François l'Olonnais

Jean-David Nau.

Jean David Nau, más conocido como François l'Olonnais, y también llamado l'Olonnois, el Olonés, Lolonois y Lolona ( Les Sables-d'Olonne, 1630 – Darién, Panamá, 1671), fue un bucanero francés del siglo XVII.

El Olonés llegó a las Antillas alistado en el ejército francés, cumpliendo el servicio militar. Una vez terminado, prefirió quedarse en Santo Domingo en compañía de los aventureros y filibusteros que allí habitaban. Se fue aficionando al estilo de vida de aquellas gentes de las que aprendió mucho para sus futuras hazañas. Habiéndose ganando la admiración del gobernador francés de la isla de La Tortuga, De La Place, éste le confió un pequeño navío para combatir la flota española en aguas del mar Caribe.

Después de algunos éxitos iniciales la nave se hunde en una tempestad en las costas de la península de Yucatán con un importante botín acumulado en sus correrías. Al retornar a la Tortuga, obtiene del gobernador una nueva nave y se dirige al golfo de Campeche. Allí es derrotado y pierde gran parte de la tripulación que es capturada y fusilada por los españoles; sin embargo astutamente logra salvarse robando un buque enemigo. Poco después en las costas cubanas, con dos canoas y apenas 25 hombres, capturó un buque español con 90 marineros a bordo; de estos sólo uno salvó su vida y el Olonés lo envió a La Habana con un mensaje al gobernador de Cuba en el que expresa dedicar su vida a la piratería y que jamás se dejaría capturar vivo por España.

En adelante todas sus incursiones tuvieron lugar en el mar de las Antillas (o mar Caribe), el lago de Maracaibo y Centroamérica. Nunca pudieron vencerlo los españoles ni por tierra ni por mar, hasta que finalmente fue capturado por indígenas de una tribu kuna que le dieron muerte en un ritual.

Algunos de sus ataques como pirata fueron ejecutados bajo los auspicios del gobierno francés que por aquellos años del siglo XVII se hallaba en guerra contra Holanda y España.

Seguía siempre con sus prisioneros la misma táctica terrorífica: los interrogaba, los torturaba y elegía alguno que sirviera de ejemplo a los demás al que o bien cortaba su cuerpo en pedazos o bien le rasgaba el pecho sacándole el corazón, que a veces masticaba y escupía a la cara de los demás. Fue un personaje temido y odiado a causa de sus hábitos crueles y por haber regado con sangre inocente los campos y villas de la América hispana.

Saqueo de Maracaibo y Gibraltar

En 1666 retornó a la isla de la Tortuga y junto a Michel Basque ("vasco"), armó una pequeña flota de 8 naves y 650 hombres con la misión de atacar las costas del Caribe meridional. El Olonés se dirigió al golfo de Venezuela de allí pasó a la boca del lago de Maracaibo donde se encontraba el Castillo de San Carlos armado con 16 cañones, que se había construido para proteger la barra de Maracaibo contra los ataques piratas. Lo tomaron en menos de tres horas. De allí marcharon rumbo a Maracaibo y encontraron la ciudad totalmente vacía, pero obtuvieron grandes cantidades de alimentos, animales de granja, vino y mucho coñac. La expedición fue un éxito con un gran botín de unos 20.000 reales, mercancías diversas y 20 prisioneros que fueron cruelmente torturados. Se apoderaron de las mejores casas para vivienda de la tropa e hicieron del recinto de la iglesia su cuartel. No encontraron riquezas, así es que el Olonés mandó un contingente para capturar a las personas que encontraran y que una vez hechos prisioneros darían noticias sobre el lugar donde se encontraban ocultos los tesoros ambicionados. Los saqueos y las torturas fueron más terribles que nunca. Las iglesias fueron quemadas y todos los barcos enemigos destruidos. El botín recaudado fue cuantioso. En esta suerte de carnicería (provocada entre otras cosas por el enorme odio que el Olonés profesaba contra los españoles) el médico de a bordo de la flota pirata, Alexandre Olivier Exquemelin, cuenta un caso en el que fue testigo presencial:

Yo asistí a una escena que en verdad me dejó estremecido de terror. En los primeros momentos del saqueo, habiendo hecho un prisionero, el Olonés le exigió que condujera a sus hombres a aquellos lugares donde hubiera mayores riquezas, porque su afán de apoderarse de ellas era muy grande. Pero el prisionero era muy bravo y se negó. El Olonés lo amenazó con someterlo a crueles tormentos, pero aun así el prisionero siguió resistiéndose. Entonces el Olonés ordenó que lo amarraran a un árbol y, cuando sus hombres se hubieron apresurado a cumplir esta orden, él de un tirón separó el pecho del prisionero su casaca, y luego extrajo su cuchillo y le asentó un descomunal tajo que le desgarró la carne. La sangre brotó en seguida, pero esto no conmovió al Olonés. Con la ferocidad que le daba su odio a los españoles, introdujo la mano en la herida del prisionero y le arrancó el corazón, que ofreció a uno de sus propios hombres. Éste se lo comió crudo, con la carne aún palpitante.

Durante dos meses continuaron asaltando las plantaciones, aprisionando gente para su esclavitud y acumulando toda clase de riquezas, comida y bienes que pudieran transformar en dinero. Los prisioneros ricos eran torturados sistemáticamente con el fin de averiguar dónde guardaban el resto de las riquezas que poseían.

Después de la expedición de Maracaibo, los piratas se movilizan hasta Gibraltar, al sur del lago de Maracaibo, importante sitio de embarque de cacao y del tabaco Varinás muy apreciados en Europa, donde arrasan con la guarnición de 500 soldados. No obstante el pago de un rescate de 20,000 piezas de oro y 500 cabezas de ganado, el Olonés saquea la ciudad obteniendo un botin de 260,000 piezas de oro, joyas, lingotes de plata, sedas y esclavos. El desastre infligido a Gibraltar fue tan grande que la ciudad nunca más llegó a recuperarse de semejante ataque. Los filibusteros festejaron grandemente con bailes y juegos en poco tiempo dilapidaron la fortuna recién adquirida. En tres semanas los piratas gastaron el botín en las tabernas y en los prostíbulos de Maracaibo.

La historia de los ataques a Maracaibo y Gibraltar, aunque muy suavizada y con muchas licencias, es utilizada por Emilio Salgari en su novela El Corsario Negro.

De regreso a la isla de La Tortuga el Olonés se gana el mote de "Calamidad de los Españoles" (Fléau des Espagnols) por su cruel ferocidad en los ataques a las costas venezolanas.