El Rastro de Madrid

La Ribera de Curtidores, calle principal del Rastro madrileño.
El Rastro de Madrid, de Daniel Perea, publicado en 1859 en El Museo Universal.

El Rastro de Madrid (o simplemente El Rastro) es un mercado al aire libre, originalmente de objetos de segunda mano, que se monta todas las mañanas de domingos y festivos en un barrio castizo del centro histórico de la capital de España.[3]

El Rastro, con más de un cuarto de milenio de existencia, ha ido reglamentando su existencia y actividad comercial.[5]

Historia

Su creación es contemporánea de la de los Cinco Gremios Mayores en Madrid, y fue creciendo a lo largo de los siglos, hasta los 3500 puestos -máximo permitido por las últimas leyes municipales- que tenía en el umbral del siglo XXI.[6]

El Rastro madrileño está documentado desde 1740 como un lugar de encuentro para la venta, cambio y trapicheo de ropas de segunda mano,[9]

Antecedentes

Cuando Felipe II estableció su Corte en Madrid, en el año 1561, la villa no alcanzaba los cien mil habitantes. Desde finales de aquel siglo XVI, las principales calles y plazas de Madrid se vieron invadidas por baratillos (mercados públicos) donde los ropavejeros vendían ropa usada, siendo la Plaza Mayor y la Puerta del Sol los lugares favoritos. La proliferación era tal, que en 29 de marzo de 1599 se prohibió la realización de juntas y baratillos, así como la de vender cosa suya ni ajena, nueva ni vieja, grande ni pequeña, de día y de noche, en ninguna plaza ni calle de toda esta Corte. La prohibición desplazó estos mercados fuera del área metropolitana.[10] La persecución de las autoridades a los baratillos, buhoneros y mujeres encargadas de venta ambulante ("barateras"), se extendió hasta bien entrado el siglo XVIII. En 1624 y 1626 está documentada la prisión a los barateros de la Puerta del Sol, ordenada desde la Sala de Alcaldes de la Villa. Sin embargo, en la Plaza de Herradores se permitía la existencia de almonedas especializadas en la venta de cosas viejas.

Orígenes del lugar y el nombre

Dibujo de Doré, para L'Espagne, libro de viajes del Baron Davillier (1874).

Las mencionadas prohibiciones y otros bandos municipales (Ordenanzas de Policía de la Villa) fueron debilitándose con el paso del tiempo. La población de la capital de España en 1787 era de 164.000 madrileños según el censo de Floridablanca.

De todos los barrios, el de Lavapiés, era el más poblado y con mayor industria. Conocemos el lugar que ocupó el Rastro del siglo XVII por la descripción del Plano de Teixeira.[2]

La proliferación de estas pequeñas industrias de cuero, atrajeron otras de curtidores, tejedores, zapateros, sastres, etc. La zona, además del matadero, albergaba dos fábricas, una de salitre y otra de tabaco. La aglomeración de personas atrajo la venta ambulante a estos barrios meridionales. La Plaza denominada del Rastro aparece ya rotulada así en la cartografía de Tomás López en 1757. En 1761 se menciona en los documentos como "Matadero de Carneros del Rastro". Existen sainetes de 1760 que indican la existencia de mercadillos en las cercanías de la "Plaza del Rastro". El Rastro por la Mañana, de Don Ramón de la Cruz describe un conjunto de puestos ambulantes, con cajones de madera en el que se venden productos alimenticios, callos, salchichas y demás casquería, entre los habituales cajones de ropavejeros y vendores de botones. En 1811 el Ayuntamiento, con el objeto de controlar el número de puestos callejeros decide ofrecer licencias a los vendedores del Rastro. Esta situación permitió que algunos vendedores comenzaran a alquilar sus puestos a otros. En 1875 se inauguró el Mercado de la Cebada en los aledaños del rastro, como el mercado cerrado de mayor volumen en Madrid.

Las referencias históricas continúan a lo largo del siglo XIX. Así, en la magna obra de Pascual Madoz,[17] Otro autor del siglo XIX que describió el Rastro -como mercado de objetos viejos- fue Fernández de los Ríos en su Guía de Madrid de 1876. ].

El último capítulo de su pasado truculento, la tradicional matanza del cerdo (en los meses de invierno), continuó realizándose junto al Rastro[18] hasta a comienzos del siglo XX, cuando se inauguró el nuevo matadero del paseo de la Chopera junto al río Manzanares en el año 1928. A pesar de la eclosión a lo largo del siglo XX de las tiendas comerciales y de los Grandes Almacenes, el Rastro continuó creciendo aportando nuevas mercancías y atracciones: músicos callejeros, organilleros y pianos ambulantes, titiritero o prestidigitadores.

Las Américas del Rastro y los bazares

Imagen típica de la antigua " ribera del gremio de curtidores" en enero de 2005.

