Francisco de Herrera el Mozo

El sueño de san José, óleo sobre lienzo, 208,3 x 195,5 cm, Madrid, Museo del Prado.

Francisco de Herrera el Mozo ( Sevilla, 1627- Madrid, 1685) fue un arquitecto y pintor barroco español, hijo de Francisco de Herrera el Viejo. Tras completar presumiblemente su formación en Italia, jugó un papel destacado en la introducción y divulgación del pleno barroco tanto en Madrid como en Sevilla, merced a obras como el San Hermenegildo del Museo del Prado o el Triunfo de la Eucaristía de la catedral hispalense. Pintó al óleo y al fresco y cultivó géneros diversos, aunque es poco lo que de su pintura se ha conservado. Pintor del rey Carlos II y desde 1677 maestro mayor de las obras reales —en polémica con los arquitectos profesionales— intervino como arquitecto artista en el diseño de los planos para la nueva Basílica del Pilar de Zaragoza.

Biografía

Juventud en Sevilla y posible viaje a Italia

Hijo de doña María de Hinestrosa y del viejo Herrera, pintor de fuerte personalidad y muy mal carácter, debió de iniciar su formación en el taller paterno y, según Palomino, en compañía de otro hermano, llamado por el biógrafo cordobés Herrera el Rubio, pintor de bodegones y figuras ridículas a la manera de Jacques Callot.[4]

Su dominio de la pintura al fresco —aunque nada de lo realizado con esa técnica se haya conservado— y lo innovador de sus concepciones arquitectónicas, junto con algunas influencias de la pintura veneciana, principalmente del Veronés, confirmarían la estancia italiana de la que todo lo que se conoce es lo que de ella cuenta Palomino en su biografía de Herrera, a quien llegó a conocer personalmente aunque nunca lo tratase:

hallándose ya muy adelantado, pasó a Roma, donde estudió con gran aplicación, así en las academias, como en las célebres estatuas, y obras eminentes de aquella ciudad; conque se hizo, no solo gran pintor, sino consumado arquitecto, y perspectivo; y habiéndose aplicado a pintar bodegoncillos, en que tenía gran genio; y especialmente con algunos pescados, hechos por el natural, para hacerse por este camino más señalado, y socorrer su necesidad en el desamparo de aquella Corte. Llegó a tan superior excelencia en estas travesuras, que mereció en Roma ser conocido con el nombre de il Spagnole de glipexe, por cuyo medio logró, no sola la fama, sino la utilidad.[5]

La única obra de juventud que se conoce, anterior al posible viaje a Italia, el atribuido lienzo de Santa Catalina de Siena ante el papa Urbano VI del convento de Santa María la Real de Bormujos (Sevilla),[7]

El triunfo de San Hermenegildo, 1654, óleo sobre lienzo, 326 x 228 cm, Madrid, Museo del Prado.

Primera estancia en Madrid: El triunfo de san Hermenegildo

No se tienen datos documentales que permitan establecer la duración de su viaje a Italia, pero en todo caso en 1654 se encontraba en Madrid, donde el 17 de julio firmó el contrato para realizar por 6 450 reales las pinturas del retablo mayor de la iglesia del convento de los carmelitas descalzos o de San Hermenegildo, actual parroquia de San José, del que solo resta el gran lienzo central de la Apoteosis de san Hermenegildo ( Museo del Prado). Como su fiador actuó el tracista Sebastián de Benavente, con quien Herrera mantuvo estrecha relación profesional y amistosa hasta su muerte pues en su testamento declaraba el pintor tener cuenta o convenio de asociación con el tracista, en quien depositaba plena confianza. Financiado por Juan Chumacero, que había sido presidente del Consejo de Castilla, el retablo incorporaba, junto al gran lienzo del triunfo del titular, adquirido en 1832 por Fernando VII para el recién creado Museo del Prado, un lienzo con la Trinidad coronando a la Virgen que ocupaba el ático y santos y arcángeles en los intercolumnios y banco, perdidos todos ellos.[8]

