Externalidad

Una externalidad es una situación en la que los costes o beneficios de producción y/o consumo de algún bien o servicio no se reflejan en su precio de mercado. En otras palabras, son externalidades aquellas actividades que afectan a otros sin que estos paguen por ellas o sean compensados. Existen externalidades cuando los costos o los beneficios privados no son iguales a los costes o los beneficios sociales. Los dos tipos más importantes son las economías externas (externalidad positivas) o las deseconomías externas (externalidades negativas).[2]

Jean-Jacques Laffont da una definición de uso común: Las externalidades son efectos indirectos de las actividades de consumo o producción, es decir, los efectos sobre agentes distintos al originador de tal actividad (y) que no funcionan a través del sistema de precios. En una economía competitiva privada, los equilibrios no estarán, en general, en un óptimo de Pareto, ya que solo reflejará efectos privados (directos) y no los efectos sociales (directo más indirecto), de la actividad económica.[4]

Las externalidades son generalmente clasificadas en externalidades negativas, cuando una persona o una empresa realiza actividades, pero no asume todos los costos, efectivamente traspasando a otros, posiblemente la sociedad en general, algunos de sus costos; y externalidades positivas, cuando esa persona o empresa no recibe todos los beneficios de sus actividades, con lo cual otros —posiblemente la sociedad en general— se benefician sin pagar.[5] Recientemente se habla de un tercer grupo: externalidades posicionales.

Economistas partidarios del laissez-faire ( liberalismo económico), tales como Friedrich von Hayek y Milton Friedman, se refieren a veces a las externalidades como «efectos secundarios» (spillovers).[6]

Más allá del efecto sobre individuos o grupos, se considera, desde el punto de vista de la economía, que el efecto de las externalidades es distorsionar el mercado y, consecuentemente, la asignación eficiente de los recursos en un sistema económico.

Origen y evolución del concepto

El estudio de actividades económicas cuyos beneficios y costes se extienden más allá de quienes las utilizan o implementan directamente puede trazarse a Adam Smith, quien, en el libro 5 de La Riqueza de las Naciones y con posterioridad a un largo y detallado análisis en relación a cosas tales como la administración de justicia, defensa nacional, y otras instituciones (tales como educación) y obras públicas, etc., concluye aduciendo que dado que esas actividades son establecidas para el beneficio general de toda la sociedad es razonable, por lo tanto, que deban ser sufragadas por la contribución general de toda la sociedad, todos los diferentes miembros contribuyendo, en la medida de lo posible, en proporción a sus respectivas capacidades. Sin embargo, Smith deja claro que, en su opinión, esos gastos deberían ser idealmente cubiertos por quienes se benefician más inmediata y directamente. Por ejemplo, los estudiantes pueden pagar por su educación, y los peajes «liberan los ingresos generales de la sociedad de una carga muy considerable». (Smith - op. cit, libro 5: Conclusión)

Externalidades y economía

La discusión en esta época (siglos xix y xx) se centró, como era típico en la escuela clásica, en los efectos generales, que permitían ya sea la obtención de beneficios sin contribuir o el sufrimiento de consecuencias sin beneficios. El ejemplo clásico es la construcción de un faro, que beneficiara el comercio en un puerto y, a través de él, en una región, pero al mismo tiempo tendrá algunos efectos negativos, aumentando el tránsito vehicular y el coste de las viviendas, etc. Sucede que no necesariamente todos aquellos que se benefician estarán dispuestos a contribuir al financiamiento de la obra (ver problema del polizón). La solución obvia seria recurrir a algún impuesto, pero en ese caso es posible que terminen pagando algunos de los que sufren las consecuencias negativas.

La situación perduró a lo largo de esas líneas de «beneficios generales»; argumentos centrándose generalmente en materias de extensión e implementación: no siempre es conveniente o práctico cobrar a los usuarios directos en cada ocasión en, por ejemplo, las calles de pueblos y ciudades o se puede considerar que los beneficios de una educación pública generalizada y gratuita a los estudiantes más que justifican el hecho que son financiados comunalmente. Igualmente, no es necesariamente la mejor opción que materias de justicia estén abiertas a consideraciones de «pagos», etc.

