Historia de la Argentina entre 1943 y 1963

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Historia de la Argentina
1943 - 1963
Peronismo y antiperonismo
La Argentina hacia 1943.

La Historia de la Argentina entre 1943 y 1963 se inicia con la formación y triunfo electoral del peronismo, seguido de su derrocamiento por un golpe de estado en 1955, que dio paso a una sucesión de dictaduras militares y gobiernos civiles de representatividad limitada en los que el peronismo estuvo proscripto. Todo el período estuvo signado por el enfrentamiento entre peronismo y antiperonismo con manifestaciones de extrema violencia política. La sanción de la ley del voto femenino en 1947 permitió que fuera durante este período que se reconociera el sufragio universal en Argentina.

En las elecciones de 1946 accedió al gobierno Juan Domingo Perón como candidato del Partido Laborista organizado por una gran cantidad de sindicatos y con un programa de justicia social, siendo reelecto en 1951. En 1955, luego de un bombardeo de aviones militares en la plaza de Mayo que causó la muerte de más de trescientas personas, un golpe de estado impuso una dictadura cívico-militar que tomó el nombre de Revolución Libertadora, que a su vez llamó a elecciones proscribiendo al peronismo, ganadas por Arturo Frondizi de la Unión Cívica Radical Intransigente. Frondizi fue también derrocado por un golpe militar en 1962 que impuso una nueva dictadura cívico-militar presidida por el radical intransigente José María Guido, quien a su vez volvió a convocar a elecciones en 1963 con el peronismo y el frondizismo proscriptos, que ganaría el radical del pueblo Arturo Illia.


Antecedentes

La Argentina, nacida en 1810, atravesó sus primeros 70 años de vida sumida en continuos enfrentamientos militares;[4]

Amparados por la impunidad que les otorgaban el recurso al fraude y el respaldo del Ejército, los gobiernos del período iniciado en 1932 se vieron envueltos en un clima generalizado de corrupción,[9]

El sindicalismo argentino, surgido en la década de 1870, había iniciado una fuerte transformación luego de las masacres obreras sufridas durante el primer gobierno radical, abandonando las posturas revolucionarias e insurreccionales para volcarse hacia un sindicalismo orientado a la negociación colectiva y el diálogo social. El anarquismo perdió importancia y se fortalecieron las corrientes sindicalista revolucionaria y socialista sobre la base de grandes sindicatos nacionales de rama, como la Unión Ferroviaria (eje central del modelo agroexportador y principal sindicato hasta la década de 1960) y la Confederación General de Empleados de Comercio. En 1930 las dos corrientes sindicales mencionadas y la comunista -de menor importancia- acordaron la creación de una central unificada que tomó el nombre de Confederación General del Trabajo, que se convertiría en adelante en la principal central sindical. En la década de 1930 el movimiento sindical se nacionalizó: comenzó a exigir la estatización de los sectores estratégicos de la economía, reemplazó las banderas rojas por banderas de color celeste y blanco y comenzó a cantar el himno nacional en los actos. Asimismo el sindicalismo comenzó a negociar con el Estado para gestionar servicios como la salud de los trabajadores y el turismo social, que llamaron "obra social".

El rápido crecimiento de las empresas industriales durante la década de 1930 hizo crecer numéricamente a la clase obrera, que nunca había sido muy numerosa, hasta convertirse en el sector mayoritario de la población. El Partido Socialista, por su parte, relegaba el acceso de los sindicalistas a las direcciones partidarias. Con algunas excepciones, la dictadura y los gobiernos fraudulentos de la década infame no dieron respuesta a la transformación sindical en curso ni al crecimiento de la clase obrera y siguió considerando a los sindicatos como un asunto marginal y generalmente policial.[10]

La incapacidad política de los sectores liberales y conservadores, frecuentemente asociados con la oligarquía y el capital británico, para llegar al gobierno por medios democráticos o mantenerlo sin fraude, así como la persistente crisis económica y la sensación de corrupción generalizada, desprestigió masivamente a los gobiernos de la década infame. El nacionalismo, que ya había tomado importancia desde prácticas políticas anteriores como el yrigoyenismo, un sector del socialismo (Palacios, Ugarte), el antimperialismo y la Reforma universitaria, se consolidó en la década de 1930, con la adhesión de gran parte del sindicalismo, sectores de la Iglesia Católica, sectores juveniles de la Unión Cívica Radical (Lebensohn, Frondizi Sabattini, FORJA) y las denuncias contra las operaciones británicas del Partido Demócrata Progresista, liderado por Lisandro de la Torre. Hasta los sectores conservadores, tradicionalmente ligados de manera cuasi-colonial con Gran Bretaña, desarrollaron corrientes nacionalistas; el más conocido fue el gobernador bonaerense Manuel Fresco, simpatizante del fascismo y autor de la expresión "fraude patriótico".

