, durante mucho tiempo fue equiparado al eslabón entre nuestra especie y los primates superiores.

Comparativa de la anatomía de los primates superiores.

En esta fase, pues, se produce un importante ruptura que marcará el devenir de la ciencia prehistórica: se reconoce la enorme antigüedad de la especie humana (los historiógrafos suelen elegir el año 1859 como punto de inflexión), lo que plantea no pocos dilemas. El más importante, quizá, es el papel que va cobrando la ciencia frente a la religión. Porque la lucha de Lyell, Darwin, Schmerling, Boucher de Perthes y otros, es una lucha entre las creencias religiosas que ellos mismos tenían y las evidencias científicas que ellos mismos comprobaban. Esta rivalidad entre ciencia y religión no debe minimizarse, pues se extendió a toda la sociedad cultivada de la época. No se trataba ya de un problema de interpretación histórica del pasado, era mucho más: en muchos casos fue utilizada con el fin de demostrar el imparable progreso de la verdad científica. Era, en resumen, una lucha maniquea entre dos supuestas verdades absolutas, la religiosa y la científica.[1] Si comprendemos esto, compenderemos el durísmo trance por el que tuvieron que pasar muchos de los investigadores de la época, hasta que por fin se logró (mucho más tarde) compaginar ambas cosas.

El descubrimiento del «Hombre Solo» por Eugène Dubois no fue un hecho aislado en la historia de la paleoantropología, sino que está contextualizado en una serie de hallazgos que, quizá en su momento no tuvieron suficiente significación, pero que, con el tiempo, han ido encumbrándose por su trascendencia. La siguiente línea del tiempo, que va desde la recuperación de los huesos del valle Neander, en 1856, hasta 1930 puede dar idea de lo que estamos diciendo, a destacar, el hallazgo, en 1924 del primer australopiteco por Raymond Dart, el Niño de Taung (en Sudáfrica), un homínido prehumano de extraordinaria antigüedad, que, como el caso del Hombre del Neandertal, no fue asimilado por la comunidad científica hasta algún tiempo después.[2]

Cronología de los hallazgos de homínidos entre 1855 y 1930

Culturas y tipos (nace el evolucionismo)

Durante mucho tiempo, la arqueología avanzó sólo por adicción o por las mejoras en las técnicas del trabajo de campo o de laboratorio, pero sin planteamientos científicos honestos. De ahí surgió el viejo adagio: «Los arqueólogos de campo excavan en la basura, los arqueólogos de laboratorio escriben basura» ( Paul Bahn). Efectivamente, los especialistas en arqueología y prehistoria se confundían porque ninguna de las dos disciplinas había sido definida, salvo en los aspectos prácticos. No había un cuadro filosófico claro, se excavaba, a menudo, como otro medio de explotación colonial, o se anteponía el prestigio personal del arqueólogo a la protección del yacimiento, se buscaban tesoros y se despreciaba lo cotidiano.

Primeras herramientas conocidas en Europa.

Eso sí, a través de la detallada definición de los artefactos arqueológicos nacieron los tipos arqueológicos; por medio de sus similitudes y diferencias, la arqueología tradicional aprendió a crear los primeros modelos abstractos, los tipos y las culturas. Los tipos, a través de sus relaciones, de su idiosincrasia, de su ausencia o presencia, de su estilo..., servían para establecer grupos humanos, es decir, culturas. Se fue mucho más allá, tomando un préstamo de la paleontología, se desarrolló el concepto de «fósil-guía», un tipo de artefacto arqueológico que distinguiría la idiosincrasia de una cultura frente a otras, de modo que su presencia permite distinguirlas fácilmente. Las culturas se vinculaban a un tiempo y a un lugar, eran manifestaciones equivalentes a los tipos, pero aplicables a pueblos con rasgos peculiares, diferenciables que, generalmente se equiparaban a etnias. De este modo la cultura arqueológica devino en ser lo mismo que la cultura material. No obstante se entendían los cambios de un modo simplista, un determinismo lineal teleológico: las leyes humanas conducían indefectiblemente al progreso. Y el paradigma del progreso era Europa. De un modo u otro, los arqueólogos habían encontrado la justificación del origen de su cultura, de su supuesta superioridad sobre el resto del mundo, en especial, la burguesía que, paradójicamente, recurría a las tradiciones del pasado para explicar su ascenso social y para justificar sus actividades como un beneficio para la humanidad. Es lo que se dio en llamar la «teoría genealógica».[1]

