Francisco de Aldana

Francisco de Aldana ( Nápoles, 1537 ó 1540 - Alcazarquivir, Marruecos, 4 de agosto de 1578) fue un militar español y uno de los más importantes poetas del siglo XVI, en la segunda fase del Renacimiento español.

Vista de Nápoles.

Vida

Retrato de Sebastián I de Portugal. Francisco de Aldana murió sirviéndole como general en la batalla de Alcazarquivir.

Gran parte del conocimiento de la vida de Francisco de Aldana proviene del memorial que él mismo dirigió al rey Felipe II poco antes de su muerte.

No se sabe a ciencia cierta donde nació Aldana; Rodríguez Moñino creía que era natural de Alcántara, si bien la mayoría de los estudiosos consideran que nació en Nápoles, probablemente en 1537.[1]​ Era hijo de Bernardo de Aldana, capitán de la guarnición militar destacada allí. Su juventud la pasó en Florencia, entregado al estudio de las lenguas clásicas y de los autores de la antigüedad, de los que llegó a ser un buen conocedor; además llegó a dominar incluso una docena de lenguas y sintió cierto apego por la filosofía neoplatónica, como se comprueba en su soneto "Al cielo".

Como su padre y su hermano, se consagró a la carrera militar, que no tardó pronto en detestar ansiando la vida contemplativa. Para él la guerra no tenía sentido, por lo que al respecto compuso este irónico soneto:

Otro aquí no se ve que, frente a frente, / animoso escuadrón moverse guerra, / sangriento humor teñir la verde tierra / y tras honroso fin correr la gente. / Este es el dulce son que acá se siente: / "¡España! ¡Santïago! ¡Cierra, cierra!" / Y, por süave olor que el aire atierra... / humo que azufre da con llama ardiente. / El gusto, envuelto va tras corrompida / agua; y el tacto, solo apalpa y halla / duro trofeo de acero ensangrentado, / hueso en astilla; en él, carne molida, / despedazado arnés, rasgada malla: / ¡oh sólo de hombres digno y noble estado!

Lo que él ansiaba fuertemente era una soledad introspectiva y ascética que lo condujese a Dios, lo que él llamaba "hombre interior":

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo, / tras tanto varïar vida y destino, / tras tanto, de uno en otro desatino, / pensar todo apretar, nada cogiendo, / tras tanto acá y allá yendo y viniendo, / cual sin aliento inútil peregrino, / ¡oh, Dios!, tras tanto error del buen camino, / yo mismo de mi mal ministro siendo, / hallo, en fin, que ser muerto en la memoria / del mundo es lo mejor que en él se asconde, / pues es la paga dél muerte y olvido, / y en un rincón vivir con la vitoria / de sí, puesto el querer tan sólo adonde / es premio el mismo Dios de lo servido.

Combatió como capitán en San Quintín, donde tuvo una actuación destacada, tanto que el emperador Carlos I lo mencionaría por su valor; y, ya general de artillería, fue enviado a Flandes en 1572 bajo el mando de Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez de Guzmán, hijo del duque de Alba; durante el asedio de Haarlem, donde fue herido por un mosquetazo en un pie.

Residió en la corte de los Médici en Florencia, donde concluyó su formación. De vuelta en España, en 1571 fue alcaide del castillo de San Sebastián y un gran consejero y amigo del rey, Felipe II. Puesto por el rey español al servicio del rey de Portugal don Sebastián, sobrino de Felipe II, el rey lo apreció tanto que le regaló un collar de oro por valor de mil ducados. Francisco de Aldana, junto a Diego de Torres, fue el encargado de llevar a cabo la exploración del territorio marroquí disfrazado de judío, labor que hizo en dos meses. Francisco, conocedor de casi una docena de lenguas, no tuvo problemas para desempeñar esta difícil misión. Murió el 4 de agosto de 1578 luchando contra los musulmanes en la batalla de Alcazarquivir, como general de la infantería de la expedición de don Sebastián, aunque había desaconsejado esa empresa y estaba a disgusto con la idea.

Como poeta es uno de los representantes del neoplatonismo en la poesía española y fue tan alabado en su época que el mismo Miguel de Cervantes lo llamó «el Divino» en su obra La Galatea. Los académicos creadores del Diccionario de autoridades lo incluyeron entre las autoridades de la lengua y lo consideraron «símbolo del Renacimiento».

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