El estudio de esos fenómenos fue modificado profundamente con la aparición del neoclasicismo. Alfred Marshall nota, en su obra Principios de economía (1890) que no solo existen beneficios o costos «generales» sino también «sectoriales» e incluso individuales. Adicionalmente, Marshall enfatiza que esos efectos son resultados inesperados: algunas empresas obtienen una reducción en los costes que no son resultado de las acciones de ellas mismas, sino que se originan externamente debido, por ejemplo, a la expansión del mercado o a la mejor calidad en la mano de obra, consecuencia del acceso a mejores niveles de salud, educación y cultura provistos por otras firmas o por la sociedad como un todo. Para Marshall entonces, el alcance del concepto se refiere a efectos que son externos a la empresa, pero muchas veces internos de la industria en general. Mishan expone simplemente el argumento marshalliano en los siguientes términos:

Suponiendo que todas las firmas son igualmente eficientes, una expansión de la industria competitiva debida a por ejemplo la incorporación de una nueva firma reduce los costos medios de todas las otras firmas, incluyendo la nueva. Dado que la reducción total de costos experimentada por todas las firmas intramarginales es atribuida a la entrada de la nueva firma, el verdadero costo de la producción adicional no es el costo total calculado por esta firma, sino que ese costo total menos los ahorros que experimentan las otras firmas.

E. J. Mishan[7]

Este nuevo concepto, que Marshall denomina efectos externos, fue introducido a fin de explicar las economías de escala, que Marshall había observado, a través de una propuesta de costos decrecientes con el aumento de producción. Esta sugerencia parece, a primera vista, contraponerse directamente a la «ley» de los rendimientos decrecientes, lo que generó, y aún genera, alguna discusión (ver, por ejemplo Bifani, op, cit). Sin embargo, un análisis más detallado sugiere que tal contradicción podría ser solo aparente.[9]

Generalmente se considera,[11] Pigou se interesa en la relación entre los efectos individuales y sociales del fenómeno: «la relación que debía fijarse entre el valor del producto marginal neto privado y el producto neto social». Cuando los beneficios sociales exceden a los beneficios privados (situación que Pigou denomina efectos positivos) la empresa tenderá a producir menos que lo socialmente deseable, dado que está recibiendo beneficios inferiores a la utilidad aportada por sus productos (siendo específicos: está vendiendo a un precio inferior al óptimo para maximar su ganancia). Por el contrario, cuando los beneficios privados son superiores al beneficio social (efectos negativos) la empresa tenderá a producir más que lo socialmente deseable, dado que efectivamente está traspasando parte de sus costes a terceros. (de nuevo, siendo específicos: está obteniendo una ganancia superior a la obtenible si todos los costes fueran considerados)

Esto, en la opinión de Pigou, justifica una intervención estatal a fin de corregir lo que es percibido como un fallo de mercado. (ver Pigou y la economía del bienestar), intervención que tomara la forma de un subsidio a las empresas que producen externalidades positivas y un gravamen en el caso de las externalidades negativas. Lo anterior dio origen a los llamados impuestos pigouvianos. Es generalmente considerado que William Baumol ha sido intrumental en adecuar esas propuestas a concepciones económicas contemporáneas, en su obra On Taxation and the Control of Externalities (1972).[12]

En la opinión de Baumol, las externalidades se pueden clasificar en beneficiosas, aquellas que crean beneficios externos a quienes están directamente envueltos en la producción de los bienes en cuestión; y detrimentales, las que imponen un costo a otros. El efecto principal de las externalidades es deformar la asignación racional o eficiente de recursos: en teoría, los recursos económicos son asignados a través del mecanismo de la oferta y demanda con el máximo de eficiencia. Pero si los precios de mercado no corresponden a los costos o beneficios reales, el mecanismo no funciona.[13]