Pioneros en este terreno son los daneses Thomsen y Worsaae, creadores de la idea de las tres edades de la Prehistoria ( edad de Piedra, edad de Bronce y edad de Hierro), completada por Lubbock ( Paleolítico y Neolítico). Todo esto ocurría a mediados del siglo XIX (la época de las grandes revoluciones burguesas); al mismo tiempo que Darwin, Lyell, Perthes y los descubridores del Hombre de Neandertal libraban sus respectivas batallas. Sin duda fueron unas décadas prodigiosas, no tanto para el avance científico, cuanto para el cambio de mentalidad hacia la Prehistoria; pero también tristes, porque se demostró que la ciencia no era inocua y que podía ser manipulada con fines espurios.

Poco después, el inglés Pitt Rivers desarrolló la idea de que todo el material arqueológico podía ordenarse según las secuencias tipológicas. Afortunadamente Pitt Rivers se esmeró en su tarea, incluyendo en sus tipologías, no sólo objetos raros o valiosos, sino también ejemplares ordinarios y cotidianos. Otros logros de este insigne investigador de túmulos y poblados británicos es que sus excavaciones eran ejemplares: llevaba un diario, realizaba planos y perfiles, dibujos detallados y reconstrucciones. Puede decirse que Pitt Rivers transformó el oficio de anticuario en el de arqueólogo e influiría decisivamente en el desarrollo de un método científico de excavación.

Ex Oriente lux (nace el difusionismo)

Palacio de Cnosos, en Creta, excavado y reconstruido por Arthur Evans a partir del año 1900.

La arqueología tradicional nació en el marco de una Europa colonialista, lo que condicionó su forma de interpretar los aspectos culturales. Los europeos enseguida asignaron a ciertos puntos geográficos el papel de núcleos culturales difusores de los que partían todas las grandes innovaciones. Es lo que se llama difusionismo.[notas 3] El difusionismo se aplicó sobre todo a momentos posteriores al Neolítico, éste y otras innovaciones posteriores se propagaron por el mundo desde allí (la agricultura, la ganadería, la escritura, la rueda, el estado, etcétera), incluyendo los megalitos, que serían pobres imitaciones de las pirámides egipcias. El difusionismo llegó a extremos propios de las ciencias ocultas, o de las seudociencias, a las que han alimentado durante décadas.

La fascinación por Oriente, espoleada por los descubrimientos de Schliemann en Troya ( 1870) y en Micenas (1876), hace que la arqueología occidental tenga un cuarto de siglo admirable en tierras de Oriente Medio: en el año 1900 sir Arthur Evans comenzaba a excavar en Cnosos, desvelando la civilización minoica; en 1903, en un trabajo ímprobo de seriación, Flinders Petrie ordenaba cronológicamente miles de tumbas egipcias de Naqada, Hu y Abidos, obteniendo la primera secuencia de faraones de las dos primeras dinastías del antiguo Egipto.[3] En 1904, simultáneamente, Ernesto Schiaparelli descubría la tumba de Nefertari y Pumpelly y Shmidt descubrían los kurganes escitas de las estepas de Turquestán en Annau; en 1906 Winckler excavaba Hattusa, la capital de los Hititas; Angkor, la antigua capital del Imperio Jemer, comienza a ser estudiada por arqueólogos franceses en 1907; en 1918 Thomson y Hall excavaban Eridu; en 1921 Anderson había descubierto Yang Shao Tsum, al tiempo que Sahni trabajaba en Harappa y Banerji en Mohenjo-Daro que, con la contribución de Marshall en 1923, adquirían carta de identidad como cuna de la civilización del Indo. Ese mismo año el Illustrated London News anunciaba que Lord Carnarvon y Howard Carter habían entrado en la tumba intacta del faraón Tutankamón. Hasta ese mismo año, en que concluía el protectorado británico sobre Egipto, la mitad de lo excavado se lo quedaba el estado egipcio y la otra mitad los arqueólogos, sin embargo, no ocurrió más y las piezas de la fastuosa tumba quedaron en su país de origen. En fin, este pasmoso periodo se cierra con Leonard Woolley excavando las Tumbas reales de Ur en 1926.

El estandarte de Ur: la «Cara de la Guerra». Descubierto por Leonard Woolley en los años 20, se encuentra actualmente en el Museo Británico de Londres.