A finales del siglo XIX algunos 'gremios' empezaron a agruparse en bazares. Uno de los primeros en establecerse fue el "Bazar del Médico" o de las "Primitivas Américas",[19] La renovación de la vieja maquinaria a vapor, la posterior construcción de la Gran Vía y la remodelación de los cementerios madrileños, abastecieron de viejas mercancías y chatarra a este Bazar en lo que fue su edad de oro.

Al otro lado de Ribera de Curtidores, en un corralón, estuvo el "Bazar de la Casiana", al parecer más antíguo que el del Médico.[20] Ubicado entre las calles de Mira el Sol y de Peña de Francia, el de la Casiana era un solar cuadrado, en forma de plazuela, que restaba espacio al que fue el Casino de la Reina (que a finales del siglo XIX era ya un solar). El 7 de agosto de 1943, a causa de un cohete de las fiestas de San Cayetano, se produjo un incendio que acabó con él. En la década de 1960 se construyó en su lugar un bloque de viviendas.

El tercer gran bazar, llamado indistintamente de Las Grandiosas, "de Las Nuevas Américas" o "Bazar del Federal", se encontraba al otro lado de la Ronda de Toledo, a la misma altura que el de las Primitivas Américas, y se prolongaba hacia el Paseo de las Acacias hasta los solares de la fábrica de gas de Madrid.Está documentado que se construyó hacia el año 1889,[22]

El Rastro del siglo XX

Las tabernas y las tascas rodean el Rastro, proporcionando sus servicios a los visitantes.

En las tres primeras décadas del siglo XX, el Rastro se extendió por diversas calles adyacentes y atrajo la mirada de intelectuales, artistas y escritores. La Ley del Descanso Dominical de 1905 le reconoce -por primera vez- como un mercado madrileño en el que podía venderse "de forma ambulante" el último día de cada semana.[24] Tanto Blasco Ibánez como luego Ramón Gómez de la Serna, insisten en la abundancia de zapateros.

En 1902, el soldado Eloy Gonzalo fue declarado héroe del asedio de Cascorro en Cuba. La monarquía de Alfonso XIII levanta una estatua en su honor en la Plaza del Rastro, que a partir de entonces adopta el nombre popular de Plaza de Cascorro y que se haría oficial en 1941. En 1928, los dos mataderos de la zona fueron trasladados al nuevo Matadero Municipal de Madrid, en el barrio de Legazpi. Lo que se ganó en salubridad se perdió en casticismo.

El escritor vanguardista Ramón Gómez de la Serna le dedica una obra monográfica al mercadillo, El Rastro, escrita entre 1912 y 1914.[22] En ella describe escenas innovadoras como las rifas de pavos.

El mercado de ropa vieja, zapatos, muebles, quincalla, o menudencias como botones, se amplía, a comienzos de siglo XX, con productos del desguace de automóviles, herramientas diversas, e incluso pornografía, en algunas librerías de viejo.[25] La construcción de la Gran Vía propició la aparición de Grandes Almacenes como Madrid-París o la casa Matesanz, que afectaron al comercio madrileño y al Rastro mismo. La llegada de la segunda república hizo que se revindicaran derechos sobre la venta ambulante en Madrid, creándose la Sociedad de Vendedores de la Vía Pública y la Sociedad de Vendedores en General (establecida en el domicilio del Círculo Socialista del Sur). Esta situación creo un ambiente favorable para la erradicación del Rastro, apoyada por vendedores estables y vecinos.

Durante la Guerra Civil, la cercanía del Rastro al frente de Madrid (a menos de un kilómetro) no supuso sin embargo un cese real de actividades. Tampoco el periodo posterior de la dictadura franquista. En los años setenta se incrementan y estimulan sus actividades. Hasta que, en 1998, el Ayuntamiento madrileño empieza a reducir y controlar su expansión por las calles adyacentes.[26] Pocos años antes se habían suprimido los puestos fijos que se encontraban funcionando a lo largo de la semana.

La apertura de las Galerías Piquer en los años cincuenta favoreció la aparición de otras galerías de antigüedades. Se institucionalizó el mercado callejero del Rastro, y lo hizo más popular. Este éxito llevó a que en 1952 se inauguraran las Nuevas Galerías en el número 13 de la Ribera de Curtidores; y en el año 1964 las Galerías Ribera, en el número 15, iniciaron su actividad. Estas galerías se hicieron muy populares en las guías turísticas de 1970.

Actualidad

El Rastro en el siglo XXI posee una regulación municipal establecida en el año 2000.[27] Esta regulación permite al Ayuntamiento de Madrid controlar el número de puestos, el tamaño de los tinglados, lo que puede venderse, y las calles donde puede celebrarse. Está prohibida la venta de animales vivos y alimentos en puestos callejeros.

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