Gas venenoso en la Primera Guerra Mundial

Un ataque con gas venenoso usando cilindros de gas durante la Primera Guerra Mundial.

El uso de gas venenoso en la Primera Guerra Mundial fue una importante innovación militar. Los gases utilizados iban desde el gas lacrimógeno a agentes incapacitantes como el gas mostaza y agentes letales como el fosgeno. Esta guerra química fue uno de los principales elementos de la primera guerra global y también de la primera guerra total del siglo XX.

La capacidad letal del gas era limitada —solo el 3% de las muertes en combate fueron debidas al gas—, pero la proporción de bajas no letales fue alta, llegando el gas a ser uno de los factores más temidos entre los soldados. Al contrario que la mayoría de las armas de la época, fue posible desarrollar contramedidas efectivas para el gas. De ahí que en las fases finales de la guerra, aunque el uso del gas aumentó, en muchos casos su efectividad disminuyó. Debido al uso generalizado de la guerra química, además de los importantes avances en la fabricación de explosivos de alto poder, a veces se ha calificado a la Primera Guerra Mundial como "la guerra de los químicos".

Historia

1914, gas lacrimógeno

Los primeros usos de agentes químicos como armas fueron en forma de irritante lacrimógeno, en lugar de venenos letales o incapacitantes. Aunque generalmente se cree que los gases se utilizaron por primera vez en la Primera Guerra Mundial, hay informaciones de que los espartanos utilizaron gas sulfuroso en el siglo V a. C.

Durante la Primera Guerra Mundial, los franceses fueron los primeros en emplear gas, utilizando granadas de mano rellenas de gas lacrimógeno ( bromuro de xililo) en agosto de 1914. Alemania respondió con la misma moneda en octubre de 1914, disparando obuses de fragmentación llenos de agentes químicos irritantes contra las posiciones francesas en Neuve Chapelle, aunque la concentración lograda era tan pequeña que apenas se percibió.

1915, uso a gran escala y gases letales

Alemania fue la primera en hacer uso a gran escala del gas como arma. El 31 de enero de 1915, se dispararon 18.000 obuses llenos de bromuro de xililo líquido (conocido como T-Stoff) sobre las posiciones rusas en el río Rawka, al oeste de Varsovia, durante la Batalla de Bolimov. En lugar de vaporizarse, el producto se congeló, fallando estrepitosamente.

El cloro fue el primer agente letal que se empleó. El conglomerado de empresas químicas IG Farben producía cloro como subproducto de la fabricación de tintes. En cooperación con Fritz Haber, del Kaiser Wilhelm Institute de Química de Berlín, empezaron a desarrollar métodos para descargar cloro gaseoso contra las trincheras enemigas. El 22 de abril de 1915, el ejército alemán tenía 160 toneladas de cloro repartidas en 5.730 cilindros frente a Langermarck, al norte de Ypres, ( Bélgica). A las 17:00, con una ligera brisa del este, liberaron el gas, formando una nube verde grisácea que se desplazó hasta las posiciones de las tropas coloniales francesas, las que abandonaron sus trincheras creando una franja vacía de 7 km en las líneas aliadas. Sin embargo, la infantería alemana también temió el contacto con el gas, además de carecer de refuerzos, de manera que no consiguieron aprovechar la retirada enemiga antes de que llegaran refuerzos canadienses y británicos.

En lo que acabaría convirtiéndose en la Segunda Batalla de Ypres, los alemanes utilizaron gas en tres ocasiones más; el 24 de abril contra la Primera División de Infantería de Canadá, el 2 de mayo cerca de Mouse Trap Farm y el 5 de mayo contra los británicos en la Colina 60. A esas alturas ya existían defensas contra el gas; la British Official History afirmaba que en la Colina 60:

"murieron 90 hombres por envenenamiento por gas en las trincheras; de los 207 trasladados a las salas de vendaje, 46 murieron casi de inmediato y 12 tras largo sufrimiento."