La década del '30 Se conformó así con un amplio espectro de grupos nacionalistas y liberales, que podían simpatizar tanto con las dictaduras o las democracias, el capitalismo o el socialismo, o modelos europeos en boga en aquella época como el stalinismo ruso, el fascismo italiano, el nazismo alemán,[12]

En la década de 1930 el partido político mayoritario era la Unión Cívica Radical, liderado por Marcelo T. de Alvear. Sólo mediante el fraude sistemático podía evitar el régimen que la UCR triunfara en las elecciones nacionales, aunque no pudo evitar que ganara en provincias como Córdoba. Pero el alvearismo no proponía un proyecto alternativo al del gobierno y en algunos casos fue cómplice de escandalosos casos de corrupción. Esta actitud llevó a la formación de un considerable sector interno, principalmente de jóvenes, que lucharon durante años para tomar el control del partido, mientras otros terminarían por rechazar su identificación con el mismo.[13]

Los otros dos partidos opositores, el Partido Socialista y el Partido Demócrata Progresista, fracasaron en extender su influencia fuera de la Capital Federal y la provincia de Santa Fe, respectivamente. El Partido Comunista quedó atado a las contradictorias decisiones que le obligó a tomar la política exterior de la Unión Soviética, especialmente a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial.[14]

El Ejército, identificado desde fines del siglo XIX con la eficiencia militar prusiana, quedó profundamente afectado por el estallido en 1939 de la Segunda Guerra Mundial, durante la presidencia del radical Roberto M. Ortiz. Aunque parte de la oficialidad prefería identificarse con Gran Bretaña, ni este sector, ni los diversos sectores nacionalistas apoyaron la pretensión de parte del gobierno entrar a la guerra, cuando ningún otro país americano había entrado en guerra.[15]​ La Argentina además tenía una tradición neutralista y de oposición a las guerras, que se había manifestado en el famoso libro de Juan Bautista Alberdi, El crimen de la guerra, donde se adelanta a las posturas antibelicistas que se multiplicarían desde la Primera Guerra Mundial, conflicto en el cual los presidentes conservador Victorino de la Plaza y radical Hipólito Yrigoyen mantuvieron la neutralidad contra todas las presiones.

Hasta 1941 Estados Unidos también promovió la neutralidad, debido a que ese país había decidido mantenerse neutral. El senador Harry Truman decía pocas semanas antes de ser atacados por Japón que "si vemos que Alemania está ganando tenemos que ayudar a Rusia, y si vemos que Rusia está ganando tenemos que ayudar a Alemania, y de ese modo dejemos que ellos maten tantos como puedan".[16]

Pero Estados Unidos fue atacado ese año por Japón y ello obligó a la potencia norteamericana e entrar en la guerra, presionando a los países latinoamericanos para que también entraran en guerra. La mayoría así lo fue haciendo, pero Argentina era el único país americano sobre el que Estados Unidos no tenía una influencia determinante. Gran Bretaña por su parte, con la que el gobierno mantenía una relación que el mismo partido de gobierno calificó de colonial, exigía que Argentina se mantuviera neutral, para que pudiera seguir abasteciéndola de alimentos.[* 1]​ Gran Bretaña denunció que Estados Unidos presionaba a la Argentina a entrar en guerra para dañar a Gran Bretaña y reemplazar la dominación británica por la dominación estadounidense. De hecho así pasó.

En 1942 y 1943 murieron los dos líderes que dominaban la vida política argentina: el radical Marcelo T. de Alvear y el militar conservador Agustín P. Justo. Tanto los dos principales partidos políticos como las fuerzas armadas quedaron fragmentados en decenas de grupos internos sin liderazgos claros. Poco después el presidente Castillo anunció que el candidato del régimen sería Robustiano Patrón Costas. Patrón Costas era un millonario salteño considerado "oligarca" por los partidos populares, ubicado en el sector más reaccionario del régimen y partidario de entrar en guerra.[17]​ La elección fraudulenta de Patrón Costas y la entrada en guerra de la Argentina era inminente.

El hecho concreto que desencadenó el golpe militar fue la renuncia que el presidente Castillo le exigió el 3 de junio a su Ministro de Guerra, el general Pedro Pablo Ramírez, por haberse entrevistado el 26 de mayo con un grupo de dirigentes de la Unión Cívica Radical que le ofrecieron la candidatura a presidente en las elecciones que se avecinaban, encabezando la Unión Democrática,[19]

Al día siguiente, el 4 de junio de 1943 las fuerzas armadas derrocaron al gobierno fraudulento de Castillo, el mismo día en el que iba a anunciar la candidatura de Patrón Costas.[20]

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