Federico de Onís

Biografía

Era hijo del bibliotecario y encargado del archivo de la Universidad de Salamanca, que entabló una íntima amistad con Miguel de Unamuno. El joven Onís estudió Filosofía y Letras en la Universidad salmantina, licenciándose en 1905, año en que se desplazó a Madrid para doctorarse en Letras bajo la dirección de Ramón Menéndez Pidal. Su tesis versó sobre la Contribución al estudio del dialecto leonés. Examen filológico de algunos documentos de la Catedral de Salamanca.[2]

Fue uno de los discípulos predilectos de Miguel de Unamuno,[4] En tal sentido, se contó entre los miembros de la Liga de Educación Política Española, inspirada por el joven filósofo madrileño.

Colaboró con el Centro de Estudios Históricos desde su fundación en 1910, bajo la dirección de Ramón Menéndez Pidal. Fue nombrado director de estudios de la Residencia de Estudiantes de Madrid, institución donde pronunció el 5 noviembre de 1915 una célebre conferencia titulada «Disciplina y rebeldía».

En 1916, con apenas treinta años, fue invitado a los Estados Unidos como profesor de literatura española en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Desde ese puesto, donde permanecería —con algunas intermitencias— casi cuatro décadas contribuyó de forma notable a la difusión del hispanismo en los Estados Unidos, labor acrecentada con la fundación en 1920 del Instituto de las Españas.[5] En Nueva York recibió, entre otros escritores destacados, a Federico García Lorca y a Gabriela Mistral cuando viajaron a la ciudad. Fue asimismo miembro de la Hispanic Society of America. Buena prueba de esa incesante actividad en favor de la cultura hispana en el ámbito estadounidense fue el discurso que pronunció en la apertura del curso 1920-1921 en la Universidad de Salamanca sobre El español en los Estados Unidos.

Invitado por el canciller de la Universidad de Puerto Rico, el estadounidense Thomas E. Benner, en 1926 se incorporó al Departamento de Español de esa universidad. En 1927 se creó el Departamento de Estudios Hispánicos y Onís su primer director; desde él fundó y dirigió la Revista de Estudios Hispánicos. En 1931 volvió a su cátedra de Nueva York.[6]

Aunque residía en Estados Unidos desde dos décadas antes del estallido de la guerra civil, al producirse ésta mostró su adhesión a la causa republicana. Su relación con intelectuales del exilio republicano está en parte recogida en el volumen editado y anotado por Matilde Albert Robatto bajo el título Federico de Onís. Cartas con el exilio (A Coruña, Ediciós do Castro, 2003).

Entre 1942 y 1947 trabajó como profesor invitado de la Universidad de Texas, y en 1949 en la de Denver. Ese mismo año recorrió numerosos países iberoamericanos (Colombia, Ecuador, Venezuela, Costa Rica, Panamá, Uruguay y Argentina, entre otros) en los que dictó conferencias sobre temas hispánicos.

Francisco Ayala lo conoció en sus años de exilio cuando Onís fue a dar unas conferencias en Argentina; después lo trató asiduamente en Puerto Rico. Y trazó en sus memorias una semblanza muy penetrante de «tan singular personaje». «En los medios universitarios —escribe Ayala—, Onís tenía fama de hombre arbitrario, áspero, intratable. Arbitrario, lo sería; pero en cuanto a lo demás, para mí fue, entonces y siempre, de una gran delicadeza. [...] Por debajo de sus chocantes peculiaridades asomaba y se dejaba ver la criatura bondadosa e inteligente, con una inesperada vena de honda ternura bajo la ruda corteza». Y es que en los Estados Unidos, Onís se esforzó en construirse un personaje, caracterizándose de español castizo, a partir del modelo fraguado por los escritores del 98, sus maestros. «Para empezar, su apariencia física era muy diferente de la que convencionalmente se espera en un profesor de universidad. Quien de improviso y sin otra noticia le echase la vista encima, podría haber pensado que, en pleno Broadway, tenía ante los ojos a un pardillo de tierra adentro, salmantino, o zamorano, o maragato. Y no sólo por la vestimenta y el modo de llevarla: era todo, era el corte de pelo, era la gesticulación, era las inflexiones de la voz y las modalidades expresivas. Sin duda, su empeño había sido desde el comienzo proyectar ante sus estudiantes americanos una imagen fuertemente estilizada de "lo español"». El hecho podría tomarse por meramente anecdótico si no comportase, en cierta medida, su parte de responsabilidad en la frustración de su propia obra intelectual: «el personaje construido —concluye Ayala— había terminado por absorber a la persona; y actuando en un ambiente donde, por así decirlo, todo el monte era orégano, sin crítica, sin estímulo y control de la competencia e intercambio intelectual, aquel joven que brillaba como una promesa segura, quedó estancado ahí, y dejó incuplida su promesa».[7]

Tras su jubilación en la Universidad de Columbia en 1954, el rector de la Universidad de Puerto Rico, Jaime Benítez, lo invitó para que volviese a hacerse cargo de la dirección del Departamento de Estudios Hispánicos. Se estableció en Puerto Rico por espacio de tres años. En 1957 aceptó otra invitación para dirigir el Instituto de Estudios Hispánicos de la Universidad Central de las Villas, en Cuba (1957-1958). Y aún regresó a Puerto Rico como profesor del Departamento de Estudios Hispánicos, periodo en el que Onís fundó y dirigió el Seminario de Estudios Hispánicos, al que donó su biblioteca personal. El Seminario lleva actualmente su nombre.[8]

Su muerte por suicidio en San Juan ( Puerto Rico), el 14 de octubre de 1966, produjo consternación en el mundo del hispanismo.[10]

Fue redactor de la Revista de Filología Española, de Madrid, y de la Romanic Review, de Nueva York; y colaborador de la revista España y de La luna, de Barcelona; de The New York Times, The Evening Post, North American Review e Hispania y Nosotros, de Buenos Aires. Fundó y dirigió la Revista de Estudios Hispánicos de Puerto Rico entre 1928 y 1929. Y la Revista Hispánica Moderna, fundada por él en 1934.

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