No es de extrañar esa desmesurada obsesión de los arqueólogos por el difusionismo. Sin embargo, el difusionismo parece una mera anécdota a causa de la falta de base epistemológica de la arqueología tradicional. Los grandes descubrimientos se sucedían, pero no existía ninguna intención, ni deseo por desarrollar un corpus científico que sustentara todos estos avances. Incluso cuando esta mentalidad cambió, el investigador se limitaba a acumular datos (eso sí, contemplando hasta el detalle más nimio), a clasificarlos, a ordenarlos cronológicamente y a desarrollar especulaciones históricas fuera del marco científico, sin formular hipótesis (por supuesto sin contrastarlas), sin generar conceptos claros, sin generalizar, sin buscar leyes científicas. Era común que primase el estrellato de algunos investigadores, o de algunos yacimientos, en detrimento de la humildad frente a la incapacidad científica o de la salvaguada del patrimonio. Pero supuso, al menos, el intento de crear un segundo paradigma en esta disciplina, el difusionismo arqueológico.

Difusionismo contra evolucionismo

Estela de Copán, por Frederick Catherwood.

Mientras los apabullantes descubrimientos en Oriente parecían indicar que toda civilización tenía un origen común, a mediados del siglo XIX ciertos arqueólogos americanos comenzaron a contradecir con hechos estas ideas. Por ejemplo Benjamin Norman, seguido por John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood, dieron a conocer las ruinas de Chichén Itzá en 1839 y de otras ciudades del Yucatán en 1840. Desde entonces comenzó un expolio vergonzoso cuya culminación sería la adquisición de los terrenos (por 75 dólares) por parte de Edward Herbert Thompson en 1901, el cual se dedicó a saquear su patrimonio hasta que el gobierno mexicano pudo evitarlo, otorgando en 1924 la excavación de la ciudad arqueológica a la dirección de Sylvanus Morley de la Universidad de Harvard. Poco después, en 1939, se fundaba el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), con el objeto de preservar y promover el patrimonio histórico y paleontológico de México.

Las exploraciones se extendieron hacia los Andes, gracias en gran parte a la labor del peruano Julio César Tello que, a principios del siglo XX, dio a conocer, entre otras, la cultura Paracas y la cultura Chavín y reivindicó la envergadura cultural para las culturas andinas equivalente a las mesoamericanas. Aunque destaque, por su carácter más novelístico que científico, es resaltable el descubrimiento de Machu Picchu por Hiram Bingham en 1911.

Desde que John Lloyd Stephens dio a conocer sus descubrimientos en el Yucatán en el año 1841 (Incidents in Central America, Chiapas and Yucatan), hasta que Julio César Tello difundió los primeros datos sobre el sitio arqueológico de Chavín en 1919, tuvieron lugar otros hallazgos relevantes: como los de Cyrus Thomas en los Montículos del valle del Ohio en 1887. En 1908 fue descubierto el llamado Pozo de las Osamentas por George McJunkin, en Folsom (Nuevo México). Teoberto Maler divulgaba sus hallazgos sobre Yaxchilán en 1903 y, más tarde, otros restos de la cultura maya. En 1906 el yacimiento anasazi de Mesa Verde fue declarado parque nacional de los Estados Unidos y al año siguiente todo el Chaco de Nuevo México se convirtió en monumento nacional. En 1916, Sylvanus Morley descubrió el primer calendario maya en Uaxactún ( Guatemala). Entonces, se planteó el problema del origen de una serie de civilizaciones, como las americanas, que nacieron sin relación con las del resto del mundo, aisladas y que, a pesar de ello, alcanzaron niveles culturales equivalentes. La consecuencia más inmediata fue que las teorías del evolucionismo autóctono marcaron un tanto al difusionismo. Pero, mientras que para unos, este difusionismo era puro y mero determinismo cuasi biológico, otros simplemente veían un paralelismo no determinista, aunque sí, en parte causalista multilineal, ramificado, arborescente y compatible con la idea de los préstamos culturales.

Con el tiempo, ciertas zonas del continente americano se demostraron especialmente activas, especialmente creativas, por lo que el difusionismo acabó calando también, aunque por poco tiempo, en América, de la mano de Clark Wissler (1870-1947). Sin embargo, el difusionismo americano es mucho más moderado que el del Viejo Continente.

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