Casi al mismo tiempo de la obra original de Baumol, Ernst Friedrich Schumacher reintroduce la consideración de efectos «generales» de las externalidades, en su libro Lo pequeño es hermoso (1973), sugiriendo que esos «fallos de mercado» son «defectos sistemáticos» de un sistema económico que equipara lo más con lo mejor. «Por supuesto, las empresas crean productos útiles y empleos. Sin embargo, el cálculo robótico que las dirige les obliga a pagar lo menos posible por los recursos que utilizan y a transferir el máximo posible de sus costos a otros, ya sea los trabajadores, los contribuyentes, las generaciones futuras, o la naturaleza. Esto sucede todos los días, automáticamente y de forma masiva, sin que nadie capaz de detenerlo». decir lo anterior no es, en la opinión de los partidarios de Schumacher, gran novedad, «lo que es nuevo es que la acumulación de estos costos externalizados ha llegado al punto en que la integridad biológica de nuestro planeta está en grave peligro».[14]

Aún anteriormente (1968) a la contribución de Schumacher, Garret Hardin había publicado su tragedia de los comunes,[15] en el cual sugiere que la solución al problema del abuso y demanda sin límites o restricciones sobre los recursos naturales se encuentra en la restricción incremental de algunos derechos o libertades.

Lo anterior ha dado origen a la consideración de aspectos ecológicos y de sostenibilidad en relación a materias de crecimiento económico.[19]

Externalidades y nivel de vida

Mark Sommer ha puesto de relieve de manera excelente la relación no siempre clara que existe en el nivel de vida de los habitantes de un país desarrollado medido en términos de bienestar y la forma como un nivel de bienestar creciente exige un montón de externalidades también creciente, las cuales terminan recayendo en personas y países «invisibles» y ajenos a dichos habitantes. Es demasiado frecuente que los países, clases y personas que tienen mayor poder económico emplean este poder para elevar su nivel de vida a costa de los demás, es decir, a costa de las externalidades por medio de las cuales se trasladan los costes crecientes de dicho bienestar a los demás países, clases y personas:

Al construir una economía y una cultura con la premisa escapista de conveniencia y confort perpetuos, los estadounidenses no han podido darse cuenta de que el peso de su prometido bienestar está siendo sostenido por multitudes de otros aparentemente invisibles seres vivientes, cuyo propio bienestar se ve perjudicado y cuya supervivencia está siendo puesta en peligro precisamente por esa carga que le es ajena.

En sí mismo, el anhelo de escapar de las tareas pesadas y de las incomodidades no es un impulso humano exclusivo de los estadounidenses. El problema está en la adoración religiosa de la comodidad como el más alto bien de la vida y en la deliberada despreocupación ante el terrible precio escondido que el confort de unos exige a muchos otros.

En definitiva, los estadounidenses también pagan un alto precio, tanto en insatisfacción personal como a consecuencia de las venganzas elaboradas contra ellos por otros no tan privilegiados.

Los economistas tienen un nombre para los desórdenes no reparados por quienes los crearon: «externalidades». Como ninguna otra civilización en la historia humana, los estadounidenses generaron una montaña de «externalidades» por las cuales ellos y otros y generaciones tanto futuras como actuales pagarán finalmente.[20]

Habría que agregar, en compensación, las enormes externalidades positivas que los estadounidenses han generado y que van desde innovaciones en medicina hasta aportes culturales, pasando por todo tipo de ideas, servicios y productos para ver la pintura completa. Tal vez la externalidad positiva más importante, por lo conspicua y actual, originada en la tecnología norteamericana se encuentra en la liberación de toda la información obtenida a través de los satélites artificiales (de comunicaciones y de ciencias de la Tierra), al desarrollo del software libre y a las consecuencias positivas incalculables de la tecnología actual en gran parte desarrollada en los Estados Unidos. La misma Wikipedia es un ejemplo de este desarrollo reciente, cuyo impacto técnico, social y económico en nuestra sociedad todavía dista mucho de estar agotado. También la liberación de la información satelital obtenida por la NASA y otras organizaciones gubernamentales norteamericanas (y de otras partes) están ayudando a comprender y enriquecer la información y conocimiento científico de nuestro planeta, comprensión que no tiene fronteras gracias a que los beneficios y avances tecnológicos del gobierno de los Estados Unidos están puestos, por ley, a disposición de todo el mundo.

