Estilo wagneriano

El estilo wagneriano se refiere al estilo de la música del compositor alemán Richard Wagner (1813-1883). Este estilo cambió totalmente la ópera, desarrollando nuevos arquetipos literarios, escénicos y musicales.

Buscando un estilo

En la obertura de Rienzi, el principio es de la misma mano que escribirá Lohengrin y Tannhäuser: una orquesta densa, con una sonoridad bien alemana, un estilo majestuoso, una línea melódica noble, pero el aliento no dura demasiado tiempo, y termina como si fuera una opera italiana. En general, en toda la obra se siente la influencia del bel canto de los años 30: la ópera está dividida en cuadros (arias, coros, dúos,…). Será la última con esa estructura.

En El holandés errante (Der Fliegende Holländer) es posible ya percibir los leitmotivs con toda claridad, y el discurso musical es más fluido, ya que no hay división de los actos en cuadros. En el coro de las hilanderas, Wagner repite los esquemas de la ópera weberiana, no se puede adivinar todavía al Wagner innovador, mientras que en el último acto, el duelo entre los coros de los marineros noruegos y el de los marineros holandeses ya anuncia al Wagner de la madurez. En ese coro, Wagner usa un empaste orquestal basado en los metales; los cornos franceses dan un carácter particularmente bélico al tocar el tema de los marinos holandeses, que sumerge como una marejada al inocente tema de los marineros noruegos. Curiosamente, esta obra es una de las raras obras en las cuales el protagonista principal masculino no es el tenor. Desde el punto de vista literario, Wagner toca el tema de la redención por el amor, un tema que tratará de diversas maneras a lo largo de su vida.

Tannhäuser (1845) es un gran paso adelante. Ya no hay más resabios de los precursores: los leitmotivs son bien claros, no hay más divisiones en cuadros, la música ya no sigue el esquema de la ópera italiana con pinceladas del estilo de Carl Maria von Weber. Los tres actos son de una continuidad total. Es cierto: hay arias, dúos, coros, pero que se hilvanan uno tras otro sin divisiones. El tema de los peregrinos, que se escucha tres veces: en la obertura, al principio del tercer acto, y en el coro final, es de una majestuosidad que recuerda al del comienzo de la obertura (y aria) de Rienzi, pero en Tannhäuser Wagner consigue mantener el aliento de esa majestad de un extremo al otro de la obra. La obertura, con la bacanal de Venusberg, es un precursor de un género muy popular a fines del siglo XIX y principios del XX: el poema sinfónico. Desde el punto de vista literario, Wagner sigue con la idea de la heroína que redime al héroe por el amor, pero aparece por primera vez el tema de la germanidad, cuando en el segundo acto el coro hace el elogio de la sala donde los Minnesinger, los cantores del amor cortesano, hacían sus proezas artísticas.

Lohengrin (1850) es otro paso adelante. La orquestación es aún más densa que la de Tannhäuser, y aparece un tema nuevo en la parte literaria: el del santo Grial, que será tratado de nuevo en Parsifal. Por otro lado, Wagner acentúa el tema de la germanidad: el protagonista secundario Heinrich der Vogler, es un rey que va a defender las fronteras del imperio germánico frente a los invasores húngaros. Musicalmente, Lohengrin es de una sublimidad que lo aleja totalmente de la ópera italiana. Lohengrin es la última ópera de un joven adulto, y la primera de un Wagner maduro.

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