Hegemonía cultural

El concepto de hegemonía cultural fue desarrollado por el filósofo marxista Antonio Gramsci a fin de explicar cómo una sociedad aparentemente libre y culturalmente diversa es en realidad dominada por una de sus clases sociales: las percepciones; explicaciones, valores y creencias de ese sector llegan a ser vistos como la norma, transformándose en los estándares de validez universal o de referencia en tal sociedad, como lo que beneficia a todos cuando en realidad solo beneficia (o beneficia preferencialmente) a un sector dado.

Hegemonía cultural como legado gramsciano

La hegemonía, desde Antonio Gramsci, era un proceso en el cual los subordinados debían imponer otro "escenario" con la pena de acabar en la misma estructura social anterior. Un ejemplo posterior de esto fue aquello en lo que se convirtió la Revolución rusa.

Se puede pensar que una teoría de la hegemonía gramsciana, emparentada con la superestructura de Marx y la teoría de la "maldad estructural" del teólogo de la liberación Walter Wink, puede contradecir a la teoría de clases de Karl Marx porque habría idealmente bases de contacto entre el ejercicio de la dirección política y el de la dirección intelectual (en una base social) y la importancia será avanzar, sumando cualquier tipo de alianza (interclasista si es necesario) con el fin de conquistar un modelo cultural y contraponerlo contra el hegemónico con lo que se lograría superar el desnivelamiento entre opresión y moral histórica, fractura que también se podría entender anteriormente como contradicción de clase.

El evolucionismo de Herbert Spencer fue fundamental a la hora de dotar de un esquema procapitalista aún a los proyectos que iban contra el liberalismo, como el comunismo. Bajo ese influjo, en el cual cayeron hasta los marxistas, la teoría de la hegemonía cultural se cumplía: en el Estado social, o fuera de éste, la lógica del "progreso" se mantiene.

Algunos autores han desarrollada el concepto gramsciano de hegemonía. Íñigo Errejón ha considerado que dicho concepto es central en el análisis político actual definiendo la hegemonía como:[1]

Ese tipo de poder político que construye una relación en la que un actor político es capaz de generar en torno a sí un consenso, en el que incluye también a otros grupos y actores subordinados. Es decir, un grupo o actor concreto con unos intereses particulares es hegemónico cuando es capaz de generar o encarnar una idea universal que interpela y reúne no sólo a la inmensa mayoría de su comunidad política sino que además fija las condiciones sobre las cuales quienes quieren desafiarle deben hacerlo.
No se trata sólo de ejercer un poder político sino además hacerlo con una capacidad de hacerlo incluyendo algunas de las demandas y reivindicaciones de los sentimientos y sentidos políticos de grupos subordinados despojándolos de su capacidad de cuestionar el orden hegemónico liderado por el actor hegemónico que lo dirige.

Este autor señala que no se debe asociar la hegemonía con cualquier tipo de ventaja, primacía o liderazgo ya que esto implicaría desposeerlo de su carga explicativa.

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