Guerra de Sucesión Española

Guerra de Sucesión Española
Villars a Denain1.jpg
El mariscal Villars liderando la carga francesa durante la batalla de Denain. Óleo de Jean Alaux, 1839; Palacio de Versalles.
Fecha 1701- 1713/ 1715
Lugar Europa occidental, Norte de África y América[1]
Casus belli
Resultado Tratado de Utrecht, Tratado de Rastatt y Tratado de Baden
Consecuencias
Cambios territoriales
Beligerantes
Borbónicos Austracistas
Comandantes
Fuerzas en combate
  • Bandera de España 30 000[2]
  • Bandera de Francia 350 000[2]
  • Flag of Bavaria (lozengy).svg 32 000[2]
  • (Soldados movilizados al tiempo. No se incluyen todos los beligerantes)
  • Banner of the Holy Roman Emperor (after 1400).svg 100 000[2]
  • Bandera de Reino Unido 75 000[2]
  • Prinsenvlag.svg 130 000[2]
  • (Soldados movilizados al tiempo. No se incluyen todos los beligerantes)

Probablemente entre 400 000 y 700 000 muertos (100 000 a 200 000 civiles), sólo 228 000 a 274 000 caídos en combate, la mayoría por enfermedades y heridas.[4]
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La Guerra de Sucesión Española fue un conflicto internacional que duró desde 1701 hasta la firma del tratado de Utrecht en 1713, que tuvo como causa fundamental la muerte sin descendencia de Carlos II de España, último representante de la Casa de Habsburgo, y que dejó como principal consecuencia la instauración de la Casa de Borbón en el trono de España.[nota 2]

Situación política previa

Los tratados de partición de los territorios de la «monarquía católica» de Carlos II

El último rey de España de la casa de Habsburgo, Carlos II el Hechizado, debido a su esterilidad y enfermedad, no pudo dejar descendencia. Durante los años previos a su muerte –en noviembre de 1700– la cuestión sucesoria se convirtió en asunto internacional e hizo evidente que España constituía un botín tentador para las distintas potencias europeas.

Tanto el rey Luis XIV de Francia, de la Casa de Borbón como el emperador Leopoldo I del Sacro Imperio Romano Germánico, de la Casa de Habsburgo alegaban derechos a la sucesión española, debido a que ambos estaban casados con infantas españolas hijas de Felipe IV y, además, las madres de ambos eran hijas de Felipe III.

El Gran Delfín de Francia, hijo primogénito y único superviviente de Luis XIV, a través de su madre, María Teresa de Austria, hermana mayor de Carlos II, parecía ser el descendiente del "rey católico" con más derechos a la corona española ya que tanto la madre como la esposa de Luis XIV, Ana de Austria y María Teresa de Austria, respectivamente, eran mayores que sus respectivas hermanas, María de Austria y Margarita de Austria, madre y esposa del emperador Leopoldo. Sin embargo, en contra suya jugaba el hecho de que tanto Ana de Austria, madre de Luis XIV, como María Teresa de Austria, esposa de Luis XIV y madre del Gran Delfín, habían renunciado a sus derechos sucesorios a la Corona de España, por ellas y por sus descendientes.[7] Además, como heredero también al trono francés, la reunión de ambas coronas hubiese significado, en la práctica, la unión de España –y su vasto imperio– y Francia bajo una misma dirección, en un momento en el que Francia era lo suficientemente fuerte como para poder imponerse como potencia hegemónica.

Por su parte los hijos del emperador Leopoldo I, primo hermano de Carlos II, tenían un parentesco menor que el Gran Delfín ya que su madre no era española sino la alemana Leonor de Neoburgo, así que, como ha señalado Joaquim Albareda, "en términos legales la cuestión sucesoria era enrevesada, ya que ambas familias [Borbones y Austrias] podían reclamar derechos a la corona [española]".[8]

Por otro lado, las otras dos grandes potencias europeas, Inglaterra y los Países Bajos, veían con preocupación la posibilidad de la unión de las Coronas francesa y española a causa del peligro que para sus intereses supondría la emergencia de una potencia de tal orden. También ofrecían problemas los hijos de Leopoldo I, puesto que la elección de alguno de los dos como heredero supondría la resurrección de un imperio semejante al de Carlos I de España del siglo XVI (deshecho por la división de su herencia entre su hijo Felipe II de España y su hermano Fernando I de Habsburgo). Un temor compartido por Luis XIV que no quería que volviese a repetirse la situación de los tiempos de Carlos I de España, en la que el eje España-Austria aisló fatalmente a Francia. Así que tanto Inglaterra como los Países Bajos apoyaron una tercera opción, que también era bien vista por la corte española, la del hijo del Elector de Baviera, José Fernando de Baviera, bisnieto de Felipe IV y sobrino nieto del rey Carlos II. Aunque tanto Luis XIV como Leopoldo I estaban dispuestos a transferir sus pretensiones al trono a miembros más jóvenes de su familia –Luis al hijo más joven del Delfín, Felipe de Anjou, y Leopoldo a su hijo menor, el Archiduque Carlos–, la elección del candidato bávaro parecía la opción menos amenazante para las potencias europeas. Así que el rey Carlos II nombró a José Fernando de Baviera como su sucesor.