El cloro era ineficiente como arma. Producía una nube verdosa claramente visible y un fuerte olor, facilitando su detección. Era soluble en agua, de manera que el sencillo recurso de cubrir la boca y la nariz con un paño húmedo, servía para reducir el impacto del gas. Se pensaba que era más efectivo usar orina en lugar de agua, ya que el amonio neutralizaría el cloro, pero no se sabía que el amonio y el cloro pueden producir gases tóxicos peligrosos. Se necesitaba una concentración de cloro de 1.000 partes por millón para que fuera letal destruyendo el tejido de los pulmones. A pesar de sus limitaciones, el cloro fue un arma de disuasión muy efectiva, y la visión de una nube de gas aproximándose era una fuente continua de miedo entre la infantería.

Ataques con gas británicos

Los británicos expresaron su indignación ante el uso alemán de gas venenoso en Ypres, pero respondieron desarrollando su propia habilidad para la guerra química. El comandante del British II Corps, el teniente general Ferguson, dijo acerca del gas:

La infantería británica avanzando a través del gas en la Batalla de Loos, el 25 de septiembre de 1915.

Es una forma cobarde de hacer la guerra que ni yo ni ningún soldado inglés aprobamos. No podemos ganar esta guerra a menos que matemos o incapacitemos a más enemigos que ellos con nosotros, y si esto solo se puede conseguir copiando al enemigo en su elección de las armas, no debemos rehusar hacerlo.

Al final, el ejército británico abrazó el uso del gas con entusiasmo y organizó más ataques químicos que ningún otro contendiente. Esto se debió en parte a que los británicos pasaron más tiempo en la ofensiva durante los años finales. Además, los vientos predominantes en el Frente Occidental eran de poniente, lo que significaba que los británicos contaban con más frecuencia de condiciones favorables para liberar gas que los alemanes. El primer uso de gas por parte de los británicos fue en la Batalla de Loos, el 25 de septiembre de 1915, pero el intento resultó un desastre. El agente utilizado fue el cloro, con nombre en clave "Estrella Roja", (150 toneladas dispuestas en 5.500 cilindros), dependiendo el ataque de un viento favorable. Sin embargo, el viento resultó inestable y el gas flotó en tierra de nadie, e incluso en algunos lugares, se desplazó hacia las trincheras británicas.

1915, gases más mortíferos

Las deficiencias del cloro quedaron superadas con la introducción del fosgeno, utilizado inicialmente por los franceses bajo la dirección del químico francés Victor Grignard en 1915. Poco después, los alemanes, bajo la dirección del químico alemán Fritz Haber, lo añadieron en pequeñas cantidades al cloro para aumentar la toxicidad de éste.

El fosgeno era un agente letal muy potente, más mortífero que el cloro. Tenía una desventaja potencial: los síntomas derivados de la exposición al gas tardaban 24 horas o más en manifestarse, lo que hacía que las víctimas podían seguir combatiendo en un principio, pero significaba que las tropas aparentemente sanas, estarían incapacitadas por los efectos del gas al día siguiente.

A veces se utilizaba fosgeno solamente, por ser difícil de detectar, incoloro y con un olor comparable al "heno enmohecido". Sin embargo, es mucho más denso que el aire, y por eso solía mezclarse con un volumen igual de cloro, que con su menor densidad ayudaba a diseminarlo.[1] Los aliados llamaban a esta combinación Estrella Blanca, por las marcas pintadas en las cápsulas que contenían la mezcla.

Durante el primer ataque de cloro/fosgeno combinado de los alemanes, lanzado contra las tropas británicas en Nieltje, cerca de Ypres, Bélgica, el 19 de diciembre de 1915, se liberaron 88 toneladas de gas envasadas en cilindros, causando 1.069 bajas y 120 muertes.[1] En enero de 1916, los británicos añadieron hexametilentetramina a la mezcla química del filtro de sus máscaras de gas como contramedida para el fosgeno.

Producción estimada de gas (por tipo)
Nación Producción (toneladas métricas)
Irritante Lacrimógeno Vesicante Total
Alemania 55.880 3.050 10.160 69.090
Imperio austrohúngaro 5.080 255 5.335
Estados Unidos 5.590 5 175 5.770
Francia 34.540 810 2.040 37.390
Italia 4.070 205 4.275
Reino Unido 23.870 1.010 520 25.400
Rusia 3.550 155 3.705
Total 132.580 5.490 12.895 150.965
Un soldado con quemaduras por gas mostaza, ca. 1914-1918.