Con un toque escenográfico, el príncipe visigodo asciende bañado en luz sobre los cuerpos derrotados y en sombra de su padre el rey Leovigildo y del obispo arriano portador del cáliz en el que Hermenegildo ha rechazado comulgar. En su presentación el lienzo debió de causar admiración y sorprender por su novedad y brío. Convencido de su valía, Herrera se dejó decir, según Palomino, que el cuadro «se había de poner con clarines, y timbales».[11]

Alegoría de la Eucaristía, firmado «Franciscus de Herrera Fat. Aº 1656». Óleo sobre lienzo, 310 x 337 cm, Sevilla, Hermandad Sacramental del Sagrario, Catedral de Sevilla.

Sevilla (1655-1660)

Solo un año después se le documenta en Sevilla donde inmediatamente pintó el Triunfo del Sacramento o Apoteosis de la Eucaristía para la Hermandad sacramental de la Catedral de Sevilla, en la que ingresó como cofrade ese mismo año, y el Triunfo de San Francisco o San Francisco recibiendo los estigmas, colocado en su altar de la misma catedral en 1657.[13]

En enero de 1660 participó en la creación de la academia sevillana de dibujo, de la que fue elegido copresidente junto con Murillo. Su experiencia italiana podría haber proporcionado el impulso definitivo para la creación de la academia promovida por los pintores sevillanos, pero antes de concluir el año había probablemente abandonado Sevilla para retornar a Madrid, pues no se le cita en la sesión celebrada por la institución en el mes de noviembre, en la que figuraba Murillo como único presidente.[12]

Pintor en la Corte

Inmediatamente después de fijar su residencia en Madrid podría haber pintado otra de sus obras maestras: el Sueño de San José, localizando el motivo, en contra de lo acostumbrado, en un paisaje, con un contraluz acusado y los característicos angelotes desdibujados sobre el foco de luz donde se sitúan el Espíritu Santo y el espejo, con los que subraya la virginidad de María. Pintado para el ático del retablo de la capilla de San José del convento de Santo Tomás, Antonio Palomino lo mencionó en términos encomiásticos como cuadro peregrino y de «lo más regalado, y de buen gusto» que había visto de Herrera.[16]

Huida a Egipto, óleo sobre lienzo, 56 x 143 cm, Aldeavieja ( Ávila), ermita de Santa María del Cubillo.
San Martín partiendo la capa con el pobre, Madrid, Convento de las Carboneras del Corpus Christi.

Una nueva versión del tema del Sueño de San José podría haber pintado un año después para servir de lienzo central del retablo de la capilla de San José en la iglesia parroquial de San Sebastián de Aldeavieja (Ávila), capilla funeraria de Luis García de Cerecedo, burgués enriquecido con el comercio de caballerías, del que se documenta el concierto firmado en abril de 1662 entre Sebastián de Benavente y el pintor Alonso González para el dorado de la obra de madera.[18]

Fruto también de la colaboración entre el comitente, Luis García de Cerecedo, Sebastián de Benavente como tracista y Herrera, como autor de las pinturas, ha de ser el primitivo retablo mayor de la ermita de Santa María del Cubillo, en el término de Aldeavieja, costeado por disposición testamentaria de doña María Antonia de Herrera, esposa de García de Cerecedo. Fechado el testamento en 1659, su ejecución podría haberse retrasado algunos años pues en 1665 fray Francisco de Salvatierra, visitador de Aldeavieja, anotó en la visita de aquel año que aún no se había cumplido con la disposición testamentaria y ordenaba que se hiciera.[22]

En abril de 1663 contrató con el ayuntamiento de Madrid la pintura de la cúpula de Nuestra Señora de Atocha, completada con la colaboración de Mateo Cerezo tras la renuncia de Dionisio Mantuano. «Con extremado primor», según Palomino, pintó en ella una Asunción de la Virgen en presencia de los apóstoles, que asistían al prodigio asomados a una barandilla pintada en el anillo de la cúpula y soportada por una fingida decoración arquitectónica a base de columnas salomónicas y adornos en estuco en las pechinas, lo que constituía una novedad en las decoraciones madrileñas de interiores.[25]

Cristo camino del Calvario, óleo sobre lienzo, 320 x 347 cm, Madrid, Museo Cerralbo.

