Expedición Real

En la disputa por el trono de España durante la Primera Guerra Carlista, se denomina Expedición Real al intento de Carlos María Isidro de Borbón de tomar Madrid en 1837 y destronar a su sobrina Isabel II, partiendo con un ejército desde el territorio vasco-navarro dominado por los carlistas. La estrategia consistía en marchar por Aragón a Cataluña, reforzar el ejército con las tropas carlistas allí existentes, cruzar el Ebro y reunirse con la tropa de Cabrera en el Maestrazgo, tras lo cual el ejército tendría fuerza suficiente para enfrentarse a cualquiera de los ejércitos isabelinos, teniendo asegurado el camino para apoderarse de Madrid y sentar en el trono al Pretendiente.

Pero los informes que tenían de las tropas existentes en Cataluña eran falsos ya que allí no existían más que carlistas agrupados en bandas sueltas que no pudieron aportar fuerza alguna a la Expedición. Ésta atravesó el Ebro, reuniéndose con Cabrera y tras obtener una brillante victoria sobre un ejército isabelino, la expedición marchó sin encontrar obstáculos hasta las puertas de Madrid.

Los carlistas no realizaron ningún intento de ocupar la capital, solo explicable por la cercanía de un ejército que estaba a las órdenes de Espartero, iniciando la retirada a los territorios de los que habían partido. La retirada fue considerada por los soldados carlistas como una derrota, iniciándose las desavenencias en el seno tanto militar como civil que habrían de facilitar la finalización de la guerra.

Antecedentes

Al fallecer Fernando VII el 27 de septiembre de 1833 dejando como sucesora en el trono de España a su hija Isabel II, hubo levantamientos a favor de que Carlos María Isidro de Borbón, hermano del rey fallecido, ocupase el trono.[2] Las rebeliones carlistas sólo se afianzaron en el reducido territorio cercano al río Ega en Navarra, creándose batallones bajo las órdenes de Tomás de Zumalacárregui, antiguo oficial del rey difunto. Durante el año 1834 también se fueron formando batallones carlistas, siempre organizados por antiguos oficiales, en las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Paralelamente se crearon en estas provincias Juntas y Diputaciones civiles para hacerse cargo de la recaudación de impuestos y proveer con alimentos, armas y ropa a los combatientes. Los ejércitos creados aceptaron como comandante supremo a Zumalacárregui, siendo su modo de combatir el de la guerrilla, no consiguiendo hasta finales de abril de 1835 tener posesión de localidad alguna en el territorio en el que actuaban. Pero la abrumadora victoria que obtuvieron en la Acción de Artaza obligó al ejército isabelino a retirarse a la orilla Sur del río Ebro, a abandonar las guarniciones establecidas en numerosas localidades de la comarca en la que actuaban las guerrillas carlistas y a recluirse en Bilbao, Pamplona, San Sebastián, Vitoria y algún pequeño puerto de mar. Ante esta situación, las tropas de Zumalacárregui ocuparon en seis semanas casi totalmente las provincias de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa.

Tras la muerte de este general en junio de 1835, cuantos intentos realizaron los carlistas, que ocupaban el denominado en aquella época "territorio carlista vasco-navarro", por conquistar las capitales de estas provincias, así como de extender sus dominios al sur del Ebro y al este del río Arga, no tuvieron éxito como tampoco lo tuvieron los de las fuerzas isabelinas para recuperar al menos parcialmente el territorio citado.

El mando carlista envió en 1836 varios ejércitos, conocidos como "expediciones", hacia Cataluña y Castilla para establecer allí un modo de guerrear semejante al de la época de Zumalacárregui pero también estos intentos fracasaron. Por ello, en abril de 1837 los carlistas vasco-navarros no ocupaban más territorio que el que había sido conquistado por Zumalacárregui en junio de 1835.

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