Historia de las doctrinas políticas

Platón y Aristóteles en el fresco de Rafael La escuela de Atenas.

Historia de las doctrinas políticas, historia de la teoría política, historia de las ideas políticas o historia del pensamiento político son expresiones utilizadas para denominar a una disciplina historiográfica confluyente con la parte de la historia de la filosofía que se refiere a la política ( filosofía política). Se entiende, genéricamente, como parte de la historia de las ideas y, específicamente, como vertiente historiográfica de la politología o ciencia política, una de las ciencias sociales.[1]

Edades Antigua y Media

En la India antigua pueden encontrarse textos que reflexionan sobre la política desde el épico-mitológico Rig-veda (fines del II milenio a. C.) y el Canon Pali budista (c. siglo VI a. C.) Chanakia Pandit (c. 350-275 a. C.), el principal ministro del emperador Chandragupta Mauria, es considerado como uno de los primeros pensadores políticos y economistas; y de hecho se le denomina como el "Maquiavelo hindú". Con base en sus enseñanzas se escribió el Artha-shastra ( siglo II a IV d. C.), uno de los primeros tratados de pensamiento político, economía y orden social. Discute en detalle las políticas fiscales y monetarias, la asistencia social, las relaciones internacionales y las estrategias bélicas, entre otros temas de ciencia política.

En la China antigua, el pensamiento de Confucio y de Lao-Tsé, así como de las escuelas de pensamiento que los continúan, es en gran parte una reflexión sobre la sociedad, el Estado y la naturaleza cíclica de su historia.

En la civilización occidental, la reflexión intelectual sobre la politeia u organización política se remonta a la Antigüedad clásica, al menos desde Herodoto ( Historias), y principalmente con Platón ( Politeia -traducido habitualmente como "La república"-) y Aristóteles ( Política). La influencia posterior de estos textos fue inmensa.

Ni los ineducados y apartados de la verdad son jamás aptos para gobernar una ciudad, ni tampoco aquellos a los que se permite seguir estudiando hasta el fin; los unos, porque no tienen en la vida ningún objetivo particular, apuntando al cual deberían obrar en todo cuanto hiciesen durante su vida pública y privada, y los otros, porque, teniéndose por transportados en vida a las islas de los bienaventurados, no consentirán en actuar.

Platón, República, VII.

La autoridad y la obediencia no son sólo cosas necesarias, sino que son eminentemente útiles. Algunos seres, desde el momento en que nacen, están destinados, unos a obedecer, otros a mandar; aunque en grados muy diversos en ambos casos. La autoridad se enaltece y se mejora tanto cuanto lo hacen los seres que la ejercen o a quienes ella rige. La autoridad vale más en los hombres que en los animales, porque la perfección de la obra está siempre en razón directa de la perfección de los obreros, y una obra se realiza donde quiera que se hallan la autoridad y la obediencia. Estos dos elementos, la obediencia y la autoridad, se encuentran en todo conjunto formado de muchas cosas, que conspiren a un resultado común, aunque por otra parte estén separadas o juntas.

Aristóteles, Política, libro primero, capítulo II.[2]

La diferencia entre las respectivas expresiones doctrinales del idealismo platónico y el realismo aristotélico se ha interpretado incluso como una consecuencia de la diferente condición sociopolítica de ambos filósofos (Platón, ateniense de noble familia; Aristóteles, meteco -extranjero sin derechos políticos-). Mientras que el fundador de la Academia despreciaba el sistema democrático ateniense en favor de una utopía elitista; el del Liceo, crítico con todas las utopías, lo encontraba como el menos malo.[3]

En la democracia el ciudadano no está obligado a obedecer a cualquiera; o si obedece, es a condición de mandar él a su vez; y he aquí cómo en este sistema se concilia la libertad con la igualdad

Aristóteles, Política, VII, 1.[4]

Otros textos griegos de importancia fueron la Oración fúnebre de Pericles (en realidad una recreación de Tucídides) o las dos Athenaion Politeia (traducidas habitualmente como "La constitución de los atenienses" o "La república de los atenienses"), una atribuida a Aristóteles o a su círculo (inédita hasta 1880, que no forma parte del Corpus Aristotelicum y que puede ser uno -quizá el modelo- de los ciento setenta trabajos de investigación que las fuentes antiguas atestiguan que realizó sobre las constituciones o modos de organización política de distintas polis griegas y otros estados)[6] y la Lakedaimonion politeia ("La constitución de los lacedemonios" o "La república de los lacedemonios" o "de Esparta", esta sí de Jenofonte, que también desarrolla ideas políticas en otras de sus obras, especialmente en Ciropedia). A excepción del texto puesto en boca de Pericles, el pensamiento político griego no destacó precisamente por la defensa de la democracia ateniense, sino por planteamientos muy diferentes, tendentes al elitismo y críticos con la demagogia que se identificaba como un vicio consustancial a aquélla.


Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor / está en manos [según se lea oikeîn o hékein] de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo.

Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo por un respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que, aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir.

