George Herbert

George Herbert
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Información personal
Nacimiento 3 de abril de 1593 Ver y modificar los datos en Wikidata
Montgomery, Reino Unido Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento 1 de marzo de 1633
(39 años)
Wiltshire, Reino Unido Ver y modificar los datos en Wikidata
Causa de muerte Tuberculosis Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Reino Unido
Educación
Alma máter
Información profesional
Ocupación Sacerdote, poeta, clérigo, escritor y político Ver y modificar los datos en Wikidata
Cargos ocupados
  • Miembro del Parlamento del Reino de Inglaterra Ver y modificar los datos en Wikidata
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George Herbert ( 3 de abril de 15931 de marzo de 1633) fue un poeta, orador y sacerdote inglés.[2]

Vida y obra

Escultura de Herbert en la catedral de Salisbury.

Al lado de Donne vemos aparecer otros poetas, aún desigualmente valorados, que tienen tanta profundidad como él en pensamiento y sentir religioso, pero que saben expresar de un modo terno y nítido, bien alejado de todo “barroquismo”. Mal haríamos, pues, en considerarles como simples coetáneos de la escuela de Donne, puesto que, diferenciándose de él en su mayor sencillez, rivalizan a veces con él en al imperecedera cualidad de sus resultados. Sobre todo, esto lo advertimos en George Herbert, cuya profunda religiosidad y ejemplar dedicación sacerdotal han contribuido a que se aplicara el epíteto de “devocionales” a estos poetas, como medio de distinguirles de Donne. Como la etiqueta de “metafísicos”, la etiqueta “devocionales” tenía cierto sabor inicialmente peyorativo, hoy sólo exótico y de excentricidad respecto a la corriente central de la tradición inglesa. La poesía de George Herbert tiene una claridad emocionada, directa, no enturbiada ni aun por la ocasional dificultad de ciertas imágenes o ideas, también engarzadas en la simple línea de desarrollo unitario de cada poema. Su voz es coloquial, íntima.[3]

“La réplica”. La esencial originalidad de George Herbert, y lo que hace que le sintamos como poeta actual, es que sabe adoptar un lenguaje menudo y familiar para las grandes cuestiones del hombre, y resolver imaginativamente los clamores del alma con Dios en visiones concretas, tangibles, humildes, como al terminar el poema “Amor”. “El amor tomó mi mano, y sonriente replicó - ¿Quién hizo los ojos, sino yo? - Verdad, Señor, pero los he echado a perder: que mi vergüenza – vaya donde es debido”.[ cita requerida].[4] El poeta es consciente de la peculiaridad de su camino creativo, y en algún momento hace más difícil su verso precisamente para exponer polémicamente su “arte poética”, con curiosas e insólitas vetas de sátira, y con un rigor intelectual de conceptos que supera en modernidad y “vanguardismo” a mucha poesía actual. Esto podemos verlo en su poema “Jordán”, y expone así su doctrina de “funcionalismo expresivo”, con sentido religioso.

Sin embargo, sólo desde los Románticos se empieza a preparar la gradual “recuperación” de estos poetas. George Herbert no destaca entre ellos solamente por su honda y serena pasión religiosa, ni por su sentido de “clímax” dramático en sus poemas: hay, además, en él otro elemento decisivo poéticamente, y es una fina melancolía elegíaca, que establece con el lector el contacto emotivo donde actúan sus conceptos y representaciones. Su soledad, entre Dios y los hombres.[1]

Su nombre figura entre las celebraciones del Calendario de Santos Luterano.

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