Historia de Susana

Susana y los viejos por Artemisia Gentileschi.

La Historia de Susana es un breve texto independiente asociado al Libro de Daniel. Es un caso similar a la Historia de Bel y el Dragón en el mismo libro. Forma parte de la versión griega de la Biblia conocida como Septuaginta, cuyo origen se remonta al Siglo III a.C., aunque algunas partes pueden ser posteriores. Aparece, además, en otra versión griega denominada de Teodoción, editada en el Siglo II de la Era Cristiana, en ambas forma parte del Libro de Daniel. El mismo criterio ha sido seguido por las tradiciones cristianas tempranas , como las ortodoxas, orientales, y la católica romana.

Desde las investigaciones de Henry Barclay Swete y Alfred Rahlfs, todos los estudiosos de los escritos bíblicos, han destacado que se trata de dos cuerpos de texto completamente independientes entre sí, así como del Libro de Daniel.[1]

El nombre de Susana procede del hebreo שושנה, shoushannah, pasando por el griego σουσαννα, sousanna, que puede traducirse al español como el cono del cuerpo de ciertos instrumentos musicales de viento (como el de la trompeta), y también como el cono formado por la disposición o la articulación de pétalos de flores de ciertas variedades. Actualmente se usa, de forma consensual, para hacer referencia a la flor de azucena, la flor de lirio blanco, un símbolo ancestral de la pureza, y de la castidad e integridad sexual de la mujer.

Canonicidad

La canonicidad de las Historias de Susana y de Bel y el Dragón ha sido debatida porque estos escritos no han sido incluidos en el Tanaj judío, así como tampoco en el llamado Texto Masorético, y los judíos actuales, aun cuando ven en ellas relatos que revisten valores y enseñanzas de carácter moral, no las han acogido como textos sagrados.

Entre los padres de la iglesia, y los apologistas cristianos de los primeros Siglos, Orígenes[6] Jerónimo de Estridón incluyó las Historias de Susana y de Bel y el Dragón al final de su propia versión al latín del Libro de Daniel, mas colocó ante ellos una breve nota advirtiendo que ellas no habían sido encontradas en versiones hebreas, y que él las transcribía siguiendo la Versión de Teodoción.

Las distintas iglesias de Oriente, que incluyen las iglesias cristianas ortodoxas, cópticas y siríacas, así como la iglesia católica romana en Occidente, avalan ambos textos al reconocerlos como parte integrante del Canon de sus Biblias, y los han acogido entre los documentos deuterocanónicos. Algunas tradiciones los asocian de lleno al Libro de Daniel, como si se tratase de otros dos capítulos de dicho documento, aun cuando los llaman por nombres muy distintos, de acuerdo con las distintas tradiciones.

Los grupos protestantes,[8] rechazan estos textos, así como los otros deuterocanónicos, que ellos desconocen, y que han llamado apócrifos.

La Comunión Anglicana, e iglesias afiliadas a la misma, tales como la Iglesia de Inglaterra y la Iglesia Episcopal —mismas que representan posturas intermedias entre el catolicismo y otros protestantismos—, por su parte, en el Artículo VI de su Declaración de 39 Artículos, describen estos textos como libros "que la iglesia debe leer como ejemplo de vida e instrucción conductual, más que no deben ser utilizados para establecer doctrina alguna", y los han publicado en los apéndices de algunas de sus Biblias; la cuál es una práctica asumida por ciertas importantes versiones y ediciones protestantes.

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