Ya en época romana, autores como Cicerón ( De re publica),[8] Tito Livio ( Ab Urbe Condita), Séneca y Tácito ( Historias, Anales) o los griegos Polibio ( Historias) y Plutarco ( Moralia), desarrollaron ideas políticas en sus obras. Notablemente, tuvo una gran trascendencia en el pensamiento político posterior el análisis de Polibio sobre la forma en que las distintas instituciones de la República romana se contrapesaban para establecer una forma de gobierno mixta entre las alternativas aristotélicas puras ( monarquía, aristocracia y democracia) y sus corrupciones ( tiranía, oligarquía y demagogia).

El pensamiento cristiano primitivo, después de las epístolas paulinas y la primera patrística, tuvo su principal autor político en San Agustín ( Civitate Dei), desarrollado por el agustinismo político de la cristiandad latina medieval en dos contextos principales: la justificación del triestamentalismo feudal ( Boecio, Isidoro de Sevilla, Escuela de Auxerre, Wulfstan de York, Adalberón de Laon) y la lucha por el dominium mundi entre los dos poderes universales ( Pontificado e Imperio). La plenitud de la Edad Media permitió la recuperación del pensamiento aristotélico a través de traducciones de fuentes árabes intermedias, lo que condujo a la síntesis escolástica de Tomás de Aquino ( Summa Theologiae, De Regimine Principorum -"Tratado del gobierno de los príncipes"-) y una nueva concepción del corpus politicum.

Mi reino no es de este mundo.

Jesucristo, citado en el Evangelio de Juan, 18:36.

Al César lo que es del César.

Jesucristo, citado en el Evangelio de Mateo, 22:21.

Hay... dos poderes por los cuales este mundo es particularmente gobernado: la sagrada autoridad de los papas y el poder real. De ellos, el poder sacerdotal es tanto más importante cuanto que tiene que dar cuenta de los mismos reyes de los hombres ante el tribunal divino.

... Aunque tengas el primer lugar en dignidad sobre la raza humana, empero tienes que someterte fielmente a los que tienen a su cargo las cosas divinas, y buscar en ellos los medios de tu salvación. Tú sabes que es tu deber, en lo que pertenece a la recepción y reverente administración de los sacramentos, obedecer a la autoridad eclesiástica en vez de dominarla. Por tanto, en esas cuestiones debes depender del juicio eclesiástico en vez de tratar de doblegarlo a tu propia voluntad. Pues si en asuntos que tocan a la administración de la disciplina pública, los obispos de la iglesia, sabiendo que el imperio se te ha otorgado por la disposición divina, obedecen tus leyes para que no parezca que hay opiniones contrarias en cuestiones puramente materiales, ¿con qué diligencia, pregunto yo, debes obedecer a los que han recibido el cargo de administrar los divinos misterios?

Carta del Papa Gelasio I al Emperador Anastasio I, año 494.[9]

Todo trono real que rija sabiamente se apoya en tres elementos: uno son los oratores; otro, los laboratores; el tercero, los bellatores. Los oratores son hombres de oración, que día y noche deben rezar a Dios y rogarle por todo el pueblo. los laboratores son hombres de trabajo, que proporcionan todo lo necesario para que el pueblo pueda vivir. Los bellatores son hombres de guerra, que luchan con las armas para defender la tierra.

Wulfstan de York, Institutes of polity, 1008-1010.[10]

Si el gobierno fuese injusto de uno solo, que en él procura sus propias comodidades y no el bien de la multitud que estuviese a su cargo, ese gobernador se llama tirano... Mas si el gobierno injusto fuese de más de uno, como no sean muchos, se llama oligarquía... y esto cuando algunos pocos por su poder oprimen al pueblo, difiriendo solo del tirano en que son más. Y si el mal gobierno se ejercitare por muchos, se llama democracia... que es, cuando la junta de los plebeyos por su muchedumbre oprime a los más ricos, y entonces todo el pueblo es como un solo tirano.

Santo Tomás de Aquino, De Regimine Principorum.[11]

Entre tanto, la cristiandad oriental medieval (el Imperio Bizantino) osciló entre el cesaropapismo y la teocracia (que en determinados momentos se expresaron en la oposición teológica y política entre iconoclastas e iconódulos);[13]

Nuestra tierra es grande y rica, pero no hay orden en ella. Que vengan a reinar príncipes sobre nosotros.

По́весть временны́х лет (Povest' vremennyj let, "Los relatos de los años pasados" o Primera crónica rusa), Néstor el Cronista, hacia 1113.

La asociación humana es una cosa necesaria. De ahí, el dicho de los filósofos: El hombre es social por naturaleza, es decir, no puede vivir sin una organización social, la ciudad.

...

Una vez que los individuos se han reunido en sociedad surge una nueva necesidad, la de una autoridad que imponga el orden entre ellos y los proteja a unos de otros. Debe ser un hombre que ejerza una autoridad y un poder coercitivo con mano firme.

Los Robaiyyat ("cuartetas") de Omar Jayyam y la Shahnameh ("La Épica de los Reyes") de Ferdousí contienen análisis políticos, mientras que musulmanes como Avicena y Averroes, o hebreos como Maimónides, continuaron la tradición analítica y empírica de la antigüedad clásica en sus comentarios a la obra de Aristóteles.

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