1917, gas mostaza

El gas más infame y efectivo de la Primera Guerra Mundial fue el gas mostaza, un vesicante introducido por los alemanes en julio de 1917 antes de la Tercera Batalla de Ypres. Conocido por los británicos como HS (o Hun Stuff), el gas mostaza no pretendía ser un agente letal (aunque lo era en altas dosis), sino que estaba diseñado para acosar e incapacitar al enemigo y contaminar el campo de batalla. Se disparaba dentro de proyectiles de artillería, y era más pesado que el aire. Se posaba en el suelo en forma de un líquido parecido al jerez, y se evaporaba lentamente sin necesidad de luz solar.

La naturaleza contaminante del gas mostaza implicaba que no siempre era adecuado para apoyar un ataque, ya que la infantería de asalto quedaría expuesta al gas durante su avance. Cuando Alemania lanzó la Operación Michael el 21 de marzo de 1918, saturaron el saliente de Flesquières con gas mostaza en lugar de atacarlo directamente, en la creencia de que el efecto acosador del gas unido a las amenazas a los flancos del saliente, provocarían que la posición británica fuese insostenible.

El gas nunca volvió a tener un éxito tan dramático como el que tuvo el 22 de abril de 1915; sin embargo, se convirtió en un arma estándar que, combinada con la artillería convencional, se utilizaba para apoyar la mayoría de los ataques en las fases finales de la guerra. El Frente Occidental fue el escenario principal en el que se empleó el gas — el sistema de trincheras, estático y confinado, era ideal para lograr una concentración efectiva. Sin embargo, Alemania utilizó gas contra Rusia en el Frente Oriental, donde la falta de contra medidas efectivas daría como resultado la muerte de miles de soldados rusos; por su lado, los británicos experimentaron con gas en Palestina durante la Segunda Batalla de Gaza.

Posguerra

Al final de la guerra, las armas químicas habían perdido gran parte de su efectividad contra las tropas bien entrenadas y equipadas. En aquel momento, una cuarta parte de los proyectiles de artillería que se disparaban contenían armas químicas,[2] pero solo causaban un 3 % de las bajas.

No obstante, durante los siguientes años varios países utilizaron armas químicas en distintas guerras, principalmente coloniales, donde contaban con ventajas en equipamiento sobre la otra. Los británicos usaron adamsita contra las tropas revolucionarias rusas en 1919 y gas mostaza contra los insurgentes iraquíes en los años 20; España utilizó armas químicas en la Guerra del Rif a lo largo de los años 20[4]

En 1925, un señor de la guerra chino, Zhang Zuolin, contrató a una empresa alemana para que le construyera una fábrica de gas mostaza en Shengyang,[3] que fue terminada en 1927.

La opinión pública se opuso en aquel entonces al uso de tales armas, lo que condujo al Protocolo de Ginebra, un tratado que prohibía el uso (pero no la acumulación) de armas bacteriológicas o de gas letal, que fue firmado en 1925 por la mayoría de los contendientes de la Primera Guerra Mundial. La mayoría de los países que firmaron lo ratificaron unos cinco años después, aunque algunos tardaron mucho más. Brasil, Japón, Uruguay y Estados Unidos no lo hicieron hasta los años 70, y Nicaragua no lo ratificó hasta 1990.[5]

Sin embargo, el uso de gas mostaza y gas nervioso por parte de Irak durante la guerra Irán-Irak mató a unos 20.000 soldados iraníes (y lesionó a otros 80.000), aproximadamente una cuarta parte del número de muertes causadas por armas químicas durante la Primera Guerra Mundial.[6]

El gas mostaza fue el agente favorito de varias naciones: el Reino Unido acumuló 40.719 toneladas, Rusia 77.400 toneladas, Estados Unidos más de 87.000 toneladas y Alemania 27.597 toneladas.[3]

El gas mostaza con el que los británicos esperaban repeler una invasión del Reino Unido en 1940 nunca llegó a ser necesario y el miedo de que los aliados también tuvieran agentes nerviosos evitó que Alemania los utilizara. No obstante, la tecnología del gas venenoso jugó un papel importante en el Holocausto.

Aunque se han utilizado armas químicas al menos una docena de veces tras el final de la Primera Guerra Mundial,[4] nunca se han vuelto a aplicar a gran escala.

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