Para evitar la formación de un bloque hispano-alemán que ahogara a Francia, Luis XIV auspició el Primer Tratado de Partición, firmado en La Haya en 1698, a espaldas de España. Según este tratado, a José Fernando de Baviera se le adjudicaban los reinos peninsulares (exceptuando Guipúzcoa), Cerdeña, los Países Bajos españoles y las colonias americanas, quedando el Milanesado para el Archiduque Carlos y Nápoles, Sicilia, los presidios de Toscana y Finale y Guipúzcoa para el Delfín de Francia, como compensación por su renuncia a la corona hispánica. El problema surgió cuando José Fernando de Baviera murió prematuramente en 1699, lo que llevó al Segundo Tratado de Partición, también a espaldas de España. Bajo tal acuerdo el archiduque Carlos era reconocido como heredero, pero dejando todos los territorios italianos de España, además de Guipúzcoa, a Francia. Si bien Francia, los Países Bajos e Inglaterra estaban satisfechas con el acuerdo, Austria no lo estaba y reclamaba la totalidad de la herencia española. Tampoco fue aceptado por la corte española, encabezada por el cardenal Portocarrero, porque además de imponer un heredero suponía la desmembración de los territorios de la Monarquía.[9]

El testamento de Carlos II

Henri Antoine de Favanne: España ofrece la corona a Felipe de Anjou en presencia del cardenal Portocarrero, 1704, Versalles, châteaux de Versailles et de Trianon.

En la última década del siglo XVII se extendió en la corte de Madrid una opinión favorable a que se convocaran las Cortes de Castilla para que resolvieran la cuestión sucesoria si el rey Carlos II como era previsible moría sin descendencia. Esta opción era apoyada por la reina Mariana de Neoburgo, el embajador del Imperio Aloisio de Harrac, por algunos miembros del Consejo de Estado y del Consejo de Castilla que ya en 1694 defendieron «la reunión de Cortes como único remedio de salvar la Monarquía». Sin embargo, frente a esta opción "constitucionalista" se impuso la posición absolutista que defendía que era el rey quien en su testamento debía resolver la cuestión.[10]

Carlos II de España, último rey español de la dinastía Habsburgo, por W. Humer.

Cuando en 1696 Carlos II testó a favor de José Fernando de Baviera y, sobre todo, cuando en 1698 se conoció en Madrid la firma del Primer Tratado de Partición, que dejaba al archiduque Carlos únicamente con el Milanesado, se formó en la corte un "partido alemán" (o austracista) para presionar al rey para que cambiara su testamento en favor del segundo hijo del emperador. Ese "partido alemán" estaba encabezado por Juan Tomás Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla y por el conde de Oropesa, presidente del Consejo de Castilla y primer ministro de facto, y el conde de Aguilar, y contaba con el apoyo de la reina y del embajador del Imperio. Frente a él se alzaba el "partido bávaro", encabezado por el cardenal Luis Fernández Portocarrero, y el embajador de Luis XIV, el marqués de Harcourt, que seguía presionando para defender los derechos de Felipe de Anjou.[11]

La cuestión sucesoria se convirtió en una grave crisis política a partir de febrero de 1699 cuando se produjo la muerte del candidato escogido por Carlos II, José Fernando de Baviera –de siete años de edad–, porque el "partido bávaro" del cardenal Portocarrero al haberse quedado sin candidato se acabó inclinando por Felipe de Anjou. Nació así el "partido francés" que acabaría ganándole la partida al "partido alemán", gracias entre otras razones a la eficaz gestión del embajador Harcourt –que no excluyó el soborno entre la Grandeza de España[16]

Mirando a la manutención entera de esta Monarquía hay poco que dudar, o nada, en que sólo entrando en ella uno de los hijos del Delfín, segundo o tercero, se puede mantener

Así pues, Carlos II, persuadido también de que la "opción francesa" era la mejor para asegurar la integridad de la «monarquía católica» y de su Imperio –y ello a pesar de las cuatro guerras que había mantenido contra Luis XIV a lo largo de su reinado: Guerra de Devolución entre 1667 y 1668; Guerra de Holanda entre 1673 y 1678; Guerra de 1683-1685; y Guerra de los Nueve Años entre 1688 y 1697– testó el 2 de octubre de 1700, un mes antes de su muerte, a favor de Felipe de Anjou, hijo segundo del Delfín de Francia y nieto de Luis XIV, a quien nombró «sucesor... de todos mis Reinos y dominios, sin excepción de ninguna parte de ellos» –con lo que invalidaba los dos tratados de partición–.[17]

