Feminismo radical

Manifestación WomensLib en WashingtonDC 1970

El feminismo radical es una corriente feminista que surge en Estados Unidos a finales de años 60 y continúa en la década de los 70 que sostiene que la raíz de la desigualdad social en todas las sociedades hasta ahora existentes ha sido el patriarcado, la dominación del varón sobre la mujer. Esta corriente se centra en las relaciones de poder que se organizan en la sociedad, construyendo la supremacía masculina, entre otras cuestiones debido al papel reproductivo del hombre y la mujer.[2]

Las radicales identificaron como centros de la dominación patriarcal esferas de la vida que hasta entonces se consideraban "privadas". A ellas corresponde el mérito de haber revolucionado la teoría política al analizar las relaciones de poder que estructuran la familia y la sexualidad; lo sintetizaron en un slogan: lo personal es político.[3]

Las radicales tomaron distancia de los movimientos de izquierdas de los años sesenta, que vinculaban el feminismo al socialismo y la democracia, para extender la lucha contra el  patriarcado de lo económico y público a lo social y privado.[4] De esta corriente han derivado, entre otras, el feminismo cultural.

Antecedentes

A finales de la década de los sesenta se vivía, especialmente en Estados Unidos el descontento con el sistema capitalista. El que se denominó "sueño dorado" tocaba a su fin con la muerte de Kennedy, las guerras en el sudoeste asiático y la falta de confianza en los gobiernos. Al malestar generalizado se sumó lo que en 1963 Betty Friedan denominó ya "el problema que no tiene nombre" [6]

La relaciones del movimiento feminista con los dos grupos de protesta más importantes de aquellos años, el Student Nonviolent Coordinating Commitee (SNCC) comprometido con los derechos de los negros y el Students for a Democratic Society (SDS) implicado en los derechos sociales y en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam fueron complejas. Las mujeres aprendieron a estar presentes en estos movimientos, a salir del rol doméstico de los años 50 pero no todas se encontraban cómodas en estos nuevos espacios identificando las claves de las relaciones de poder. Las organizaciones estaban dominadas por hombres que eran críticos con la cultura norteamericana pero que aceptaban el sexismo presente en esa cultura.[6]

"La frustración y el malestar de las mujeres detro de los grupos de izquierda podemos resumirlos en dos frentes: la práctica política y organizativa y las cuestiones teóricas. En el primer aspecto, las mujers se encontraron con una marginación de sus actividades y una reproducción de la división sexual del trabajo. Dentro d elas organizaciones eran relegadas a los trabajos menores. Como señala Lydia Sargent Parafraseando a Betty Friedan-, después de limpiar y decorar las oficinas preparar las cenas de los activistas, fotocopiar panfletos, contestar teléfonos, etc. no podían dejar de preguntarse: ¿Y esto era todo? (Sargent, 1981). La cuestión de quién limpiaba la oficina se convertía así en una cuestión política). Por otro lado las mujeres se enfrentaban a su invisibilización como líderes, a que los debates estuvieran dominados por hombres y a que sus voces no fueran tomadas en cuenta (..) La clase constituía el eje prioritario en el análisis de la opresión, y el género o en su defecto el sexismo, o bien era objeto de bromas o no era objeto de consideración teórica"[1]

Silvina Álvarez y Cristina Sánchez en "Feminismos. Debates teóricos contemporáneos". (2001)

Las mujeres activistas debatieron sobre si debía crearse un ala en el propio movimiento u organizarse de manera autónoma.

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