Guerras revolucionarias francesas

Las Guerras revolucionarias francesas o Guerras de Coalición se sucedieron tras el inicio de hostilidades entre el gobierno revolucionario francés y Austria en 1792 y hasta la firma del Tratado de Amiens de 1802. Normalmente se dividen entre la Primera Coalición ( 1792- 1797) y la Segunda Coalición ( 1798- 1801), aunque Francia estuvo constantemente en guerra con Gran Bretaña desde 1793 hasta 1802. Estuvieron marcadas por el fervor revolucionario francés y por las innovaciones en el ámbito militar.

Estos eventos representaron una serie de campañas caracterizadas por el enfrentamiento entre Francia y las diversas coaliciones que se le opusieron, expandiendo en cada caso la primera su territorio. Las hostilidades cesaron con el Tratado de Amiens (1802). Para los eventos militares posteriores véanse las Guerras Napoleónicas. Ambos conflictos constituyen la Gran Guerra Francesa.

El navío Oriente explota durante la Batalla de Aboukir, 1 de agosto de 1798.

Contexto histórico

Desde el Tratado de Utrecht, Austria, Inglaterra y Francia habían quedado como las tres grandes potencias hegemónicas de Europa, aunque los intereses de las dos primeras las habían unido para enfrentarse con la tercera. Austria quería terminar con la influencia francesa en los Países Bajos e Inglaterra temía el poderío naval francés. España fue aliada de Francia contra Inglaterra mientras gobernaba la monarquía borbónica. A pesar de ello, era una potencia en decadencia: confinada en un extremo del continente, retenía sólo parte de su superioridad en el mar. Francia contaba a pesar de ello con otros aliados en las fronteras de Austria: Suecia en el norte, Polonia en el este, Baviera en el sur de Alemania, Prusia en el este y el Reino de Nápoles en Italia. Estas naciones, que tenían razones de sobra para estar resentidas con Austria, fueron los aliados naturales de Francia contra su enemigo. El Piamonte, enclavado entre las dos alianzas, se alió según sus intereses puntuales con unos u otros. Los Países Bajos se unían a Inglaterra o a Francia según fuera el partido gobernante en la república. Suiza era neutral.

Al final de la segunda mitad del siglo XVIII, dos potencias habían surgido en el norte: Rusia y Prusia. Estos últimos habían pasado a ser de un simple electorado a convertirse en un importante reino con Federico-Guillermo, que había aportado el tesoro y el ejército, y con su hijo, Federico el Grande, que había hecho uso de ellos para expandir el territorio. Rusia, largamente desconectada del resto de los países, se había introducido en la política europea de la mano de Pedro I y Catalina II. La ascensión de estas dos potencias desequilibró la anterior balanza de poderes. De acuerdo con el Congreso de Viena, Rusia y Prusia habían ejecutado la primera partición de Polonia en 1772, y tras la muerte de Federico el Grande, la emperatriz Catalina y el emperador José se unieron en 1785 para hacer lo propio con la Turquía Europea.

El Congreso de Versalles, debilitado tras la imprudente y desafortunada Guerra de los Siete Años, había asistido a la partición de Polonia sin oponerse, y no había puesto obstáculos a la caída del Imperio otomano y permitió que sus aliados republicanos de los Países Bajos fueran barridos por Prusia e Inglaterra sin prestarles ayuda. Estos últimos habían restablecido en 1787 el gobierno hereditario de las Provincias Unidas de los Países Bajos. El único acto que honró a la política francesa fue el apoyo dado a la independencia de los Estados Unidos. La revolución de 1789, aunque extendió la influencia moral de Francia, disminuyó aún más su influencia diplomática.

Inglaterra se alarmó en 1788 por los ambiciosos proyectos de Rusia, y en unión con las Provincias Unidas de los Países Bajos y Prusia, trató de ponerles freno. A punto de iniciar las hostilidades, el emperador José murió en febrero de 1790, y le sucedió Leopoldo, quien aceptó en julio la Convención de Reichenbach. Esta convención, con la participación de Inglaterra, Rusia y los Países Bajos, sentó las bases de la paz entre Austria y Turquía, quien la firmó el 4 de agosto de 1791 en Sistova, lo que al mismo tiempo permitió la pacificación de los Países Bajos. Presionada por Inglaterra y Prusia, Catalina II firmó también la paz con el Sultán otomano en Jassy el 29 de diciembre de 1791. Estas negociaciones y los tratados a los que dio lugar acabaron con las intrigas políticas del siglo XVIII, y dejaron libres a las potencias para volver su atención hacia la Revolución francesa.

Los príncipes de Europa, quienes hasta ahora no habían tenido otro enemigo sino ellos mismos, se encontraron con un enemigo común. Las antiguas relaciones de guerras y alianzas, que habían pasado por alto durante la guerra de los Siete Años, habían ahora cesado por completo. Era el inicio de la Primera Coalición.

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