En el testamento Carlos II establecía dos normas de gran importancia y que el futuro Felipe V no cumpliría. La primera era el encargo expreso a sus sucesores de que mantuvieran «los mismos tribunales y formas de gobierno» de su Monarquía y de que «muy especialmente guarden las leyes y fueros de mis reinos, en que todo su gobierno se administre por naturales de ellos, sin dispensar en esto por ninguna causa; pues además del derecho que para esto tienen los mismos reinos, se han hallado sumos inconvenientes en lo contrario». Así decía que la «posesión» de «mis Reinos y señoríos» por Felipe de Anjou y el reconocimiento por «mis súbditos y vasallos...»'[como] «su rey y señor natural» debía ir precedida por «el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos», además de que en el resto del testamento se incluían nueve referencias directas más al respeto de las «leyes, fueros, constituciones y costumbres». Según Joaquim Albareda, todo esto manifiesta la voluntad de Carlos II de «asegurar la conservación de la vieja planta política de la monarquía frente a previsibles mutaciones que pudieran acontecer, de la mano de Felipe V». La segunda norma era que Felipe debía renunciar a la sucesión de Francia, para que «se mantenga siempre desunida esta monarquía de la corona de Francia».[18]

En conclusión, la elección de Felipe de Anjou se debió a que el gobierno español tenía como prioridad principal la conservación de la unidad de los territorios del Imperio español, y Luis XIV de Francia era en ese momento el monarca con mayor poder de Europa y, por ello, prácticamente el único capaz de poder llevar a cabo dicha tarea.

La aceptación del testamento por Luis XIV y la ruptura del «tratado de reparto»

Proclamación de Felipe V como Rey de España en el Palacio de Versalles ( Francia) el 16 de noviembre de 1700. Pintura de François Gérard.

El 1 de noviembre de 1700 se produjo la muerte de Carlos II –tres días antes había nombrado una Junta de Gobierno al frente de la cual había situado al cardenal Portocarrero–. El 9 de noviembre se confirmaba en Versalles que Carlos II había nombrado como su sucesor al segundo hijo del Delfín de Francia, Felipe de Anjou, lo que abrió un debate entre los consejeros de Luis XIV ya que la aceptación del testamento supondría la ruptura del Segundo Tratado de Partición suscrito en marzo con el reino de Inglaterra y con las Provincias Unidas. El embajador francés en Londres relató la dudas de Luis XIV: «se sentía contento por la reunión de las dos monarquías, pero preveía que ello podía conducir a una guerra que se había propuesto evitar».[19]

Luis XIV finalmente respaldó el testamento. El 12 de noviembre de 1700, hizo pública la aceptación de la herencia en una carta destinada a la reina viuda de España en la que decía:

Nuestro pensamiento se aplicará cada día a restablecer, por una paz inviolable, la monarquía de España al más alto grado de gloria que haya alcanzado jamás. Aceptamos en favor de nuestro nieto el duque d'Anjou el testamento del difunto rey católico.

Retrato oficial de Luis XIV por Hyacinthe Rigaud, 1701, Museo del Louvre.

El 16 de noviembre,[20] el rey de Francia, ante una asamblea compuesta por la familia real, altos funcionarios del reino y los embajadores extranjeros, presentó al duque de Anjou con estas palabras:

Señores, aquí tenéis al rey de España.

Pero a continuación le dirigió a su nieto una frase que inquietó al resto de potencias europeas, cuya respuesta no se haría esperar:[21]

Sé buen español, ése es tu primer deber, pero acuérdate de que has nacido francés, y mantén la unión entre las dos naciones; tal es el camino de hacerlas felices y mantener la paz de Europa.

Tampoco pasó desapercibida la frase a la Junta de Gobierno del cardenal Portocarrero –ya que vulneraba el testamento del rey Carlos II, que prohibía expresamente la unión de las dos coronas– sobre todo cuando el embajador español en la corte de Versalles le comunicó al cardenal lo que le había dicho Luis XIV durante la entrevista que mantuvieron el mismo día de la presentación de Felipe V:[22]

Ya no hay Pirineos; dos naciones, que de tanto tiempo a esta parte han disputado la preferencia, no harán en adelante más de un solo pueblo.

Estos temores se confirmaron al mes siguiente cuando Luis XIV hizo una declaración formal de conservar el derecho de sucesión de Felipe V al trono de Francia –legalizada en virtud de cartas otorgadas por el Parlamento de París del 1 de febrero de 1701–,[22]

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