Historia del Perú desde 1980

El Perú a partir de 1980 retornó a la democracia, luego del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Lamentablemente junto con esto apareció la amenaza terrorista, que sometió al país por los siguientes veinte años. Los subsiguientes gobiernos democráticos de Fernando Belaúnde y Alan García no pudieron responder adecuadamente frente a esta amenaza. Pero para mediados de la década de 1990, durante el gobierno democrático de Alberto Fujimori se pudo contener la amenaza terrorista. Este gobierno culminó a mediados del 2000 con un fuerte rechazo popular y denuncias de corrupción. Luego de la caída de este gobierno, se estableció un gobierno de transición encabezado por Valentín Paniagua. Se convocaron a elecciones en el 2001 en las que salió elegido Alejandro Toledo.

Antecedentes: La caída del gobierno revolucionario y la asamblea constituyente

El gobierno revolucionario de las fuerzas armadas dio un golpe de Estado el 3 de octubre de 1968. El protagonista Juan Velasco Alvarado inició el denominado oncenio de la vergüenza en el Perú. Expropió casi todas las empresas del país: todas las pesqueras que habían logrado poner al país en el primer lugar en las exportaciones de harina de pescado, todas las mineras, las empresas de petróleo, incluyendo las expendedoras de combustible, denominadas grifos, las empresas de telecomunicaciones, las empresas generadoras y distribuidoras de electricidad, todos los medios de prensa escrita y televisada, todas las tierras agrícolas productivas y las grandes empresas agrícolas productoras de afamado algodón pima peruano y las azucareras. Cerró el país al mercado externo y desconoció la deuda externa del país, aislándolo por once años. Para ello gravó las importaciones con tasa de hasta 300% a más como los vehículos y prohibió el libre intercambio de moneda extranjera. Las empresas estatales fueron fastuosas y llenadas con miles de empleados públicos obviamente familiares de los militares, totalmente burocratizados y corruptos. Un ejemplo es que para obtener un teléfono fijo doméstico se debía pagar 2,000 dólares a un oscuro funcionario de la empresa monopólica de telefonía, de lo contrario, no se obtenía el servicio. Los vehículos particulares eran considerados como "artículos de lujo" y no como instrumentos de trabajo, gravándose a tasas exorbitantes. La supuesta sustitución de importaciones a través de la industrialización de país fue un engaño. A lo máximo que se llegó fue a emsamblar 2 marcas de vehículos que resultaban muchísimo más caros que importarlos desde su país de origen: Volskwagen y Toyota, por ejemplo. Las pocas empresas manufactureras fueron monopólicas, con productos de baja calidad y alto precio, porque no había incetivo a la inversión ni a la competencia entre empresas del mismo rubro. Los agricultores a quienes se les entregó pomposamente las tierras expropiadas fueron abandonados a su suerte y quedaron en manos de funcionarios de reforma agraria que lo único que hacían era ir y cobrarles por catastro, por asesoramiento, en tanto seguían cobrando su sueldo estatal. La corrupción extendida hacia los más pobres, a quienes supuestamente pretendían proteger o reivindicar. La crisis económico-financiera en la que cayó el país a fines de los setenta propició que los militares pensaran en retirarse, no sin antes, obviamente llenarse los bolsillos con las ganancias de las empresas expropiadas. Convocaron a una Asamblea Constituyente para modificar la Constitución del Perú de manera que ésta contuviera los lineamientos de su accionar, es decir, el rol preponderante del Estado Empresario, lo cual fue avalado por uno de los partidos políticos más conocido, el APRA. La izquierda peruana no firmó la constitución porque significaba su fin, ya que el siguiente paso era la convocatoria a elecciones democráticas. El daño económico, cultural, financiero y moral al país, sufrido durante ese oscuro periodo, que anecdóticamente incluyó bravuconadas de los militares peruanos ante Chile, supuestamente para recuperar territorio sur del Perú, perdido por los militares peruanos a fines de siglo XIX, constituyó la denominada década perdida del Perú.

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