Hagiografía

La hagiografía (del griego: ἅγιος, «santo», y γραφή, «escritura»)[1] es la historia de las vidas de los santos. Al autor o practicante de la hagiografía se le denomina hagiógrafo. Se denomina también como hagiógrafo a cualquier autor de los libros de la Sagrada Escritura, y, en la Biblia hebrea, a cada libro de la tercera parte.

Aunque el término se utilizaba únicamente para este fin en la tradición cristiana desde sus orígenes, e incluso se refería más propiamente al estudio colectivo de los santos (vidas de santos) en vez de uno en particular, actualmente se usa de forma extendida para referirse no sólo a las biografías de figuras equivalentes de religiones no cristianas, sino a las de personas que, para su biógrafo, reúnen méritos tan excepcionales y están a un nivel tan separado del resto que en la práctica les trata como a santos. El uso del término, en estos casos, suele ser peyorativo, por quien quiere criticar la falta de objetividad del autor.

En el siglo IV, tras la conversión de Constantino, se compilaron muchos martirologios, narrando (muchas veces con gran realismo y truculencia, lo que contribuyó no poco a su éxito) las excepcionales circunstancias de los mártires durante las persecuciones. Esta literatura cristiana martirial (Actas de los Mártires y las Pasiones o Martyria) surgida en el siglo II, fue suplida o sucedida por la biografía de personajes milagrosos; en este campo (hagiográfico) la figura ejemplar fue Atanasio de Alejandría: su obra Vida de San Antonio (escrita en 356 o 357) puede considerarse el acta fundacional de este nuevo género histórico. Escrita al poco tiempo de morir el célebre ermitaño, la popularidad de su biografía fue inmediata, tanto en Oriente como en Occidente. Atanasio pudo inspirarse en los prototipos paganos de "hombres santos", como Pitágoras y Apolonio de Tiana, que alcanzaron las cimas de la sabiduría y la perfección humana según los criterios de la paideia clásica. Pero Atanasio habla de una santidad distinta, que no se adquiere con la reflexión filosófica, sino en la búsqueda incansable de Dios, en la soledad del desierto, superando tentaciones demoníacas y curtiéndose en un ascetismo sobrehumano. Este prototipo de santidad, ideal espiritual de todo buen cristiano de la época, se encarnó por un elevado número de monjes, obispos y ermitaños, a cuyas tumbas o lugares de retiro acudía el pueblo fiel en busca de remedio para sus enfermedades, iluminación para cualquier otra adversidad o mediación ante los poderes celestiales. La santidad relevó así a la filosofía como el camino privilegiado de perfección. En ese mundo clásico dominado ideológicamente por el cristianismo, las biografías de héroes, emperadores, capitanes o filósofos. dejaron su lugar a las de estos personajes singulares, auténticos sucesores espirituales de los mártires, que vencen a los demonios y cumplen insólitos milagros con la asistencia de Dios.[2]

Las vidas de santos se leían como sermones y se catalogaban en calendarios anuales o menaion (del griego μηνιαίος, menaíos, "mensual"), de los que se hacían versiones cortas, del santo de cada día, o synaxarion. Las hagiografías elegidas por un compilador para formar un libro de vidas de santos se denominaban paterikon (del griego πατέρας, patéras, "padre").

En Europa Occidental, la hagiografía más divulgada en la Baja Edad Media y el Renacimiento fue la Leyenda Áurea de Jacopo da Vorágine y, durante la Edad Moderna, las Acta Sanctorum comenzadas por el jesuita Jean Bolland.

Géneros literarios

Los géneros literarios empleados en la hagiografía se diversifican según los modelos de santidad más populares entre los cristianos (así, por ejemplo, del modelo de los mártires se pasó al de los monjes y luego a los obispos como Martín de Tours, etc.), pero también según la intencionalidad de los autores. Así, por ejemplo, un acta de mártir elaborada durante el período de las persecuciones buscaba animar a los cristianos a dar su vida si fuera necesario para testimoniar su religión. En cambio, las actas de mártires que se escribieron desde el siglo IV tenían más bien un carácter apologético.

Los principales géneros literarios de la hagiografía son:

  • El escrito apócrifo, especialmente los relacionados con personas del Nuevo Testamento: textos que buscaban llenar los huecos de información que los textos canónicos dejaban sobre la vida de Jesús de Nazaret o de los primerísimos cristianos.
  • Las Actas de los mártires, que agrupa aquellas obras que reproducen las actas procesales que llevaron a la condena de algunos cristianos, o bien narraciones más o menos elaboradas del juicio que afrontó el mártir antes de ser condenado. El autor o compilador cristiano suele ser una persona contemporánea a los hechos. El ejemplo que suele mencionarse de acta son las de san Cipriano.[3]
  • Las pasiones, que narran el juicio y la muerte de los mártires cristianos. Los autores de estos testimonios son personas que vivieron mucho tiempo después del martirio. Por ejemplo, la Passio Sanctae Felicitatis.
  • Las vidas, al estilo de las escritas por Suetonio que fijaban su atención en toda la vida del santo (no sólo en el momento de su testimonio como mártir) y que, por tanto, buscan presentar al personaje como modelo de vida cristiana. A modo de ejemplo se puede mencionar la Vita Martini de Sulpicio Severo.
  • Los martirologios, que son listas ordenadas según el calendario con los santos cuyo dies natalis o natalicio se recuerda. Con el paso del tiempo, al simple nombre del santo a recordar se añadieron breves noticias biográficas. Se cree que el iniciador de este tipo de colección fue Beda el Venerable.
  • La leyenda era la narración edificante de la vida de un santo que se leía en la liturgia de las horas.
  • El legendario o pasionario era una colección de leyendas sobre vidas de santos usado con motivos de edificación. Uno de los más famosos es la Legenda aurea, de Jacobus de Voragine (siglo XIII).
  • Los himnos de temas hagiográficos, como los compuestos por Ambrosio de Milán o Prudencio de Calahorra.
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