Historia de la ciencia en la Argentina

Luis Leloir (a la izquierda) festejando con sus compañeros el día que fue galardonado con el Premio Nobel de Química de 1970.

La historia de la ciencia en la Argentina describe la suerte de los investigadores e instituciones científicas de ese país, expuestos muchas veces a las inclemencias de su economía y de su política, pero capaces, pese a todo, de producir obras perdurables y útiles al saber y a la tecnología. Las épocas de los gobiernos de Bernardino Rivadavia y de Domingo Faustino Sarmiento, o la de la Generación de 1880, o los años de 1956 a 1966 fueron los momentos de su mayor esplendor. Muchos científicos que contribuyeron a la ciencia en la Argentina alcanzaron renombre internacional, entre ellos tres Premios Nobel, y a su vez varios investigadores extranjeros de fama mundial se radicaron en el país a lo largo de su historia. Todos ellos fueron capaces de impulsar la creación en el país de instituciones conocidas mundialmente por sus logros.

Los gobiernos sin amplitud de ideas y las crisis económicas fueron los principales conspiradores para que científicos bien formados en la Argentina se vieran obligados a emigrar a países con un horizonte más promisorio y mayor libertad de expresión.

Mario Bunge, físico, filósofo y epistemólogo argentino radicado en Canadá, que recibió entre otras distinciones el Premio Príncipe de Asturias (1982), escribió lo siguiente en 2001, refiriéndose a la política científica de su país en las últimas décadas y a las enseñanzas que le dejaron Enrique Gaviola, primer astrofísico argentino de renombre internacional, y Bernardo Houssay, primer Premio Nobel en ciencias de la Argentina:

La contribución de Houssay y Gaviola al diseño de una política científica fue decisiva para todos los investigadores de mi generación. Todos comprendimos que a) no hay desarrollo nacional sin desarrollo científico y b) éste requiere inversión no solo en instalaciones, sino también, y sobre todo, en estudiantes e investigadores de tiempo completo (lujo que en Argentina estuvo casi siempre reservado a personas con recursos propios).
Sin embargo, a la vuelta de los años he comprendido que esos principios, aunque necesarios, son insuficientes: que no puede haber política científica realista en un vacío económico, político y cultural. He llegado a la convicción de que, para ser factible, una política científica (y con mayor razón científico–técnica) debe inscribirse en un amplio proyecto nacional de desarrollo integral.

Mario Bunge[1]

A pesar de todo, la ciencia continúa siendo algo de lo cual el país puede considerarse orgulloso: según la revista Nature[2]​ es uno de los 19 países que lideran proyectos y aumentaron sus presupuestos del área en el 2006, y sigue siendo un líder regional, respaldado por su tradición científica.

Su capacidad actual es relevante en la biomedicina, la nanotecnología, la energía nuclear, las ciencias agrarias, el desarrollo de satélites, la biotecnología y la informática.

Período colonial

Este período no tiene prácticamente actividad científica alguna. Solo pueden señalarse publicaciones y observaciones aportadas por viajeros, misioneros y cronistas sobre ciencias naturales y etnografía, cierta preocupación colectiva por la difusión de la enseñanza y un incipiente ambiente científico en los albores del siglo XIX que desaparecen con el absolutismo político y las invasiones inglesas.

Primeros trabajos científicos

Las primeras manifestaciones culturales y científicas en el actual territorio argentino fueron realizadas por las órdenes religiosas, en especial la de los jesuitas, que en el siglo XVII fundó la primera universidad en Córdoba, que dictaba enseñanza en arte, teología y, a fines del siglo XVIII, jurisprudencia. También fundaron en Córdoba, en 1687, el Colegio de Monserrat. En su afán evangelizador realizaron expediciones exploratorias de importancia geográfica durante los siglos XVII y XVIII, y realizaron los primeros trabajos etnográficos y algunos de los primeros diccionarios y gramáticas de las lenguas indígenas de la zona sur del continente, entre ellos el guaraní y toba.[3]

Además fueron los constructores de la primera imprenta que funcionó en el país, la cual era manejada por los nativos que vivían en sus reducciones. El primer libro que se imprimió en ella data de 1700. También de ellos fue la segunda imprenta, que funcionó en el mencionado Colegio de Monserrat, con impresos de 1766. Dejó de funcionar en 1781 debido a la expulsión de la orden, pero reapareció en Buenos Aires al año siguiente como Real Imprenta de los Niños Expósitos y fue durante más de 30 años la única que funcionó regularmente en el país. Pocos fueron los trabajos de relevancia científica impresos por los jesuitas. Algunos de ellos fueron Los calendarios y las Tablas astronómicas del padre Buenaventura Suárez que realizó las primeras observaciones astronómicas en 1706, publicando en 1744 su trabajo Lunario de un Siglo.

Alejandro Malaspina, exploró las costas argentinas.

