Epitafio

Epitafio del coronel de Lamoricière, catedral de Nantes

Un epitafio (del griego ἐπιτάφιος[3]

Muchos son las citas de los textos santos, o aforismos. Se considera que un epitafio bueno es uno que es memorable, o por lo menos hace uno pensar. Un truco torcido de muchos epitafios exitosos es que le 'hablan' al lector y le advierten sobre su propia mortalidad; otro es una demanda del lector para bajar de su lugar descansando, como a menudo él le exigiría al lector que estuviera de pie en la tierra sobre el ataúd leer la inscripción. Algunos graban los logros, (por ejemplo los políticos notan sus logros durante su paso por un Gobierno) pero casi todos (con excepción de la tumba del soldado desconocido dónde esto es imposible) el nombre de la nota, la fecha de nacimiento y fecha de muerte.

Muchos epitafios fueron escritos con algún refinamiento literario, por lo que constituyen un subgénero literario lírico dentro del más general de la elegía o poema de lamento. Son subgéneros emparentados con él epicedio, el treno y el planto.

Historia

Antiguamente se daba este nombre a los versos que se citaban en honor de los difuntos el día de sus exequias y anualmente se repetían en semejante días. Después se tomó por la inscripción que se pone sobre los sepulcros, como se ve en el día de hoy, unas veces escrita en prosa y otras en verso, a fin de conservar la memoria de los difuntos y erigir un monumento a su gloria.[4]

Los epitafios han sido muy variados, según las costumbres de los reinos y naciones. Los romanos tenían gran cuidado de hacer hablar a sus muertos en los epitafios, cuyos sepulcros, algunas veces estaban acompañadas de bellísimas piezas de escultura y arquitectura que no solamente servían de adorno sino también de instrucción a la posteridad por las acciones ilustres que representaban y los discursos morales que expresaban.

Los epitafios se escribían en prosa y/o en verso y se consideraba que los más cortos eran los mejores, ya que se buscaba que los caminantes pudieran leerlos enteramente al pasar. Por esta razón Platón limitaba los epitafios en verso a cuatro hexámetros. Los más comunes son los de forma de simple discurso conteniendo solamente los nombres de aquellos que están puestos en las sepulturas con una exposición corta de la edad de ellos, del año, el mes y del día en que les tocó morir cual hoy se leen en la mayoría de los nichos de nuestros campos santos.[4]

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