Perdidos unos y otros con la demolición de los templos para los que se pintaron, así como el Triunfo de la Cruz que adornaba la cúpula de la capilla de los Siete Dolores del Colegio de Santo Tomás, nada se conserva de su pintura al fresco. Se han perdido además buena parte de los lienzos citados por Palomino, como la Oración del huerto del retablo del Santo Cristo de las Lluvias en la iglesia parroquial de San Pedro —de la que era feligrés y en la que fue enterrado—, labrado al parecer en 1671, o el que llama «célebre cuadro de San Vicente Ferrer predicando» que estaba en la iglesia del Hospital de Aragón en Madrid, en el que por su espíritu satírico y su desconfianza frente a los críticos de su obra, había pintado «un perro royendo una quijada de asno, y otro muchacho haciendo la higa».[28]

Pintor del rey y maestro mayor de las obras reales

Boca de escena del Salón Dorado del Real Alcázar de Madrid para la representación de Los celos hacen estrellas de Vélez de Guevara, 1672; acuarela, Viena, Österreichische Nationalbibliothek, Cod. 13 217.

En 1672, con motivo del cumpleaños de la reina Mariana de Austria, se reanudaron las representaciones teatrales en el Salón Dorado o de las comedias del viejo Alcázar de Madrid, interrumpidas desde la muerte de Felipe IV. Herrera se encargó de las reparaciones en el salón desmontable y de los decorados, por los que se le pagaron 20 000 reales entre el 14 de septiembre y el 26 de octubre de ese año. El éxito de la primera representación, Los celos hacen estrellas, zarzuela de Juan Vélez de Guevara, determinó además que se le encomendasen las ilustraciones del libreto enviado como recuerdo a la corte de Viena con cinco acuarelas a color (Österreichische Nationalbibliothek, Cod. 13.217).[29]

Es este mismo año cuando se fecha el documento que lo nombra pintor del rey, aunque al menos desde 1664 había hecho algunos trabajos para la corona. Sin embargo, la documentación disponible para los años posteriores se refiere casi exclusivamente a sus trabajos como arquitecto. En 1674 proporcionó las trazas para el retablo de la iglesia del Hospital de los Aragoneses, o de Montserrat, de Madrid, de cuya ejecución se encargaron José Ratés y José Simón de Churriguera. Muy nueva es la utilización en él de las columnas salomónicas, que ya había empleado pintadas en la cúpula de Atocha.[33]

En su condición de arquitecto de las obras reales se le encomendó la revisión de las trazas dadas por Felipe Sánchez para la Basílica del Pilar de Zaragoza, aprobadas por el cabildo en 1679. Con las modificaciones introducidas por Herrera las obras comenzaron el 25 de agosto de 1681, con la colocación de la primera piedra en presencia de Herrera,[35]

Cuenta Palomino que al regresar de Zaragoza se sintió ofendido al tener conocimiento de que se había encomendado a Carreño la dirección de la estatua de san Lorenzo de plata para el armario de las reliquias del Monasterio de El Escorial, un trabajo que por su condición de maestro mayor de las obras reales consideraba que le correspondía a él, por lo que inició una feroz campaña de «papelones satíricos» con los que «abrasaba» a Carreño y a Francisco Filipini, relojero y platero del rey y ayuda de la furriera. Alguna otra anécdota narra el biógrafo cordobés para ilustrar el carácter «satírico y diabólico» de Herrera, su «espinoso» natural y el «agudo y vivaz ingenio» de quien, terminaba diciendo, «y además de esto fue muy guapo, bizarro, y galante».[36]

Firmó su testamento, «sano de querpo y entendimiento», en agosto de 1684.[38]

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