Externalidades y medio ambiente

La calle Tewkesbury, en Cardiff, Gales, mostrando las numerosas chimeneas de calefacción de los distintos apartamentos que afortunadamente ya casi no se usan al ir sustituyendo progresivamente la calefacción con estufas u hogares con carbón como combustible por otros medios de calefacción.

Las externalidades se dan con frecuencia en actividades relacionadas con el medio ambiente, en casos en los que los derechos de propiedad no están bien definidos. Un ejemplo clásico es la contaminación del aire o el agua. Las soluciones que se aplican en la realidad suelen comprender tanto los impuestos y las subvenciones como la regulación. La asignación de derechos de emisión de gases de efecto invernadero de acuerdo al Protocolo de Kyoto sería un ejemplo de asignación de los derechos de propiedad.[21]

La explicación más clara sobre las externalidades negativas en materia ecológica en la construcción de obras de infraestructura está indicada en una cita de Barry Commoner:

Clearly, we have compiled a record of serious failures in recent technological encounters with the environment. In each case, the new technology was brought into use before the ultimate hazards were known. We have been quick to reap the benefits and slow to comprehend the costs.

Definitivamente, hemos recogido un registro de fallas serias en recientes aplicaciones de la tecnología al ambiente natural. En cada caso, la nueva tecnología se ha aplicado sin que se conocieran siquiera los nuevos peligros de esas aplicaciones. Hemos sido muy rápidos en buscar los beneficios y muy lentos en comprender los costes.

Barry Commoner[22]

Lo peor de esta idea del famoso ecologista es que, en los últimos tiempos, se ha venido convirtiendo en una práctica común en muchos países, especialmente en aquellos en los que el sistema educativo está excesivamente centralizado y carente de bases cualitativas desde el punto de vista científico y ético.

La imagen de una calle en Cardiff sirve de ejemplo al problema de las externalidades negativas del crecimiento de la población urbana: puede ser que, en un primer momento, la calefacción con carbón no causara problemas contaminantes muy serios, pero cuando este tipo de calefacción se incrementa a miles y hasta millones de viviendas en una gran ciudad, esos problemas se multiplican de manera exagerada, por lo que los gobiernos de las mismas tienen que tomar medidas drásticas. El ejemplo de Londres a mediados del siglo xx, que en una semana murieron más de 5000 personas por la concentración de humo, cenizas y dióxido de carbono procedentes de la calefacción doméstica constituyó un hito en la adopción de medidas anticontaminantes. Y las modernas ciudades que tienen un tipo de calefacción no contaminante tienen ahora un nuevo problema de contaminación: el procedente de millones de automóviles con motor de combustión interna. De hecho, en muchas ciudades se restringe el uso del automóvil cuando los niveles de contaminación llegan a un tope previamente establecido.

Así, el transporte mediante el uso del automóvil genera unos niveles de contaminación que tienen que soportar tanto los que usan esos automóviles como los simples peatones en una ciudad. Y con el consumo de tabaco se ven muy claro las externalidades tanto positivas como negativas que conlleva con ese consumo. Por ejemplo, sabemos que una persona fumadora tiene mucho más riesgo de contraer cáncer (sobre todo, en las vías respiratorias) que otra que no fuma. Sin embargo, ambas suelen pagar unas cuotas similares de seguro médico. En este caso, la persona fumadora es recipiente, indirectamente, de una externalidad positiva mientras que la persona no fumadora está pagando por costes que, en justicia no le corresponden, al menos en lo que se refiere al cáncer de las vías respiratorias. Lo justo sería que los fumadores absorbieran unos costos superiores del sistema de salud, equivalentes a la diferencia promedio en el tratamiento de dicha forma de cáncer entre los dos grupos en cuestión. Afortunadamente, la decisión de muchos países de eliminar por completo el consumo de tabaco en los sitios público ha venido a solucionar, al menos en gran parte, dicho problema.

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