En 1787 el fraile dominico Manuel Torres desenterró del río Luján el primer esqueleto completo de megaterio. Después de dibujarlo lo envió a Madrid donde fue estudiado entre otros por Georges Cuvier.

La más importante expedición científica a las costas argentinas fue la llamada expedición Malaspina en 1789, propuesta y comandada por el italiano Alejandro Malaspina, que realizó trabajos hidrográficos, reunió material para el Jardín Botánico de España e investigó la historia y geografía de la zona. El húngaro Tadeo Haenke fue parte de ella, aunque por momentos se apartó y siguió un derrotero por tierra atravesando el actual territorio argentino. Resultado de esta incursión fue la extensa obra "Descripción del Perú, Buenos Aires,..." con los resultados de sus estudios.

El virreinato

En 1776 se crea el Virreinato del Río de La Plata y su segundo virrey Vértiz (1778-1783) tomó medidas para mejorar la cultura de la colonia. En esta época influyó la penetración de las ideas iluministas de Europa traídas principalmente por los jóvenes criollos que iban a estudiar a España.

La expulsión de los jesuitas en 1767 contribuyó a la difusión de las nuevas ideas, ya que esa orden era contraria a ellas y monopolizaba hasta ese entonces la educación. El Real Colegio Convictorio de San Carlos fundado en Buenos Aires en 1783 por Vértiz fue una institución surgida por obra de las nuevas corrientes, como así también el Protomedicato del Río de la Plata creado en 1779. Este último se encargaba del arte de curar y de formar y enseñar a profesionales. Dependía de España y su primer protomédico fue el irlandés Miguel O'Gorman. En 1793 se facultó a la institución para organizar estudios médicos gracias a lo cual nació, en 1801, la primera escuela de medicina cuyos estudios seguían un plan similar al de la Universidad de Edimburgo. Cosme Argerich, examinador del protomedicato, sería una de los médicos de renombre y el mentor del Instituto Médico Militar que luego pasaría a formar parte del Departamento de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Pero los estudios de medicina no lograron atraer interesados: en la camada de 1804 hubo solo cuatro inscriptos; en las de 1807 y 1810 ninguno. En 1812 solo tenía tres estudiantes por graduarse, que practicaban en el ejército. Las aulas del protomedicato se convirtieron en depósito de material para la guerra. Por otra parte existía el problema de que muchos estudiantes no daban las últimas materias, pues de hacerlo, al recibirse, estaban obligados a prestar su ayuda en las guerras de la independencia.[4]​ Hacia 1821 dejó de funcionar y se lo reemplazó por un Instituto Médico.

Manuel Belgrano, propulsó las ciencias por medio del Consulado.

Manuel Belgrano, como secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires, creó una Escuela de geometría, arquitectura, perspectiva y toda especie de dibujo, que inmediatamente formó parte de la Escuela de Náutica, creada en 1799 también por el Consulado con asesoramiento del marino español Félix de Azara. El objetivo de la academia no era sólo formar pilotos sino también proporcionar la enseñanza de las principales ramas de las matemáticas. Éstas, hasta ese entonces, solo tenían una función práctica y su desarrollo se limitaba a la concreción de simples estudios informales. Belgrano realizó esfuerzos para fomentar el estudio de las ellas de manera sistemática. Gracias a la academia llegan al país destacados matemáticos como Carlos O´Donnell, Pedro Cerviño y Juan Alsina. La escuela no tuvo larga vida pues sufrió daños durante las invasiones inglesas y la corona la consideró innecesaria en 1806.

En cuanto a Félix de Azara, éste emprendió una serie de viajes en misión oficial por la región del virreinato publicando las descripciones biológicas de las especies vertebradas conocidas, mientras que en su Voyage dans l’Amerique meridionale (1809) se ocupa de los insectos, peces, reptiles, vegetales silvestres, de cultivo y sales minerales.

Félix de Azara.

Con respecto al periodismo, además del Telégrafo Mercantil que se publicó a partir de 1801 y fue clausurado por el virrey en 1802, aparece en este último año el segundo periódico, Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, dirigido por Hipólito Vieytes y que deja de aparecer con la segunda invasión inglesa en 1807. Este semanario trataba temas vinculados con ciencia aplicada, en especial de agricultura. Así se publicaron lecciones científicas de química, memorias de mineralogía, lecciones de agricultura mediante preguntas y respuestas, temas acerca de la vacunación antivariolosa (de la cual el periódico fue un entusiasta propulsor) , una entusiasta descripción de los certámenes públicos en la Academia de Náutica, así como una serie de memorias, recetas, noticias y misceláneas referentes a cuestiones particulares.

El último periódico de la colonia, que solo duró un año, fue el Correo de Comercio de Manuel Belgrano, iniciado en marzo de 1810 y que contribuyó al despertar revolucionario.

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