El saxofón en el jazz

El saxofón ocupa un lugar central en la imaginería del jazz, hasta el punto de ser el instrumento-referencia del mismo. Sin embargo, al comienzo del jazz hot, y al menos hasta bien entrados los años 1920, el saxo no logró encontrar un hueco en las formaciones del género, pues estas se fundamentaban en lo que Peter Clayton llama "Santísima Trinidad del jazz de Nueva Orleans",[2]

La historia del saxofón en el jazz no es homogénea para todos los tipos de saxos. Algunos de ellos se asentaron muy pronto y otros, en cambio, necesitaron una amplio periodo de desarrollo antes de tener una posición sólida. Algunos cuentan sus ejecutores por centenares, o incluso miles, y otros, como el sopranino o el bajo, apenas tienen una o dos figuras reseñables ( Art Themen, para el sopranino; Adrian Rollini, Min Leibrook y Harry Gold para el bajo). Por ello, es preciso realizar el análisis de cada saxo de forma independiente.

Saxo soprano

En palabras de Joachim E. Berendt, "el saxo soprano sigue donde el clarinete termina",[4]

Lo cierto es que la historia del saxo soprano en el jazz se inicia realmente en los años 1960, especialmente a raíz del interés por el instrumento que se desarrolló en el seno de la AACM. Antes de ello, no obstante, hubo una gran figura del saxo soprano, prácticamente aislada, en época tan temprana como 1920: Sidney Bechet, en el seno de la banda de Will Marion Cook, asombró al público de la época al convertir en solista a un instrumento que apenas era utilizado como refuerzo de los metales en algunos grupos. Bechet era inicialmente un clarinetista y, durante años, simultaneó ambos instrumentos, aunque paulatinamente el soprano se fue convirtiendo en el principal, tocándolo con una gran expresividad y con la fuerza y fraseo de una trompeta.[5]​ Sin embargo, Bechet tuvo muy pocos discípulos y todos ellos usaron el soprano como segundo instrumento ( Johnny Hodges, Don Redman, Woody Herman, Charlie Barnet o Bob Wilber). El único de ellos que logró una cierta presencia del soprano, en parte por el gusto de Duke Ellington por la expresividad, fue Hodges quien, no obstante, abandonó su uso casi por completo a partir de los años 1940.

Sería Steve Lacy quien iniciara el despegue del instrumento. Lacy es, según Leonard Feather, el único músico de jazz que escogió el saxo soprano como instrumento principal, desde el principio, cuando tocaba dixieland, hacia 1952.[7]​ El sonido del soprano se convierte rápidamente en un sonido de moda en el jazz, tanto entre los músicos de free, como entre los post-boppers, y todos los arreglistas lo incluyen en su paletas orquestales: Quincy Jones, Gil Evans, Thad Jones, Oliver Nelson...

Un gran número de saxofonistas usaron, a partir de este momento, el soprano con frecuencia, a veces incluso de forma predominante: Pharoah Sanders, Archie Shepp, Joseph Jarman, Sam Rivers, Roscoe Mitchell, John Surman, Oliver Nelson, Charlie Mariano, Jerome Richardson, Zoot Sims... Sin embargo, la gran figura del saxo soprano en los años 1970 y el más influyente en el desarrollo del instrumento después de Bechet y Coltrane, ha sido Wayne Shorter quien, para Berendt, se encuentra "como saxofonista soprano, mas no como tenor, a la altura de los más grandes improvisadores del jazz",[8]​ con un sonido expresivo, aislado, reflexivo, suspendido. La influencia de Shorter es especialmente evidente en los músicos de jazz rock y fusión, como Tom Scott, Ernie Watts, Barbara Thompson o Ian Underwood.

A partir de los años 1980, en la escena del jazz se impone un estilo de tocar el saxo soprano que se separa, claramente, de la entonación "africanizada" y expresiva de los saxofonistas de free-jazz y post-bop, originando una escuela que Berendt llama de "soprano puro, según la vena del esteticismo contemporáneo", y cuyos ejemplos más influyentes son Dave Liebman, Paul Winter y Jan Garbarek, especialmente el sonido melancólico de este último, "uno de los músicos europeos que han influido también sobre los músicos norteamericanos".[9]

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